Había pasado una semana desde aquel día en que terminó por convertirse, oficialmente, en la acompañante de Sebastián. Desde que firmó la nueva cláusula de cero emociones, él se mantuvo distante, como si su sola presencia le resultara molesta.
Se levantaba más temprano que ella y, cuando Valentina salía a la sala común, ya no estaba. El desayuno aparecía servido con precisión impecable, pero no había notas, ni mensajes, ni indicaciones. El silencio era la única respuesta: no la iba a necesitar e