La manija no cedió.
Valentina volvió a tirar, esta vez con desesperación, sintiendo cómo el metal frío se le clavaba en la palma. La puerta permaneció inmóvil, sólida, indiferente a su urgencia. Un sonido sordo escapó de su garganta, algo entre un jadeo y un gemido ahogado.
—No… no puede ser —murmuró.
Las paredes parecieron cerrarse sobre ella. Las luces blancas comenzaron a marearla y los espejos devolvieron su expresión deformada por el miedo, multiplicándola hasta el infinito. El aire se vol