Mundo ficciónIniciar sesiónElla volvió buscando paz. Él nunca dejó de esperarla, aunque jurara lo contrario. Lo que no imaginaron fue que la tierra que los vio crecer también sería el campo de batalla de sus corazones. Cuando Selene Miller descubre la infidelidad de su esposo tras quince años de matrimonio, solo le queda una valija, un corazón roto y una herencia olvidada: la granja rural de sus abuelos, donde alguna vez fue feliz. Huyendo de la ciudad, del dolor y de sí misma, regresa al campo con la esperanza de empezar de nuevo. Lo que no espera es reencontrarse con Simón, su primer amor, ahora convertido en un hombre endurecido por la vida, el trabajo y una herida que Selene no logra comprender. Entre el resentimiento, las miradas punzantes y los silencios cargados de tensión, renace una chispa que ni el tiempo ni la rabia han podido apagar.
Leer másDespués de la llegada del hombre misterioso a la fiesta se alargo hasta altas horas de la madrugada, aunque Selene y Simon se fueron mucho más antes de que la fiesta terminara se encontraban cansados y como no estarlo después de tantas emociones juntas.El sol apenas se asomaba entre los cerros cuando los gallos comenzaron a cantar y el rancho de los Miller despertó con el crujir de la madera, el olor a café recién colado y el murmullo de quienes todavía se habían quedado a recoger los restos de la fiesta.Había botellas vacías sobre las mesas largas, pétalos pisoteados mezclados con tierra húmeda, y farolillos que aún colgaban del mezquite, apagados pero orgullosos, como testigos de algo que no volvería a repetirse.Selene despertó antes que Simón.No por costumbre, sino porque el corazón todavía le latía distinto.Había pasado la noche escuchando su respiración, confirmando una y otra vez que no era un sueño: estaban juntos, casados, vivos… después de todo lo que habían atravesado.
La fiesta había alcanzado su punto más alto. El rancho de los Miller parecía un hormiguero alegre, con el pueblo entero bailando bajo las luces que colgaban del mezquite. Las guitarras, violines y jaranas no dejaban de sonar, mientras las mujeres repartían canastas de pan calientito y flores silvestres. Las sillas viejas, firmes a pesar del tiempo, se acomodaban en torno al gran árbol que había visto tantas historias y ahora presenciaba la unión de Selene y Simón.Doña Carmelita, sentada en una mecedora junto al fuego, observaba a los recién casados con los ojos húmedos.—Míralos nada más… —murmuró, apenas audible—. Así se ve la esperanza cuando se planta en buena tierra.Simón no apartaba la mirada de Selene. Aquella mujer que al llegar lo había recibido con dudas y desconfianza, ahora lo veía como si fuera lo más preciado de su vida. Y él, endurecido por años de soledad, sonreía como un hombre que al fin había encontrado su hogar.—Simón, mi amado Simón —susurró Selene, apretándole
La jueza cerró la carpeta de documentos con un suspiro contenido. Afuera, el calor del mediodía caía sobre el zócalo de Pueblo Viejo, donde el aire arrastraba el olor a tierra húmeda y pan recién horneado. Se llevó el auricular al oído, cuidando que nadie la escuchara.—Todo está en paz en Pueblo Viejo —informó con voz baja, pero firme.Del otro lado de la línea hubo un silencio largo, denso, como de alguien que piensa cada palabra antes de soltarla.—Bien —respondió al fin el benefactor, con voz grave y lejana, como si hablara desde un despacho en penumbras—. Manténgalo así… por ahora.La jueza tragó saliva. Por ahora. Dos palabras que le quedaron ardiendo en el pensamiento, pero no preguntó nada más. En su mundo, la curiosidad era un lujo caro.Además, no solo había cumplido con el favor que le habían pedido: también había asegurado en su expediente personal la captura de Caleb Gómez, un pez gordo en el mundo de las estafas y la extorsión. Ahora podía añadirle, con gusto, intento de
A través de los lentes oscuros de Xavier, la periodista alcanzó a ver el miedo, ese brillo diminuto que se cuela cuando hasta el más soberbio sabe que lo acorralaron.La gente más cercana a ella se inclinó hacia adelante, buscando entre las sombras del mediodía confirmar que lo que había dicho no era puro cuento. Un murmullo de sorpresa y rabia contenida empezó a correr entre los grupos, como el siseo de una serpiente a punto de morder.—Esto no es nada… —dijo la periodista, con voz templada pero firme, mientras sacaba una fotografía ampliada. El papel brilló bajo el sol. En ella, Xavier y Elvira aparecían en una cena privada, brindando con Caleb mientras sobre la mesa se extendía un mapa del pueblo—. Y esto… —continuó— es apenas el aperitivo. Lo mejor es esta grabación donde usted, Xavier, se refiere a los habitantes de Pueblo Viejo como “campesinos fáciles de desplazar”.Elvira, que hasta ese momento se había quedado en la parte trasera de la camioneta, se movió como un resorte. Baj





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