Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire dentro del departamento era espeso, no solo por la tensión de los presentes, sino por el olor y el calor de esos cuerpos desnudos que se habían estado amando desenfrenadamente en su cuarto, en su cama, en su colchón.
Valentina permanecía de pie en el umbral del dormitorio, con las manos temblando y la garganta cerrada, incapaz de procesar lo que tenía delante de los ojos.
La escena era grotesca. La mujer seguía desnuda y sentada sobre su hombre también desnudo. Apenas estaba cubriéndose con las sábanas que Valentina había lavado esa misma mañana, dejando al descubierto su cuerpo despampanante, de curvas imposibles, para nada naturales. En su rostro se dibujaba una sonrisa divertida.
Lucas se incorporó, desnudo, sin rastro alguno de vergüenza.
—No es lo que parece… —repitió él, con un tono que sonaba más fastidiado que culpable.
Valentina soltó una risa quebrada.
—¿No es lo que parece?. Estás desnudo. En mi cama. Con otra mujer. Dime, Lucas… ¿Qué es lo que debería parecer?
—Esto es tu culpa. No deberías estar aquí… Se supone que llegarías tarde del trabajo.
La amante la observaba con curiosidad, como si Valentina fuera una molestia inesperada y no la dueña del lugar. Eso fue lo que más dolió.
¿Cuántas veces habían estado juntos en su cama? ¿Cuántas veces mientras ella trabajaba haciendo horas extras por él?
—Vestite y vete —dijo Valentina, clavando la mirada en la mujer—. Ahora.
—Espere. No tenés derecho a echarla.
Valentina parpadeó incrédula.
—¿Cómo que no tengo derecho? Este es mi departamento. Mi casa… Nuestro hogar— Dijo con un nudo en la garganta.
—No empieces —dijo él, pasándose la mano por el cabello, fastidiado por la pelea—. No hagas un escándalo, por favor…
La mujer se levantó lentamente, recogiendo su ropa con una sonrisa burlona.
—Tranquilo, amor —le dijo a Lucas—. No vale la pena.
“Amor.”
Esa palabra atravesó a Valentina como un cuchillo.
—Vete de mi vista —repitió Valentina, ahora con la voz más firme—. O llamo a la policía.
La mujer arqueó una ceja.
—¿A la policía? —rió—. ¿Y qué les vas a decir? ¿Que tu novio te engaña?
—¡Dije que te vayas! —gritó Valentina.
Perdió el control y se precipitó hacia ella. Pero Lucas dio un paso al frente, interponiéndose entre ellas.
—Basta, Valentina.
Ella lo miró, desconcertada.
—Muévete.
—No —respondió él, con un tono que jamás le había escuchado salir de él—. Ya fue suficiente.
—Lucas… —susurró ella, sin poder creer que ese hombre que tenía enfrente fuera el Lucas que tanto amaba. Era distinto, la observaba desde arriba con desprecio, como si fuera una escoria y no su novia de hace cinco años.
—No te metas con ella.— Sentenció tomándola con fuerza del brazo. Una fuerza que nunca había sentido en él, siempre débil, siempre enfermo.
—Suéltame —pidió Valentina, atónita.— Me estas lastimando.
Lucas la empujó contra la pared, con tanta brutalidad que la dejó sin aire.
Valentina lo miró con los ojos abiertos de par en par, paralizada.
Lucas no jadeaba. No temblaba. No parecía cansado. Ni siquiera se veía pálido.
Lucas no estaba enfermo. Nunca lo había estado, y se había dado cuenta demasiado tarde.
Que ilusa había sido.
—¿Q-Quien eres? —balbuceó en shock.
Él se alejó de golpe, como si recién entonces se diera cuenta de lo que había hecho.
—No exageres. No seas dramática.
La mujer terminó de vestirse y pasó junto a Valentina, rozándole el hombro.
—Gracias por todo, linda —dijo con una sonrisa cruel—. Ya sabes, los regalos caros y las joyas— Se burló.
—¿J-Joyas?—
Valentina lo observó, buscando en Lucas una explicación, pero solo recibió un desvío de mirada.
En ese momento comprendió que todo su dinero había sido para agasajar a la amante de su novio.
—Vamos cariño— Murmuró la amante y Lucas la siguió como si siempre le hubiese pertenecido.
Valentina estaba en shock y volvió en sí cuando la puerta se cerró detrás de ellos.
El silencio que quedó fue ensordecedor.
Valentina se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
Lucas, su Lucas. Aquel hombre cariñoso por el que hubiese sacrificado su vida para encontrar una cura para su enfermedad, jamás había existido.
El llanto llegó tarde, pero cuando lo hizo fue incontenible.
El dolor de la traición la invadió, pero también la ira.
Se puso de pie de un salto y comenzó a arrancar las cosas de Lucas de los cajones. Ropa, papeles, libros, recuerdos. Todo terminó en el piso, hecho añicos. Las fotos de sus vacaciones en la playa terminaron partidas a la mitad, las cartas que ella misma le había escrito terminaron hechas cenizas.
—Mentiroso —sollozaba—. Hijo de…
Abrió el placard, dispuesta a vaciarlo de sus cosas y arrojarlas por la ventana. En ese momento, entre sus prendas de invierno, encontró una caja que nunca había visto.
Dentro había sobres sin abrir.
Facturas de luz, gas y alquiler a su nomnbre. Todas vencidas y con carteles grandes en mayúsculas y color rojo que advertían embargos a su cuenta si no pagaba cuanto antes.
Valentina sintió que las piernas le fallaban.
Le había confiado el pago de las cuentas a Lucas.
—No… —susurró al darse cuenta de que él tenía sus tarjetas.
Corrió al escritorio y encendió la computadora.
Entró a su cuenta bancaria.
Saldo: cero.
Cuenta de ahorro: cero.
El pánico se apoderó de ella.
Revisó los movimientos.
Hbaía transferencias a una cuenta desconocida y un préstamo a su nombre, por un monto que le revolvió el estómago.
—No… no… —repitió, con las manos temblando— No es cierto…
La cifra del préstamo la dejó sin aire.
Se llevó la mano a la boca conteniendo un grito de dolor.
La habían saqueado.
Cada hora extra y cada humillación que había soportado por él habían sido en vano.
El rostro burlón de la amante apareció en su mente y quiso vomitar.
El timbre sonó con violencia.
Valentina dio un salto.
—¿Lucas? —preguntó, con la voz rota.
No hubo respuesta.
El timbre volvió a sonar.
Abrió la puerta, deseando que todo haya sido una broma de muy mal gusto, pero una broma al fin.
Podrían hacer las paces, aún no era muy tarde. Estaba desesperada por recuperar su vida y que todo fuera una maldita pesadilla.
Pero del otro lado de la puerta no estaba Lucas, sino el dueño del departamento, acompañado por un hombre de traje que le sacaba dos cabezas de altura.
—Señorita Cruz —dijo el propietario, sin rodeos—. Vengo a informarle que debe abandonar el departamento esta misma noche.
—¿Qué?... No puede hacer eso.
—Sí puedo —respondió—. Tiene seis meses de deuda. Le advertí a tu novio que pagara cuanto antes, que sino iba a correrlos a la calle…
—Yo… yo no sabía… L-Le juro que no sabía… Si tan solo me da una semana más para que yo…
—El departamento fue vendido, señorita.
Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Vendido?
—El nuevo dueño quiere que lo libere hoy mismo.
—Esto es un error —dijo ella, desesperada—. Denme tiempo. Yo voy a pagar. Le juro que voy a pagar.
Valentina se aferró a la camisa del propietario— Haré lo que sea, pero por favor, no me deje en la calle… No tengo a nadie — Sollozó.
—Hubiese pensado en eso antes de no pagarme seis meses de renta — Dijo arrancando las manos de la joven de su ropa— Tiene una hora para retirarse de forma pacífica… Sino, ya sabe.
Valentina observó con terror al hombre corpulento que la miraba con desprecio. —No querrá que mi muchacho se encargue del tema ¿verdad?
La noche la recibió sin piedad.
Valentina salió del edificio con una valija mal cerrada y una mochila al hombro. No sabía a dónde ir.
No tenía a nadie, no tenía familia ni amigos a los que pedirle ayuda.
Llamó a números que no respondieron, algunas personas que había conocido alguna vez, pero nada.
Caminó sin rumbo, las luces de la ciudad la mareaban y el frío de la noche se caló hasta sus huesos.
Se sentó en una parada de colectivo y rompió a llorar.
No tenía trabajo.
No tenía pareja.
No tenía casa.
Y no tenía a nadie.
El cielo lloró junto a ella, empapándola de pies a cabeza.
Desde un auto oscuro y polarizado, Sebastián Montenegro la observaba curioso.
—Haz lo tuyo— Murmuró contra su teléfono.
—Sí señor.







