Mundo ficciónIniciar sesiónElla volvió buscando paz. Él nunca dejó de esperarla, aunque jurara lo contrario. Lo que no imaginaron fue que la tierra que los vio crecer también sería el campo de batalla de sus corazones. Cuando Selene Miller descubre la infidelidad de su esposo tras quince años de matrimonio, solo le queda una valija, un corazón roto y una herencia olvidada: la granja rural de sus abuelos, donde alguna vez fue feliz. Huyendo de la ciudad, del dolor y de sí misma, regresa al campo con la esperanza de empezar de nuevo. Lo que no espera es reencontrarse con Simón, su primer amor, ahora convertido en un hombre endurecido por la vida, el trabajo y una herida que Selene no logra comprender. Entre el resentimiento, las miradas punzantes y los silencios cargados de tensión, renace una chispa que ni el tiempo ni la rabia han podido apagar.
Leer másLa tierra crujía bajo sus botas mientras Selene avanzaba por el sendero de grava que conducía al viejo cementerio del pueblo. No había dicho a nadie que iría, ni siquiera a Simón, aunque él siempre parecía adivinar sus pasos antes que ella misma.Llevaba un ramillete de jazmines blancos, las flores favoritas de su madre. Estaban frescas, con gotas de rocío aún colgando de sus pétalos como pequeñas lágrimas que no se habían atrevido a caer.El camposanto no era más que un terreno cercado por un viejo portón de herrería oxidada. Las cruces de madera y las lápidas agrietadas contaban historias detenidas por el tiempo. Selene pasó la reja con la misma reverencia con la que un creyente entra a una iglesia, y se dirigió en silencio a la tumba de su madre.Se arrodilló, acomodó las flores y deslizó los dedos sobre el nombre tallado en piedra: Catalina Miller.—Perdóname —susurró, su voz casi tragada por el viento—. Huir no fue lo correcto… pero era lo único que sabía hacer entonces.Se quedó
La caja se le resbaló de las manos con un golpe seco. El polvo se levantó en una nubecilla silenciosa, mientras Selene se agachaba a recoger los papeles y fotografías antiguas que se habían desparramado por el suelo del viejo granero. Había estado revisando los objetos que su abuelo había dejado guardados en ese rincón olvidado de la finca, con la intención de organizar lo poco que quedaba de él antes de que el polvo y el tiempo terminaran por devorarlo todo.No esperaba encontrar esa carta.La reconoció de inmediato.Era suya.Sus dedos temblaron al desplegar el papel doblado en cuatro. La tinta azul había palidecido, pero sus palabras seguían claras. Un nudo se le formó en la garganta.«Simón, si lees esto… es porque ya me habré quedado sin valor para decírtelo en persona. No quiero que te vayas. No quiero que te vayas sin saber que te amo…»El resto era un remolino de emociones que no pudo seguir leyendo sin que los ojos se le humedecieran. Esa carta la había escrito cuando tenía d
Las hojas secas crujieron bajo las botas de Selene mientras avanzaba por el sendero que dividía los sembradíos de maíz. El aire olía a tierra húmeda, a promesa de cosecha. El murmullo de las plantas al moverse con la brisa parecía acompañarla como si el campo también quisiera hablarle, contarle secretos antiguos que se habían quedado atrapados en las raíces.Simón venía unos pasos atrás, con las mangas arremangadas y la mirada fija en el horizonte. Desde hacía un par de días tras la pelea con Elvira y Simón defendiendola, las cosas entre ellos habían adoptado una calma tensa. No se hablaba del beso, ni del roce de sus dedos, ni de las miradas cargadas de algo que no se atrevía a nombrarse. Pero el silencio compartido no era incómodo. Era más bien un terreno fértil donde algo más parecía germinar.—¿No te molesta ensuciarte las botas que trajiste de la ciudad? —preguntó él, con una media sonrisa, como quien lanza una piedra al río para ver las ondas que genera.—Supongo que ya no son d
El calor del mediodía caía pesado sobre la tierra, haciendo que el polvo que se levantaba con cada paso quedará suspendido un poco más de lo habitual. Selene había decidido ir al pueblo sola esa mañana, pero no tardó en notar las miradas furtivas que la seguían desde los portales, desde las ventanas entornadas. Sabía que regresar no iba a ser fácil, pero no había imaginado que los rumores viajaran tan rápido, ni que fueran tan afilados.La vieja droguería de don Mateo, con su techo de tejas despostilladas, fue el primer sitio donde escuchó el cuchicheo. Apenas cruzó la puerta, el repiqueteo de la campanilla fue seguido por un silencio incómodo.—Dicen que volvió para quedarse con todo… después del escándalo de su madre y la muerte de sus abuelos, creí que jamás se volvería a saber de ella—susurró una mujer detrás de los estantes.Lo cuchicheos siguieron hasta el almacén del viejo Salazar.—…pues no solo regreso, tiene al capataz como perrito faldero. —remató otra de un nuevo grupo de
La mañana siguiente trajo un aire fresco que no logró disipar el calor que latía entre ellos desde el beso no hablado de la noche anterior. Selene evitaba su mirada cada vez que se cruzaban en la cocina o el corral, y Simón encontraba cualquier excusa para salir antes del desayuno. Ninguno decía nada. Pero todo lo que callaban parecía cargarse en el ambiente como una tormenta.Mientras cortaba leña detrás del granero, Selene se detuvo un momento observando a Simón. El crujido de la madera bajo el filo del hacha tenía algo terapéutico, pero ni siquiera eso conseguía borrar el recuerdo de los labios de Simón sobre los suyos. Se llevó una mano a la nuca, incómoda con la forma en que su cuerpo aún lo recordaba con tanta intensidad.—Ese beso no significó nada —se murmuró a sí misma—. Fue solo una forma muy masculina de cambiar de tema… Una vez más.Pero incluso ella dudaba de sus palabras. Sabía que había algo más, algo de lo que no debía y no quería pensar en esos momentos.Soltó un susp
El día amaneció espeso y húmedo, como si el cielo supiera que algo importante estaba por suceder. Selene apenas había pegado el ojo la noche anterior. Desde la discusión con Simón, todo en su interior era un torbellino: frustración, enojo, pero también algo mucho más inquietante... deseo.Se dijo que saldría al establo solo para asegurarse de que todo estuviera en orden. Que no lo estaba buscando. Que lo hacía por responsabilidad, no por él. Sin embargo, cuando llegó y lo vio inclinado sobre la cerca, su camisa arremangada y el cabello desordenado por el viento, no pudo evitar que su corazón diera ese salto tonto en el pecho.—Buenos días —saludó ella, intentando sonar indiferente.Simón apenas levantó la vista, sus ojos color ambar destellaron de manera peligrosa por un momento bajo la sombra de su sombrero.—Buenos.Una tensión densa se instaló entre ellos, como la electricidad previa a una tormenta. Selene se cruzó de brazos, incómoda. Iba a decir algo, quizá una broma amarga, cuan
Último capítulo