Valentina caminaba sin rumbo, abrazándose a sí misma, sintiendo cómo el mundo se le había derrumbado en una sola noche. El bolso colgaba de su hombro como un peso muerto. Cada paso era más lento que el anterior, no porque estuviera cansada, sino porque no sabía hacia dónde ir.Y, lo peor de todo, ya no tenía fe en nada.La lluvia cayó de repente, sin aviso. Gotas gruesas, pesadas, que empaparon el asfalto en segundos. Valentina intentó correr, pero resbaló con el piso mojado. Sus zapatillas gastadas no encontraron agarre y cayó de rodillas, hundiéndose en un charco oscuro de suciedad y barro. El barro le manchó las manos, el pantalón y el orgullo.Se quedó ahí unos segundos, respirando agitadamente, con el pelo rubio pegado al rostro, sintiendo el agua mezclarse con sus lágrimas.—Levántate… —se susurró—. No es momento de rendirse. Se puso de pie como pudo y siguió caminando bajo la lluvia, empapada, temblando de frío y deseando una ayuda, una respuesta, una señal, algo. Entonces e
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