Mundo de ficçãoIniciar sessãoFiorina Cassini trabajó toda su vida para alcanzar sus sueños. Con talento, disciplina y una cicatriz en el cuello que aprendió a ocultar, llegó a convertirse en una de las diseñadoras más reconocidas de Milán. Hasta que, en pleno evento, una mujer apareció con un niño en brazos y la señaló delante de todos: —¡Eres la amante de mi esposo! Ahí Fiorina descubrió la verdad más cruel: El hombre al que amaba, su propio novio… estaba casado… ¡Y jamás se lo confesó! El escándalo fue inmediato: su reputación se vino abajo, su carrera se destruyó, su cicatriz se volvió tendencia y motivo de burla en toda la ciudad. Y él todavía tuvo el descaro de pedirle: —Es solo un matrimonio arreglado. Te amo, Fiori. Espérame… lograré el divorcio. Pero Fiorina eligió su dignidad. Perdió trabajo, contratos, prestigio. Se quedó sin nada… hasta que llegó la oferta inesperada. La empresa rival le abrió las puertas, y detrás estaba Giorgio Marchesani: un CEO poderoso, frío, elegante… y marcado por la pérdida de su amada. Giorgio no la elige por casualidad. La elige por su cicatriz. Él necesita una esposa falsa. Ella necesita recuperarse. Fiorina acepta: ser “el reemplazo” significa recuperar lo que perdió. Pero a medida que la pasión se transforma en amor y la cercanía deja de ser solo parte del contrato, Fiorina lo comprende con claridad: Ella no nació para ser la segunda opción de nadie. —No, CEO. No seré solo un reemplazo. Seré tu todo.
Ler maisHabía menos gente que antes, porque la seguridad del edificio ya estaba evacuando parte del área, pero todavía había empleados, guardias y personal mirando desde lejos, con expresiones tensas, asustadas. —¡No pasen! —¡Dejen espacio! —¡Llamaron una ambulancia! Giorgio vio a Fiorina. Estaba en el suelo al lado de la escalera, con la pañoleta aún atada, el cabello castaño desordenado, y un hilo de sangre bajando por su sien. El pecho de Giorgio se contrajo. —Fiorina… —susurró. Se acercó rápido. —¡Señor! —intentó decir alguien, pero no importó. Giorgio se arrodilló junto a ella sin pensar, sin medir el traje caro, sin medir nada. —Fiorina… mírame. Despierta. No hubo respuesta de ella. El pecho de él subió y bajó rápido, en ese instante su mandíbula se endureció. Matteo se quedó atrás… viendo esa escena con una tensión rara en el estómago. Porque jamás había visto a Giorgio así. Los paramédicos llegaron corriendo con una camilla. —¡Abran paso! —gritó uno,
Giorgio respondió rápido, automático, como si necesitara convencer al aire y no solo a Matteo: —No pienso cruzar ninguna línea más con Fiorina. La frase salió… y lo delató. Matteo lo miró como si le hubieran encendido una luz en la cara. —¿Ninguna línea más? —repitió despacio—. ¿Cuántas cruzaste entonces, Giorgio? Giorgio no respondió a Matteo, ya no hacía falta. Matteo dedujo en un segundo. Exhaló fuerte, negando con la cabeza, con una mezcla de molestia y resignación. —¿Estás teniendo sexo con ella? —soltó directo. Giorgio se mantuvo inmóvil, frío, pero no negó. Y ese silencio dijo todo. Matteo lo miró con una seriedad distinta, más humana y menos agresiva. —Mira… no voy a darte lecciones —dijo ese hombre castaño—. Si la usas como consuelo en la cama, allá tú. No eres un santo. Pero te lo advierto, Giorgio. Giorgio alzó la mirada con frialdad. —¿Qué? Matteo se inclinó apenas sobre el escritorio, bajando la voz, como si le estuviera dando una instrucción de vida. —No l
✧✧✧ Unos minutos atrás. ✧✧✧ La oficina de Giorgio Marchesani en Casa Dorata M estaba impecable, elegante, con ese orden frío que siempre lo hacía parecer intocable. Los ventanales enormes dejaban entrar la luz clara de Milán, y el escritorio oscuro estaba lleno de papeles perfectamente alineados, y su computadora encendida. Giorgio estaba de pie, revisando un informe con calma, con el saco del traje acomodado, la corbata perfecta, la espalda recta. Su rostro serio no mostraba nada, ni prisa ni cansancio, como si nada lo tocara. Como si la noche del yate nunca hubiera existido. Pero la puerta se abrió de golpe. ¡BAM! Matteo Ricciardi entró sin pedir permiso. Cabello castaño rizado un poco revuelto por la prisa, ojos dorados encendidos y un traje elegante color beige, impecable, pero con esa energía de alguien que llegó a estrellarse contra una pared de mentiras. Él cerró la puerta con fuerza. ¡CLACK! —¿De verdad crees que soy idiota? —soltó sin saludo, con voz firme y cortan
Massimo aprovechó esa reacción de Fiorina, y apretó el tono, como si tuviera derecho a hablarle así. —¿Por qué te rebajas entregándote a un hombre que jamás te va a amar? —susurró él con frialdad suave—. Fiori… yo jamás te fui infiel. Durante nuestra relación, siempre estuviste por delante de mi esposa y mi hijo. Para mí, sí lo eres todo. Fiorina sintió náuseas. Náuseas reales. Su estómago se revolvió ante esa frase asquerosa, porque lo que Massimo estaba diciendo era: "sí te engañé, pero tú eras mi prioridad", como si eso fuera un maldito premio. Sus ojos verdes se llenaron de fuego, y se zafó con un movimiento rápido, firme, como una mujer que no iba a quedarse en manos de un hombre así. ¡TAK! —No estoy obligada a estar con Giorgio —respondió con voz firme, fría, retadora—. Y no estoy confundida. Massimo la miró con tensión, como si esa respuesta le doliera en el ego. Fiorina levantó el mentón. Y aunque su corazón latía rápido, aunque una parte de ella temblaba, soltó la
Ambas mujeres empezaron a revisar telas, con la calma falsa, como dos profesionales que sabían fingir cordialidad incluso cuando por dentro se odiaban. El showroom era amplio, limpio, lleno de luz blanca perfecta, diseñada para que nada engañara al ojo: ni tonos, ni texturas, ni brillos. Había rollos enormes de seda, satén, organza, tul, encajes finos y materiales que parecían nieve suave entre las manos. La gente del personal caminaba con respeto, sabiendo que estaban frente a diseñadoras importantes. Donatella intentaba dominar la selección, como siempre, señalando tonos llamativos, texturas que gritaban lujo, telas que brillaban demasiado, como si con eso pudiera demostrar que ella mandaba. Por otro lado, Fiorina observaba con calma, tocaba con la yema de los dedos, sintiendo el material, su peso, su caída, la forma en que reflejaba la luz cuando lo movías apenas. Esa mujer castaña no necesitaba levantar la voz, porque su talento hablaba solo, aunque a Donatella le molestara
✧✧✧ Al día siguiente. ✧✧✧ La mañana en Milán era agradable, fresca, con un sol suave que iluminaba las calles. Fiorina Cassini caminaba hacia el piso de diseño de la Casa Dorata M, con el bolso colgando de su hombro, la pañoleta negra bien atada al cuello y los ojos verdes serios, concentrados, como si esa mujer quisiera convencer al mundo, y sobre todo a sí misma, de que estaba perfectamente bien. Pero por dentro… no estaba tan bien. Su corazón todavía tenía un ritmo extraño desde lo del yate, como si cada latido le llevara un recuerdo que ella no podía sacarse de la piel. Tum… Tum… Tum… Fiorina apretó un poco la correa del bolso, enderezó los hombros y siguió caminando, porque no iba a dejarse ver débil en esa empresa donde todo era mirada, juicio y cuchillo invisible. Las puertas se abrieron con un sonido suave. Clink~ La elegancia la golpeó de inmediato: El piso de diseño estaba con empleados caminando rápido, tabletas en mano, maniquíes cubiertos por fundas b





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