La jueza cerró la carpeta de documentos con un suspiro contenido. Afuera, el calor del mediodía caía sobre el zócalo de Pueblo Viejo, donde el aire arrastraba el olor a tierra húmeda y pan recién horneado. Se llevó el auricular al oído, cuidando que nadie la escuchara.
—Todo está en paz en Pueblo Viejo —informó con voz baja, pero firme.
Del otro lado de la línea hubo un silencio largo, denso, como de alguien que piensa cada palabra antes de soltarla.
—Bien —respondió al fin el benefactor, con v