BACO: EL DESPERTAR DEL REY LYCAN

BACO: EL DESPERTAR DEL REY LYCANES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-02-01
Ariana Fénix  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Un siglo de exilio. Un secreto bajo llave. Un amor que la misma Luna se negó a olvidar. Desde que el Rey Filipo murió, sus cinco hijas —Alfas de sangre pura— cargaron con la maldición de un mundo que temía su poder. Viudas, traicionadas y obligadas a gobernar en las sombras, las Matriarcas cometieron un pecado imperdonable para proteger su linaje: desterraron a Baco, el último Lycan puro, y sellaron a la loba de su amada Meryem, condenándola a un matrimonio forzado con un sirviente cruel. Cien años después, la última Gran Alfa ha muerto. Baco ha regresado. No es el joven que huyera una vez; ahora es un guerrero de imponente presencia, marcado por tatuajes rúnicos y un siglo de batallas. Pero no viene solo por el trono que las cinco manadas se disputan en un caos de ambición y riqueza: viene por ella. Al cruzar su mirada con Meryem, la loba albina de ojos violetas que ha permanecido eternamente joven bajo un hechizo, el destino estalla. El velo de mentiras se rasga, revelando que el hijo que ella crió no pertenece al hombre que la humilló, sino al Rey que nunca dejó de buscarla. Entre revueltas sangrientas, la furia de los tíos traidores y la sombra de una amante del exilio que no aceptará el olvido, Baco y Meryem deberán reclamar su corona. Porque cuando un Lycan reclama a su mate, ni las leyes de los hombres ni los hechizos de las abuelas pueden detener el hambre de justicia... ni el fuego de una pasión que ha esperado un siglo para arder.

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Capítulo 1

Prologo: el linaje de Filipo

En los albores de la civilización, cuando el lenguaje de los hombres aún era un balbuceo frente al rugido de las tormentas, no existía la jerarquía, solo el hambre primordial y el ciclo inmutable de la Luna. El mundo era un tapiz de caos, donde las manadas de lobos se devoraban entre sí por restos de territorio, hasta que surgió la figura que cambiaría el destino de la sangre: Filipo.

Filipo no era un lobo común; era un error bendito de la creación, una fuerza telúrica cuya anatomía parecía haber sido forjada por la misma tierra en una noche de furia. Incluso en el ocaso de su vida, cuando los siglos pesaban sobre sus hombros como un manto de hierro, Filipo conservaba la estampa de un semidiós antiguo. Su piel era morena, curtida por el sol inclemente de mil batallas y el frío cortante de mil inviernos, marcada por cicatrices que narraban la historia de un hombre que había derribado imperios con la sola fuerza de su voluntad. Su cabello, una melena cana que caía sobre sus anchos hombros, no lograba suavizar la dureza de una mandíbula de acero que había decapitado reyes tiranos. Pero lo más imponente eran sus ojos: de un gris tormentoso y eléctrico, como el metal de una espada recién extraída de la fragua, que conservaban el brillo dorado de un Lycan de sangre pura, una mirada capaz de doblegar a la bestia más salvaje con solo un parpadeo.

Poseía el don más raro entre los suyos: la conciencia absoluta. Podía transformarse en una bestia de tres metros, un torbellino de garras y colmillos que infundía terror en los corazones de los valientes, y aun así mantener la sabiduría de un filósofo y la templanza de un juez en medio de la carnicería. Pero su mayor legado, el que más amaba y el que finalmente sería su perdición, no fueron las tierras conquistadas, sino las cinco mujeres que nacieron de su simiente: Valeria, Maria, Selene, Helena y Diana.

El Ritual de las Lunas Soberanas

La noche en que Filipo decidió dividir su reino para que su linaje fuera eterno, el aire en el Valle Central se volvió denso, casi sólido. El aroma a resina de pino quemada se mezclaba con el olor metálico y dulce de la sangre de sacrificio, mientras las flores nocturnas, que solo se abrían bajo el influjo de la luna llena, exhalaban un perfume embriagador que adormecía los sentidos de los guerreros presentes.

Filipo se puso de pie en el centro del Círculo de Piedras Sagradas, con el torso desnudo mostrando el mapa de su vida grabado en su piel. Sus cinco hijas lo rodeaban, cada una una obra maestra de belleza y poder. En una época donde las hembras de otras manadas eran relegadas a las sombras de las cuevas o al silencio de la crianza, Filipo rompió el orden ancestral. Él veía en ellas lo que nadie más se atrevía a reconocer: el Aura Alfa. Un resplandor violeta y dorado que emanaba de sus poros como una neblina mística, una vibración que hacía que el suelo temblara bajo sus pies.

—Habéis nacido de la fuerza, pero gobernaréis con la justicia —tronó Filipo, y su voz, aunque cargada por los siglos, hizo que las aves alzaran el vuelo en kilómetros a la redonda, rompiendo el silencio de la noche—. Mis cinco hijas, las cinco garras de mi mano. Sin vosotras, mi reino es solo polvo. Con vosotras, los Lycans serán eternos.

Para extender su poder y asegurar que cada rincón del mundo conociera su ley, Filipo seleccionó cuidadosamente a los mejores guerreros de las tierras lejanas, hombres de honor y fuerza bruta, para unirse a ellas en alianzas sagradas:

Valeria, la Primogénita: De una belleza severa y aristocrática, con ojos tan grises como los de su padre pero despojados de su calidez. Se unió a Magnus, un Alfa de las montañas centrales, un hombre cuya fuerza era el yunque perfecto para el martillo de la ambición de Valeria. Juntos, heredaron el Valle Central, el corazón burocrático y político del reino.

Maria, la Astuta: De cabello oscuro como el ala de un cuervo y labios que siempre parecían guardar un secreto peligroso. Su unión con Elias, un visionario de las costas del Este, permitió que la manada no solo dominara la caza, sino el intercambio y las rutas marítimas, conectando el mundo de los lobos con el de los hombres.

Selene, la Mística: De piel pálida, casi traslúcida, y mirada perdida en el velo de lo invisible. Se marchó al Norte de nieves eternas con Ivar, un lobo cuya alma estaba ligada a los susurros de los ancestros y a los secretos de la luna.

Helena, la Guerrera: La que más se parecía a Filipo en su fuego interno y su temperamento volcánico. Se unió a Kratos, un general de las llanuras del Sur, transformando su territorio en el escudo inquebrantable del imperio, donde la paz se pagaba con el sudor de los entrenamientos.

Diana, la Pequeña: La más joven, de risa fácil y espíritu libre como el viento del Oeste. Fue enviada a las montañas profundas con Dante, un Alfa cuya manada conocía los secretos de las entrañas de la tierra, extrayendo los tesoros que la naturaleza ocultaba.

Esa noche, bajo la mirada de la Diosa Luna, Filipo las bendijo, creyendo firmemente que la lealtad de hermanas sería el pegamento inquebrantable de su civilización. "El poder no reside en el género", les dijo por última vez antes de exhalar su último suspiro, "sino en la pureza del espíritu". Pero el Rey, en su nobleza, no previo que tras su partida, la pureza se oxidaría bajo el peso de la corona y el brillo del oro.

La Caída de las Matriarcas y la Era de la Decadencia

Con la muerte de Filipo, el equilibrio se rompió con la violencia de un terremoto. Sin la sombra protectora del Gran Rey, las cinco hermanas se enfrentaron a la soledad del mando y a las presiones de un mundo que no estaba listo para ser gobernado por mujeres. La tragedia las golpeó pronto; sus mates, los hombres que Filipo eligió para ellas, cayeron uno a uno en guerras territoriales y conflictos internos que ellas mismas, cegadas por la soberbia y la competencia, no quisieron evitar.

Al enviudar jóvenes, en lugar de buscar la paz, Valeria y Maria transformaron su dolor en una armadura de crueldad sistémica. Tergiversaron la historia de su padre, manipulando los textos sagrados y las leyes orales para borrar su mensaje de unidad. Lo que comenzó como una administración territorial se convirtió en un monopolio despiadado donde las hermanas mayores, en una danza de avaricia, comenzaron a devorar a las pequeñas.

Valeria, desde el Trono del Centro, se convirtió en una burócrata de la muerte. La justicia dejó de ser una virtud para convertirse en una mercancía de lujo. Sus salones de mármol, antes abiertos para todos, ahora olían a incienso rancio y a la tinta de decretos que asfixiaban a las manadas periféricas. Cada ley que firmaba era un clavo más en el ataúd de la libertad que su padre había soñado.

Maria, en el Este, se despojó de su naturaleza salvaje para vestirse con las sedas y el platino de los humanos. Se mudó a rascacielos de cristal en las ciudades modernas, rodeada de pantallas de luz que mostraban el flujo constante del oro y las acciones petroleras. El aroma de su manada ya no era el del bosque húmedo, sino el del cuero de los autos de lujo y el perfume sintético de la alta sociedad. Ella se convirtió en la "caja chica" del clan, la que compraba voluntades de presidentes humanos y silencios de generales para proteger su imperio económico.

La Miseria de la Periferia: Norte, Sur y Oeste

Para que el lujo obsceno de Valeria y Maria brillara, el resto del imperio de Filipo debía arder en la precariedad más absoluta.

En el Norte, la decadencia se sentía en el frío que calaba los huesos de los cachorros de la manada de Selene. Sus rituales sagrados, antaño usados para la sanación, fueron pervertidos por Maria para crear hechizos de bloqueo y sumisión. Selene, sumida en una locura melancólica tras años de opresión, entregaba los secretos místicos de su linaje a cambio de suministros básicos que apenas llegaban en camiones custodiados por mercenarios de Maria. Los lobos del Norte se convirtieron en parias, sombras que vagaban por la nieve buscando restos de su antigua gloria.

En el Sur, el territorio de Helena, la decadencia tenía el olor fétido de la herrumbre y la carne mal curada. Los hijos de Helena fueron obligados a servir como la primera línea de defensa en guerras fronterizas instigadas por Maria para vender armas a ambos bandos. Valeria les negaba sistemáticamente el apoyo económico, obligando a la orgullosa Helena a vender a sus propios guerreros como escoltas privadas para los empresarios del Este. Las manadas del Sur vivían en campamentos de barro y lona, donde el único futuro para un joven era una tumba sin nombre en una tierra que ya no les pertenecía.

Pero la humillación más profunda y desgarradora se vivió en el Oeste. Las montañas de Diana, antaño hermosas y salvajes, se convirtieron en cicatrices abiertas y sangrantes en la corteza terrestre. La decadencia aquí era táctil, se sentía en el polvo de sílice que llenaba los pulmones de los lobos esclavizados en las minas. Maria impuso "impuestos de linaje" tan exorbitantes que los descendientes de la hermana menor vivían en una servidumbre perpetua. Mientras Maria invertía ese oro en bancos suizos y yates, los lobos del Oeste morían en la oscuridad de los túneles a los treinta años, tosiendo sangre y olvido, bajo el látigo de capataces que alguna vez fueron sus hermanos de raza.

El "Servicio de Sangre" y la Sombra de Kael

Para asegurar que ninguna rebelión naciera de la desesperación absoluta, las hermanas ricas establecieron la ley más atroz de su reinado: el Servicio de Sangre. Cualquier lobo de las ramas del Norte, Sur u Oeste que mostrara un rastro de poder Alfa, una pizca de la mirada de Filipo, era arrancado de los brazos de su madre a los seis años y enviado al Valle Central para ser "entrenado". En realidad, eran sometidos a procesos de quiebre mental y espiritual, convirtiéndolos en sombras sin voluntad, verdugos autómatas al servicio de las Matriarcas.

Kael fue el producto perfecto de esta era de podredumbre moral. Un lobo de la rama de Maria, criado entre los privilegios del dinero fácil y la ausencia total de honor. Él era el perro faldero de las Matriarcas, el hombre que aceptó con una sonrisa sádica el "regalo" de casarse con la loba blanca, Meryem. No lo hizo por amor, un concepto que su corazón marchito no podía comprender, sino por el placer de ser el carcelero de la loba más pura del linaje, vigilando que el fuego de Filipo nunca volviera a encenderse en su vientre.

Así, el legado de un Rey que soñó con la igualdad y la pureza se convirtió en una pesadilla de opulencia corporativa y esclavitud ancestral. Pero en el silencio de las minas, en el frío del Norte y en las trincheras del Sur, una profecía seguía latiendo como un tambor de guerra: la sangre de Filipo no se puede borrar, y el Rey que ha de venir no conocerá la piedad con aquellos que marchitaron su corona. El tiempo de la deuda había llegado, y el cobro sería en sangre.

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