El micro se detuvo con un suspiro largo y metálico. Las puertas se abrieron en una estación pequeña, casi abandonada, iluminada apenas por un par de faroles amarillentos que zumbaban con insectos alrededor.
No había nadie esperando.
—Llegamos —
Tomó a Agustín en brazos y bajó con prisa. El conductor apenas los miró. Las puertas se cerraron y, segundos después, el vehículo se perdió en la oscuridad de la ruta, dejando tras de sí un silencio espeso.
Quedaron solos.
El viento movía los carteles oxi