Mundo ficciónIniciar sesiónValentina caminaba sin rumbo, abrazándose a sí misma, sintiendo cómo el mundo se le había derrumbado en una sola noche. El bolso colgaba de su hombro como un peso muerto. Cada paso era más lento que el anterior, no porque estuviera cansada, sino porque no sabía hacia dónde ir.
Y, lo peor de todo, ya no tenía fe en nada.
La lluvia cayó de repente, sin aviso. Gotas gruesas, pesadas, que empaparon el asfalto en segundos. Valentina intentó correr, pero resbaló con el piso mojado. Sus zapatillas gastadas no encontraron agarre y cayó de rodillas, hundiéndose en un charco oscuro de suciedad y barro.
El barro le manchó las manos, el pantalón y el orgullo.
Se quedó ahí unos segundos, respirando agitadamente, con el pelo rubio pegado al rostro, sintiendo el agua mezclarse con sus lágrimas.
—Levántate… —se susurró—. No es momento de rendirse.
Se puso de pie como pudo y siguió caminando bajo la lluvia, empapada, temblando de frío y deseando una ayuda, una respuesta, una señal, algo.
Entonces escuchó pasos detrás de ella.
Se giró instintivamente y se topó con un hombre que apareció desde la oscuridad, encapuchado, moviéndose con una velocidad que la puso alerta.
—Tranquila, linda —dijo él, acercándose—. No te voy a hacer daño… si cooperas.
Valentina retrocedió, aferrándose a las pocas pertenencias que le quedaban en este mundo.
—No tengo nada —respondió, con la voz quebrada, tratando de alejarse del sujeto. Miró hacia todos lados, rogando que apareciera alguien para socorrerla, pero la calle estaba vacía.
El hombre se rió, una carcajada corta y desagradable que le heló la sangre.
—Siempre dicen lo mismo.
Antes de que pudiera reaccionar, él le arrebató el bolso y la valija. Valentina gritó y se lanzó hacia él para proteger lo poco que le quedaba, pero fue inútil. Un puño duro se hundió en su estómago y cayó de rodillas, mientras veía al ladrón huir con su celular, su dinero y su ropa.
Se quedó paralizada, mirando sus manos vacías. Todo se había ido.
Se dejó caer contra una pared, resbalando hasta quedar sentada en el suelo mojado. El frío se le metía en los huesos, pero no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.
—Esto no puede estar pasando… —murmuró—. No todo junto…
Pero lo estaba.
A unos metros, vio un cartel iluminado con luces de neón. Era un bar venido a menos que serviría de refugio hasta que por lo menos dejara de llover y se hiciera de día.
Luego pensaría en qué hacer, pero primero necesitaba secarse.
No lo pensó y entró.
El contraste fue brutal. Luz, calor, ruido y olor a café. Algunas personas se giraron a mirarla apenas cruzó la puerta. Era una mujer empapada, embarrada y con la mirada perdida, pero en vez de generar compasión, solo encontró miradas llenas de desprecio.
Se acercó a la barra y apoyó las manos temblorosas, mojando la madera.
—Un café… por favor —pidió con amabilidad.
El camarero la observó de arriba abajo, frunciendo el ceño.
—¿Con qué va a pagar?
Valentina tragó saliva.
—Con tarjeta.— Mintió nerviosa.
Él negó con la cabeza.
—Primero el pago, después el café.
Ella buscó en sus bolsillos, como si el dinero pudiera aparecer por arte de magia.
—No… no tengo efectivo ahora, pero puedo transferirlo…
—Señorita —la interrumpió— no somos un refugio. Si no puede pagar, retírese, está incomodando a los clientes.
Las palabras le dolieron más de lo que esperaba. No porque fueran crueles, sino porque eran ciertas.
—Está bien… —susurró, bajando la mirada.
Ya no tenía fuerzas para luchar. Se dio la vuelta, humillada, sintiendo las miradas clavarse en su espalda.
—El café va por mi cuenta.
Una voz masculina la detuvo en seco.
Valentina giró lentamente y vio a un hombre sentado a unas mesas de distancia. Traje oscuro impecable, postura relajada, con la mirada fija en ella.
No sonreía.
Había algo en él que la inquietó de inmediato. Una sensación extraña, como si ya lo conociera, la invadió de golpe.
—No necesito caridad —dijo ella, por puro orgullo y cansada de las humillaciones.
El hombre ladeó la cabeza, observándola con frialdad.
—No es caridad —respondió—. Considérelo… una cortesía.
Ella dudó, pero el camarero ya estaba sirviendo el café. El olor llenó sus fosas nasales y su cuerpo suplicó por algo de calor. Resignada, Valentina volvió a la barra, incómoda, y tomó la taza caliente con ambas manos que dejaron de temblar.
—Gracias —murmuró, sin mirarlo.
Se sentó en una mesa cercana, sintiendo los ojos de él sobre ella. Bebió un sorbo del caliente líquido que le quemó la lengua, pero no se quejó. Lo necesitaba.
Levantó la vista y volvió a mirarlo.
Había algo familiar en su rostro. Algo que le revolvió el estómago. Pero no lograba recordar de dónde lo conocía.
—¿Nos conocemos? —preguntó, sin pensar.
El hombre arqueó una ceja.
—No.
El tono era seco, de alguien que no gastaba salida innecesariamente.
—Entonces… —Valentina respiró hondo—. ¿Por qué me ayudó?
Él la observó en silencio unos segundos, evaluándola.
—Porque parecía necesitarlo.
—No lo pedí.
—Pero lo aceptó.
Valentina apretó los labios. No le gustaba ese juego. No le gustaba cómo la miraba, como si pudiera leerla por dentro.
—Bueno —dijo, poniéndose de pie—. Gracias por el café.
—¿A dónde vas?
La pregunta la detuvo otra vez.
—No es asunto suyo.
El hombre esbozó una mueca que no llegó a ser sonrisa.
—No tiene a dónde ir.— Sentenció con crueldad.
Valentina se giró, furiosa.
—¿Cómo sabe eso?
Él se levantó con calma y se acercó a su mesa. Era alto. Imponente. Olía a algo caro, sofisticado, completamente fuera de lugar en ese bar de barrio de clase baja.
¿Qué hacía un hombre como él en un lugar como ese?
La miró de arriba abajo sin disimulo.
—Se le nota —dijo—. En la ropa, en la postura, en la forma en que intenta parecer fuerte cuando ya no le queda nada.
Valentina sintió la sangre hervirle.
—¿Quién se cree que es para hablarme así?
Él no se inmutó. Metió la mano en el bolsillo interno de su saco y sacó un fajo de billetes. Los deslizó lentamente sobre la mesa, uno a uno, hasta que quedó una suma que a Valentina le pareció irreal.
—Es solo un adelanto de todo el dinero que podría tener… si trabaja para mí.







