Mundo ficciónIniciar sesiónElla volvió buscando paz. Él nunca dejó de esperarla, aunque jurara lo contrario. Lo que no imaginaron fue que la tierra que los vio crecer también sería el campo de batalla de sus corazones. Cuando Selene Miller descubre la infidelidad de su esposo tras quince años de matrimonio, solo le queda una valija, un corazón roto y una herencia olvidada: la granja rural de sus abuelos, donde alguna vez fue feliz. Huyendo de la ciudad, del dolor y de sí misma, regresa al campo con la esperanza de empezar de nuevo. Lo que no espera es reencontrarse con Simón, su primer amor, ahora convertido en un hombre endurecido por la vida, el trabajo y una herida que Selene no logra comprender. Entre el resentimiento, las miradas punzantes y los silencios cargados de tensión, renace una chispa que ni el tiempo ni la rabia han podido apagar.
Leer másEl sol brillaba con fuerza sobre la ciudad, pero para Selene Miller era el día más oscuro de su vida. No porque el cielo estuviera nublado, sino porque llevaba una tormenta adentro que amenazaba con desbordarse a cada paso.
Arrastraba una pequeña valija, vieja y ajada, en la que apenas había podido meter algo de ropa y, sin quererlo, quince años de matrimonio colapsados en silencio. El amor de su vida —o lo que había creído que era— se había convertido en una sombra distante. Una que ni siquiera se dignó a detenerla cuando anunció que se iba.
Caminaba con pasos torpes, empujada por la inercia más que por voluntad propia. Tropezaba con extraños sin notar sus rostros, sin oír las disculpas ni las quejas. Cada célula de su cuerpo luchaba por contener la avalancha de emociones que le quemaban la garganta y el pecho. Sabía que si dejaba escapar una sola palabra, no sería solo un llanto: serían gritos. Gritos feroces, animales, que harían temblar hasta los muros de la terminal.
Al llegar, se quedó unos minutos frente a las puertas de cristal. Los autobuses entraban y salían, las familias se despedían, los motores rugían... pero Selene solo miraba hacia atrás. A lo lejos, más allá del tumulto, esperaba —con un nudo irracional en la garganta— que él apareciera. Que cruzara corriendo el andén, agitado, desesperado por detenerla.
Nada.
Ni una señal. Ni una voz llamándola por su nombre.Solo el murmullo lejano de los altavoces y el rugido indiferente del tráfico.
—Soy una tonta… —susurró, apenas audible, como si le hablara al suelo—. No sé qué esperaba. Él no va a venir. Ya no le importo.
Una lágrima solitaria se deslizó por el rabillo de su ojo izquierdo. Selene la limpió de inmediato, con rabia. No iba a darle más lágrimas a ese hombre. No después de lo que había hecho.
Con el rostro endurecido, alzó el mentón y entró a la terminal. El autobús que la llevaría al pueblo estaba por salir. El pueblo de sus abuelos. La granja donde solía pasar los veranos cuando aún creía que los adultos sabían lo que hacían. Ahora, esa misma granja sería su refugio, su único norte. Un lugar donde empezar otra vez.
Subió los escalones del autobús como quien pisa el filo de una nueva vida. Cuando encontró su asiento junto a la ventana, soltó un suspiro contenido. Afuera, el mundo seguía igual de ruidoso, de indiferente. Pero en su interior, algo comenzaba a moverse. No era esperanza todavía. Era furia. Orgullo. Sobrevivencia.
El motor rugió y el autobús comenzó a avanzar. Selene no miró atrás esta vez. Aferró su bolso con fuerza y cerró los ojos.
El pasado la había destruido.
Pero el camino, el que se abría frente a ella en cada kilómetro, iba a reconstruirla.Y no pensaba detenerse.
El viaje fue largo, pero ella no lo sintió. Durante las seis horas que el autobús tardó en dejar la ciudad atrás y adentrarse en caminos cada vez más estrechos y polvorientos, su mente viajó más lejos que el vehículo. Viajó a escenas que trataba de olvidar, a promesas rotas, a noches de insomnio compartido con un hombre que había dejado de amarla mucho antes de que ella se diera cuenta.
La terminal del pueblo era poco más que una caseta con bancos oxidados y un mural descolorido de cuando celebraron el centenario de su fundación. Aun así, había algo reconfortante en la quietud del lugar. El aire olía a tierra, a leña y a café, y cuando Selene bajó del autobús, por primera vez en mucho tiempo sintió que podía respirar.
La granja de sus abuelos estaba a unos veinte minutos en auto desde el centro del pueblo. Había llamado con anticipación al encargado de la granja para que enviara a alguien a recogerla, pero no esperaba que quien estuviera allí fuera él.
Apoyado contra una vieja camioneta Ford de color verde olivo, un hombre alto, de brazos cruzados, la miraba con el ceño fruncido. Llevaba una camisa de mezclilla arremangada hasta los codos, los pantalones manchados de tierra y unas botas que parecían haber recorrido cada centímetro de ese campo. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta baja, y la barba de varios días le daba un aire indomable. No sonrió al verla. De hecho, frunció más el entrecejo.
—¿Selene Miller? —preguntó, más como una afirmación que como una duda.
Ella asintió, sintiendo el peso de su valija en la mano y el juicio en los ojos del desconocido.
—Soy yo.
—Pensé que serías más... no sé… diferente—dijo sin tapujos, y se giró hacia la camioneta.
Selene lo siguió con una ceja alzada. —Y yo pensé que tendrías modales.
El hombre soltó una especie de bufido. —Solo soy el capataz. Agradece que vine yo mismo a recogerte. Sube.
Ella lo hizo, no sin antes lanzar una última mirada al pueblo. Al subir a la camioneta, el crujido de la suspensión fue seguido por el gruñido del motor al encender. El camino hacia la granja era sinuoso, flanqueado por árboles y cercas rotas. Pasaron por campos de trigo, un par de vacas pastando con calma y un espantapájaros con el sombrero ladeado.
—Eres el pequeño Simón, ¿verdad? —dijo ella, más por llenar el silencio que por verdadera curiosidad.
—Sí, soy el mismo Simón, más ya nadie se atreve a llamarme así.
—Simón... ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en la granja?
—Desde que volví del ejército trabajé para tus abuelos, que descansan en paz. Pero ahora parece que trabajaré para ti.
La acidez en su tono no pasó desapercibida. Selene apretó la mandíbula. ¡Como si no tuviera suficientes problemas! No pensaba dejarse intimidar por un tipo que parecía hablar con el ceño.
La camioneta se detuvo frente a una verja de madera medio desvencijada. Detrás de ella, los campos se extendían como un manto de verdes irregulares. A lo lejos, la casa principal: una estructura de dos pisos con el techo a dos aguas y pintura desconchada, pero con una dignidad que el tiempo no había logrado arrancarle del todo.
Cuando Selene bajó del vehículo, el aroma a heno y lavanda silvestre le golpeó los sentidos. Casi había olvidado esa mezcla. Durante un instante, una versión de ella niña, corriendo por el porche, riendo con los brazos abiertos, emergió desde lo más recóndito de sus pensamientos. Pero ese recuerdo fue barrido por la voz seca de Simón.
—No esperes que el lugar esté como lo dejaste. Tus abuelos murieron hace varios años, yo ocupo una habitación en la parte de arriba. En estos momentos hago lo que puedo, pero no soy milagroso.
—Tampoco lo esperaba —replicó ella, mientras recorría con la mirada los alrededores.
Los invernaderos estaban cubiertos con lonas sueltas. El establo necesitaba pintura. Algunas herramientas se asomaban por la tierra como huesos viejos. Pero en medio de todo, había vida. Un perro mestizo la recibió moviendo la cola, flores silvestres crecían en las grietas del camino y un grupo de gallinas picoteaba sin prisa.
Selene sonrió por primera vez en días.
—Aún queda algo aquí. Puedo trabajar con esto.
Simón la miró de reojo.
—Veremos si dices lo mismo cuando se te rompan las manos.
Ella lo enfrentó. —No necesito que me cuides ni que me subestimes.
—Perfecto. Porque no pienso hacer ninguna de las dos cosas.
Y se marchó hacia el establo, dejándola sola frente a la casa.
Selene inspiró hondo. El aire era denso, lleno de polvo y posibilidades. Subió los escalones del porche y empujó la puerta. La madera cedió con un crujido familiar. Adentro, la casa olía a recuerdos. A cartas viejas, a madera y humedad. La sala estaba cubierta por sábanas blancas como fantasmas esperando ser despertados. Todo era un eco de lo que había sido. Pero también, de lo que podía volver a ser.
Dejó su valija junto a la escalera. No había llorado. No había temblado. No esta vez.
Desde el granero, Simón observaba la vieja casa en silencio. Algo en Selene la nieta de los Miller le resultaba molesto.
Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Después de la llegada del hombre misterioso a la fiesta se alargo hasta altas horas de la madrugada, aunque Selene y Simon se fueron mucho más antes de que la fiesta terminara se encontraban cansados y como no estarlo después de tantas emociones juntas.El sol apenas se asomaba entre los cerros cuando los gallos comenzaron a cantar y el rancho de los Miller despertó con el crujir de la madera, el olor a café recién colado y el murmullo de quienes todavía se habían quedado a recoger los restos de la fiesta.Había botellas vacías sobre las mesas largas, pétalos pisoteados mezclados con tierra húmeda, y farolillos que aún colgaban del mezquite, apagados pero orgullosos, como testigos de algo que no volvería a repetirse.Selene despertó antes que Simón.No por costumbre, sino porque el corazón todavía le latía distinto.Había pasado la noche escuchando su respiración, confirmando una y otra vez que no era un sueño: estaban juntos, casados, vivos… después de todo lo que habían atravesado.
La fiesta había alcanzado su punto más alto. El rancho de los Miller parecía un hormiguero alegre, con el pueblo entero bailando bajo las luces que colgaban del mezquite. Las guitarras, violines y jaranas no dejaban de sonar, mientras las mujeres repartían canastas de pan calientito y flores silvestres. Las sillas viejas, firmes a pesar del tiempo, se acomodaban en torno al gran árbol que había visto tantas historias y ahora presenciaba la unión de Selene y Simón.Doña Carmelita, sentada en una mecedora junto al fuego, observaba a los recién casados con los ojos húmedos.—Míralos nada más… —murmuró, apenas audible—. Así se ve la esperanza cuando se planta en buena tierra.Simón no apartaba la mirada de Selene. Aquella mujer que al llegar lo había recibido con dudas y desconfianza, ahora lo veía como si fuera lo más preciado de su vida. Y él, endurecido por años de soledad, sonreía como un hombre que al fin había encontrado su hogar.—Simón, mi amado Simón —susurró Selene, apretándole
La jueza cerró la carpeta de documentos con un suspiro contenido. Afuera, el calor del mediodía caía sobre el zócalo de Pueblo Viejo, donde el aire arrastraba el olor a tierra húmeda y pan recién horneado. Se llevó el auricular al oído, cuidando que nadie la escuchara.—Todo está en paz en Pueblo Viejo —informó con voz baja, pero firme.Del otro lado de la línea hubo un silencio largo, denso, como de alguien que piensa cada palabra antes de soltarla.—Bien —respondió al fin el benefactor, con voz grave y lejana, como si hablara desde un despacho en penumbras—. Manténgalo así… por ahora.La jueza tragó saliva. Por ahora. Dos palabras que le quedaron ardiendo en el pensamiento, pero no preguntó nada más. En su mundo, la curiosidad era un lujo caro.Además, no solo había cumplido con el favor que le habían pedido: también había asegurado en su expediente personal la captura de Caleb Gómez, un pez gordo en el mundo de las estafas y la extorsión. Ahora podía añadirle, con gusto, intento de
A través de los lentes oscuros de Xavier, la periodista alcanzó a ver el miedo, ese brillo diminuto que se cuela cuando hasta el más soberbio sabe que lo acorralaron.La gente más cercana a ella se inclinó hacia adelante, buscando entre las sombras del mediodía confirmar que lo que había dicho no era puro cuento. Un murmullo de sorpresa y rabia contenida empezó a correr entre los grupos, como el siseo de una serpiente a punto de morder.—Esto no es nada… —dijo la periodista, con voz templada pero firme, mientras sacaba una fotografía ampliada. El papel brilló bajo el sol. En ella, Xavier y Elvira aparecían en una cena privada, brindando con Caleb mientras sobre la mesa se extendía un mapa del pueblo—. Y esto… —continuó— es apenas el aperitivo. Lo mejor es esta grabación donde usted, Xavier, se refiere a los habitantes de Pueblo Viejo como “campesinos fáciles de desplazar”.Elvira, que hasta ese momento se había quedado en la parte trasera de la camioneta, se movió como un resorte. Baj
Parecía un día común y corriente, de esos en que el calor del mediodía cae como plomo derretido sobre la carretera principal, esa cinta de asfalto que parte al pueblo en dos y hace que el aire se ondeé como si ardiera. Sin embargo, ese día los vecinos habían dejado sus casas, sus talleres y sus parcelas para recorrerla, no por gusto, sino porque una noticia se había corrido más rápido que el viento.La periodista, junto con su amigo el detective, había regresado con algo grande… algo que, si todo salía bien, pondría fin a los atentados y al miedo que había asfixiado a Pueblo Viejo por meses.No había música ni cohetes, y mucho menos fiesta. Lo que se respiraba era un murmullo grave que corría de boca en boca, como enjambre inquieto. Los hombres llegaban con sombreros de palma o gorras empapadas en sudor; las mujeres, con sus faldas largas y blusas bordadas, alzaban pancartas improvisadas con tela de costal y pintura roja: “La tierra es del pueblo”, “Fuera ratas”, “No nos callarán”. Y
La tarde caía con un sol anaranjado que teñía los cerros, pero en el aire había algo distinto… un silencio inquietante, de esos que no se rompen ni con el canto de los grillos.En el taller de costura, las mujeres estaban guardando las telas y los bordados. Doña Micaela contaba las piezas con la paciencia de siempre, mientras Chiara —que había terminado temprano su labor— correteaba entre las mesas buscando entretenerse.Fue ella quien lo vio.A través de la ventana del costado, detrás de las sábilas que marcaban el límite del solar, una sombra se movía agazapada. Un hombre grande, de movimientos calculados, vertía un líquido oscuro por la pared de madera del taller. El olor penetrante del combustible llegó hasta la nariz de la joven como una bofetada.Chiara no gritó de inmediato; se quedó paralizada un segundo, viendo cómo aquel hombre sacaba un encendedor plateado y lo hacía girar entre sus dedos. Fue solo cuando reconoció la cara de Caleb —iluminada fugazmente por el destello del
Último capítulo