La fiesta había alcanzado su punto más alto. El rancho de los Miller parecía un hormiguero alegre, con el pueblo entero bailando bajo las luces que colgaban del mezquite. Las guitarras, violines y jaranas no dejaban de sonar, mientras las mujeres repartían canastas de pan calientito y flores silvestres. Las sillas viejas, firmes a pesar del tiempo, se acomodaban en torno al gran árbol que había visto tantas historias y ahora presenciaba la unión de Selene y Simón.
Doña Carmelita, sentada en una