Capítulo 50.

La tarde caía con un sol anaranjado que teñía los cerros, pero en el aire había algo distinto… un silencio inquietante, de esos que no se rompen ni con el canto de los grillos.

En el taller de costura, las mujeres estaban guardando las telas y los bordados. Doña Micaela contaba las piezas con la paciencia de siempre, mientras Chiara —que había terminado temprano su labor— correteaba entre las mesas buscando entretenerse.

Fue ella quien lo vio.

A través de la ventana del costado, detrás de las s
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