NIDO DE VÍBORAS

La muerte de Aylin no fue solo una pérdida para Andrea; fue el fin de la poca humanidad que quedaba en la rama del Este. Tras el funeral en Estambul, el heredero de Maria regresó como un hombre roto, un guerrero cuya llama interna se había extinguido con el último suspiro de su esposa turca. Sin embargo, en el mundo de las Matriarcas, el duelo era un lujo que no se permitía. Maria, obsesionada con la sucesión, no veía en su hijo a un hombre sufriendo, sino a un activo biológico que debía producir al próximo heredero del imperio.

—Necesitas un pilar de sangre pura a tu lado, Andrea —le sentenció Maria, mientras le entregaba los documentos de propiedad de una nueva flota naviera—. La humana fue un error. Ahora, cumple con tu deber.

Presionado por su madre, Andrea aceptó el matrimonio con Beatriz. Al principio, él intentó con desesperación ser el hombre que su familia esperaba. Regresaba con frecuencia a la mansión, buscando en los brazos de Beatriz un refugio contra la soledad. Le hacía el amor con una intensidad casi febril, intentando convencerse de que su belleza gélida podría llenar el vacío de Aylin. Pero era inútil; su alma permanecía en silencio. No había chispa, no había esa conexión mística de las parejas destinadas. Cada vez que cerraba los ojos, el perfume francés de Beatriz era reemplazado por el recuerdo del aroma a especias y brisa del Bósforo que emanaba de Aylin.

Esa desconexión lo fue alejando. Las estancias en casa se volvieron cortas y los viajes de negocios más largos, extendiéndose por seis o siete meses. Maria, sin embargo, celebraba estas ausencias, convencida de que su hijo estaba expandiendo el imperio mientras ella moldeaba a Beatriz a su imagen y semejanza.

El Punto Ciego: La Traición y el Heredero Fallido

Mientras Andrea recorría el mundo, Beatriz se entregaba a la amargura de ser una esposa ignorada. En su soberbia, buscó consuelo en los brazos de Gael, un omega sirviente de la mansión. Para ella, Gael no era más que una herramienta para saciar su despecho, pero el destino le jugó una broma macabra. Beatriz descubrió que estaba embarazada cuando Andrea llevaba ya cuatro meses fuera del país.

El pánico la atenazó. Si Maria descubría la infidelidad con un omega, la ejecución sería su único destino. Desesperada, Beatriz urdió un plan. Con el pretexto de que "su corazón no soportaba más la ausencia de su amado esposo", viajó a encontrarse con Andrea en una remota zona industrial de Siberia. Allí, se aseguró de compartir su lecho para que, meses después, el anuncio del embarazo pareciera legítimo.

Maria recibió la noticia con una euforia que rayaba en la arrogancia. Como loba orgullosa de alto linaje, Maria estaba convencida de que Beatriz llevaba en su vientre al heredero varón que Andrea no había podido darle con Aylin. En su mente, Meryem era solo un "error albino" que sería desplazado por el futuro Alfa del Este.

—Por fin —decía Maria en las reuniones del consejo—, nacerá un varón de sangre limpia que pondrá fin a la sombra de esa bastarda turca.

Pero la decepción fue amarga. Cuando nació Sasha, Maria no pudo ocultar su frustración al ver que era otra hembra. Sin embargo, al notar la fuerza física de la niña y su parecido con los lobos de linaje oscuro, Maria decidió que Sasha sería su proyecto de venganza. Si no podía tener un heredero varón, crearía una loba tan cruel y poderosa que borraría a Meryem de la faz de la tierra. Lo que Maria nunca sospechó es que la nieta que tanto presumía no llevaba una sola gota del poder de Filipo, sino la sangre de un sirviente omega.

La Cenicienta de la Manada

Meryem, a sus escasos tres años, se convirtió en una extraña en su propia casa. Beatriz desplegó sobre ella una crueldad refinada, nacida del miedo a que la luz de Meryem revelara su propia oscuridad.

—Mírate, pequeño espectro —le siseaba Beatriz mientras la arrastraba por el cabello hacia los rincones oscuros—. Eres el recordatorio del pecado de tu padre. No eres una loba, eres un parásito.

La niña aprendió a comer en silencio en la cocina con los Omegas, sin saber que entre ellos estaba su verdadero "tío" biológico, mientras Beatriz celebraba banquetes en el comedor principal. Con el crecimiento de Sasha, la situación alcanzó un punto de no retorno. Sasha fue entrenada por su abuela para ser una depredadora de su propia hermana.

El Juego de las Sombras en el Valle Central

El verdadero infierno de Meryem ocurría durante las festividades del solsticio en el Valle Central. Allí, bajo la mirada vigilante de Valeria, todas las manadas se reunían. Meryem, ya de siete años, era una sombra pálida que intentaba volverse invisible para evitar los ataques de Sasha.

En una tarde de bochorno asfixiante, Sasha empujó a Meryem a una de las zanjas de drenaje de las caballerizas, un pozo lleno de lodo putrefacto y estiércol. —¡Quédate ahí, fantasma! —gritaba Sasha, riendo junto a otros niños—. ¡A ver si el lodo te da algo de color!

Meryem luchaba por salir, pero sus pequeñas manos se resbalaban. Estaba a punto de rendirse cuando el bosque pareció exhalar un suspiro profundo. De entre los pinos negros, surgió Baco, a sus catorce años.

Baco no caminaba, se desplazaba con la elegancia de un depredador que ya era dueño del territorio. Cuando vio a Meryem en el lodo, su instinto Lycan estalló. Con un borrón de velocidad pura, Baco saltó al fango y levantó a Meryem con una sola mano, cargándola contra su pecho. La niña hundió su rostro en el cuello de Baco, aspirando su aroma a bosque antiguo y tormenta.

—¡Baco! ¡Suéltala, es mi turno de jugar! —exigió Sasha, arrogante.

Baco se giró. Su Aura Dorada se manifestó como un peso gravitacional que hizo que la temperatura cayera diez grados. Sus ojos se volvieron dos monedas de oro incandescente. —Vuelve a tocarla, Sasha —susurró Baco, y su voz hizo que los caballos relincharan de terror—, y te juro por la sangre de Filipo que te arrancaré la lengua antes de que puedas pedir ayuda a tu madre.

Sasha cayó de espaldas, humillada y aterrada, viendo cómo el joven que ella tanto admiraba la despreciaba por una "humana defectuosa".

El Pacto del Silencio y el Odio de Sasha

Desde ese día, Baco se convirtió en el escudo de Meryem. Mientras Sasha crecía obsesionada con Baco, admirando su fuerza bruta y tratando de seducirlo, Baco solo tenía ojos para su prima albina. La llevaba a las cumbres más altas, donde el aire era puro.

—Huelo tu miedo, Meryem —le decía él mientras le limpiaba el rostro—. No dejes que ellas te hagan creer que eres pequeña. Tú eres la única que tiene una luz propia.

—Sasha dice que algún día tú serás su mate —susurró Meryem una tarde, con una tristeza que le encogía el alma.

Baco soltó una carcajada seca y se arrodilló frente a ella. —Sasha podría tener todo el poder de Maria, pero su alma es un pozo vacío. Mi lobo solo reconoce una luz, y es la tuya.

La Sentencia de las Matriarcas

En los balcones de la mansión, Valeria y Maria observaban con rabia contenida. Beatriz estaba a su lado, con el rostro desfigurado por el odio al ver a su hija Sasha rechazada. El secreto de la paternidad de Sasha ardía en su pecho, lo que la hacía aún más letal.

—Esto es inaceptable —siseó Beatriz—. Mi hija debería estar a su lado, no esa bastarda turca.

Maria apretó su copa de cristal, tragándose la decepción de no haber tenido un heredero varón, pero decidida a usar a Sasha como su arma. —Baco está despertando demasiado rápido. Su instinto protector hacia Meryem es el reconocimiento de una pareja destinada. Si dejamos que pasen cinco años más, ni siquiera nuestras leyes podrán separarlos.

Valeria asintió. —He hablado con mis jueces. Vamos a acelerar el decreto. Prohibiremos las uniones directas. Y a Baco... a Baco hay que buscarle un motivo para el destierro. Si no podemos matarlo, le quitaremos lo que más ama.

Esa noche, mientras Meryem dormía bajo la vigilancia de Baco desde la rama de un árbol, las tres mujeres sellaron un pacto de sangre. La infancia de Meryem terminaba allí. Lo que seguía era una trampa de cien años, diseñada para romper el espíritu de la Loba Divina y desterrar al Rey Lycan al olvido.

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