La tierra crujía bajo sus botas mientras Selene avanzaba por el sendero de grava que conducía al viejo cementerio del pueblo. No había dicho a nadie que iría, ni siquiera a Simón, aunque él siempre parecía adivinar sus pasos antes que ella misma.
Llevaba un ramillete de jazmines blancos, las flores favoritas de su madre. Estaban frescas, con gotas de rocío aún colgando de sus pétalos como pequeñas lágrimas que no se habían atrevido a caer.
El camposanto no era más que un terreno cercado por un