Mundo ficciónIniciar sesiónValentina no pudo evitar mirar otra vez el fajo de billetes.
Seguía allí, sobre la mesa, como una provocación obscena. Demasiado dinero para un café. Demasiado dinero para un desconocido. Demasiado dinero para no esconder una intención sucia detrás de eso.
El corazón le latía con fuerza mientras apartaba la mirada, como si temiera que, si lo observaba demasiado, aquel dinero pudiera devorarla.
—No —dijo, con la voz baja pero firme—. No hago eso.
El hombre frente a ella no se sorprendió. No frunció el ceño. No sonrió. Solo la observó con la misma calma inquietante de antes, como si ya hubiera previsto esta reacción.
—No es lo que usted cree —respondió.
Valentina alzó la cabeza con brusquedad.
—¿Ah, no? —escupió—. Porque, sinceramente, no se me ocurre otra razón para que un hombre desconocido saque tanto dinero en un bar miserable y me lo ofrezca así.
El silencio se tensó entre ellos.
El hombre entrelazó los dedos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. Instintivamente, Valentina se alejó de esa mirada oscura y ese cuerpo ancho que podría tapar la luz del sol.
—Si fuera eso. No estaría perdiendo el tiempo explicándole.
Sus palabras eran una afirmación fría y arrogante.
Valentina se cruzó de brazos, intentando protegerse, aunque supo que ya estaba totalmente expuesta.
—Entonces explíquese.
Él la estudió durante varios segundos antes de hablar, como si evaluara si valía la pena.
—Mi nombre es Sebastián Montenegro.
El nombre no le dijo nada. Y eso la inquietó más de lo que quiso admitir.
—Soy el director ejecutivo de Montenegro Group —continuó al notar la confusión en su rostro—. Una corporación tecnológica con sedes en cinco países.
Valentina parpadeó.
No por admiración. Sino por incredulidad.
—¿Y qué hace alguien como usted aquí? —preguntó confundida—. ¿En este lugar?
Sebastián ladeó la cabeza apenas.
—Observando.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Observando qué?
—A usted.
Valentina se levantó de golpe.
—Esto ya no me gusta —dijo—. No sé quién es ni qué pretende, pero no voy a quedarme a escuchar sus juegos mentales.
Tomó aire, decidida a marcharse.—Si quiere recuperar su café —añadió— dígame dónde devolverle el dinero.
—Si se va ahora —dijo él con suavidad— No tendrá dónde dormir esta noche. No me parece que la calle sea un lugar seguro para una jovencita como usted… Tan vulnerable para cualquier hombre hambriento de piel…
Las palabras la detuvieron en seco y se giró lentamente.
—No tiene derecho a decirme eso.
—No es una opinión —respondió—. Es un hecho.
El orgullo le ardió en la garganta.
—No necesito que me recuerden lo que ya sé.
Sebastián apoyó una mano sobre la mesa, cansado de ese juego infantil. ¿Por qué estaba dando tantas vueltas? Ese falso orgullo lo irritaba. Era obvio que iba a aceptar su dinero, todos lo hacían.
—Entonces escuche mi propuesta. Después decide si tomarlo o irse a dormir bajo el puente-
Valentina dudó.
Todo en ella gritaba que se fuera. Que no aceptara nada de ese hombre. Que el peligro se le notaba en la mirada. Era el diablo vestido de traje, esperando para llevarse su alma.
Pero el frío aún le calaba los huesos. El robo, el desalojo, la humillación… todo pesaba demasiado.
Se sentó otra vez, resignada a su cruel destino.
—Hable.
Sebastián sacó una carpeta negra de cuero de su maletín y la colocó frente a ella.
—Esto es un contrato —dijo—. De seis meses.
Valentina frunció el ceño.
—¿Un contrato de qué?
—De pareja.
La palabra cayó como una bofetada.
—¿Perdón?
—Un acuerdo formal —aclaró—. Usted y yo fingiremos una relación durante seis meses.
Valentina soltó una risa incrédula. —¿Está loco?
—No.
—¿Cree que soy estúpida?
—No —repitió—. Creo que está desesperada y yo necesito una pareja.
La sinceridad brutal la dejó sin respuesta.
—No habrá intimidad —continuó Sebastián, leyendo sus pensamientos—. No es un contrato sexual.
Valentina lo miró con desconfianza.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Presencia. Imagen. Disponibilidad.
—Explíquese mejor.—
Sebastián abrió la carpeta y deslizó el contrato hacia ella.
—Usted será mi pareja oficial en eventos públicos, reuniones sociales y situaciones que yo considere necesarias de su presencia.
Valentina bajó la mirada al documento de más de cien hojas.
—¿Y a cambio?
—Recibirá una suma mensual —respondió—. Más un adelanto inmediato.— dijo tocando el fajo de billetes que aún esperaba en la mesa.
Ella tragó saliva.
—¿Cuánto?
Él señaló una cláusula.
Valentina leyó el número y se quedó sin aire.
—Esto es… una locura.— Era mucho más del dinero que necesitaba para saldar sus deudas. Mucho más de lo que podría tener en cien años de trabajo y horas extras.
—Es el valor de su silencio, su tiempo y de su obediencia.
Levantó la vista, furiosa.
—No soy un objeto.
—No —dijo él—. Es un activo.
Aquello la enfureció.
—No pienso venderme.
—No se está vendiendo —corrigió—. Solo está sobreviviendo. ¿verdad?— dijo divertido.
Valentina apretó los puños, pero las deudas aún le pesaban en la espalda.
—¿Qué más exige este contrato?
—Exclusividad pública —leyó—. No podrá mostrarse sentimentalmente vinculada a otro hombre durante el plazo del contrato.
—¿Íntimamente tampoco?
—No es obligatorio —respondió algo molesto—. Tampoco está prohibido, siempre que sea discreto.
Valentina sintió que el estómago se le revolvía.
— Pero se le exige disponibilidad inmediata —continuó él—. Cuando yo la llame, deberá presentarse, no importa el día ni la hora.
—¿Y si no puedo?
—Habrá penalización.
—¿Y si usted se cansa?
—Puedo finalizar el contrato sin penalización alguna.
Eso le dolió más de lo que esperaba.
—Conveniente.
—Yo diriía… eficiente.
Valentina pasó la página.
—Cláusula de confidencialidad absoluta —leyó—. Silencio total una vez finalizado el contrato.
—Exacto.
—¿Y si me voy antes?
—Penalización económica —respondió—. Elevada. Más que su pequeña deuda actual…
Valentina dejó caer el contrato sobre la mesa.
—Esto es una trampa.
Sebastián no lo negó.—Es una oportunidad.
Valentina negó con la cabeza y se puso de pie otra vez, temblando.
—No puedo aceptar esto.
—Lo hará.
—No.
—Sí —dijo él—. Porque no tiene alternativa.
Ella lo miró con odio.
—Prefiero dormir en la calle.
Sebastián se inclinó hacia adelante.
—Está lloviendo, y mañana tendrá hambre. Pasado mañana la desalojarán de cualquier refugio. En una semana, estará dispuesta a aceptar algo peor. ¿No cree?
Valentina bajó la mirada. Pensó en Lucas. En el dinero robado. En el préstamo. En la lluvia. En el frío. EN los peligros de estar en la calle siendo mujer.
Tomó el contrato con sus manos temblorosas.
—¿Dónde firmo?
Sebastián no sonrió, pero pudo ver en sus ojos una sonrisa contenida—Última hoja.
Valentina pasó las páginas sin leer y firmó.
Sebastián cerró la carpeta con un sonido que la sobresaltó.
—Un placer hacer negocios con usted— Repitió como siempre hacía.
Ella tomó el fajo de billetes y lo guardó en su abrigo.
—Llámeme cuando me necesite —dijo, levantándose— Hasta ese día.
Valentina dio un paso para irse, pero Sebastián la tomó del brazo.
El contacto fue firme. Menos fuerte que el de Lucas y menos agresivo que el de su ex jefe, pero más dominante.
—Hay una cláusula que omitió leer.
Valentina se giró, molesta.
—¿Qué?
Él la miró a los ojos, muy cerca. Sus narices casi se chocaron y tuvo que desviar sus ojos de esa mirada verde oscura que parfecía no tener alma.
—“La residencia de la contratada será determinada exclusivamente por el contratante”.
—¿Qué…?
—Quiere decir que a partir de ahora —continuó Sebastián, sin soltarla, acercando el pequeño cuerpo de la mujer contra el suyo, sin importarle que su fina ropa se manchara con su suciedad— Vive conmigo.







