—¿Ya te olvidaste de mi voz? Oh, Sebi… me rompes el corazón.
Un mal presentimiento recorrió el cuerpo de Sebastián como una descarga helada. Ese tono. Esa cadencia dulce, casi infantil.
Levantó la vista lentamente.
Y allí estaba.
El rostro que había enterrado en lo más profundo de su memoria. La sonrisa perfecta. Los ojos brillantes que alguna vez lo miraron con adoración… y después con algo mucho más oscuro.
Habían pasado años. Diez, quizás. O al menos así lo sentía.
—¿Qué haces aquí? —pregunt