Mundo ficciónIniciar sesiónLa llegada de Meryem a la Academia Superior de St. Moritz a los quince años no fue el inicio de su educación, sino el comienzo de su martirio. El complejo, una fortaleza de obsidiana y cristal incrustada en las cumbres más inhóspitas de los Alpes suizos, funcionaba bajo una premisa única: solo el trauma extremo despierta la sangre pura. Pero para Meryem, bajo las órdenes secretas de Beatriz y Maria, el trauma no era una herramienta de despertar, sino un arma de demolición.
Desde el primer día, Meryem fue despojada de su nombre. En los registros de la academia, ella no era la nieta de Maria; era la "Estudiante 0-Blanco". Mientras las otras lobas de su edad, hijas de Alfas y Betas de alto rango, eran instaladas en dormitorios calefaccionados con vistas al valle, Meryem fue asignada a una celda en el ala norte, un bloque de piedra donde el agua se congelaba en los vasos durante la noche y el único sonido era el silbido del viento cortante colándose por las rendijas.
La Tortura del Entrenamiento de Élite
El currículo para Meryem fue "ajustado" por un panel de instructores Betas, hombres curtidos en la guerra que habían sido comprados por el oro de su madrastra. El objetivo era claro: forzar su cuerpo hasta que su loba blanca, Nila, se viera obligada a emerger para salvarla, o dejar que el frío la consumiera.Cada mañana, antes de que el sol rozara los picos nevados, Meryem era arrastrada al exterior. Su primer desafío diario era el "Sendero de los Lamentos". Consistía en una pendiente de tres kilómetros de piedra suelta y nieve congelada. Pero no la recorría sola; la obligaban a cargar un lastre de hierro de treinta kilos sujeto a sus hombros con correas de cuero crudo que, con el frío y la humedad, se encogían y le desgarraban la piel.
—¡Muévete, basura albina! —le gritaba el instructor Marek, golpeando sus pantorrillas con una vara de fresno—. ¡Si tuvieras una gota de la sangre de Filipo, tus heridas ya habrían cerrado!
Meryem caía. Una, diez, cien veces. Sus rodillas eran una masa de costras y sangre congelada que se pegaba a la tela del uniforme. Pero lo que comenzó a inquietar a los instructores no fue su debilidad, sino su silencio. Meryem no suplicaba. No lloraba. Se levantaba con una lentitud mecánica, sus ojos violetas fijos en la cima, proyectando una fortaleza mental que ninguno de los otros estudiantes, a pesar de sus transformaciones tempranas, poseía. Había una dignidad gélida en su sufrimiento que hacía que los instructores, por momentos, apartaran la mirada, incómodos ante una voluntad que no podían quebrar.
El Refugio de los Marginados: El Vínculo Gamma
En este ecosistema de crueldad, Meryem encontró aliados en el lugar más inesperado: el subsuelo de la academia. Leo y Mia, dos hermanos de la casta Gamma, eran los encargados de la lavandería y el mantenimiento de las calderas. Eran lobos de bajo rango, destinados a servir, pero poseían una humanidad que la élite había olvidado.Ellos la encontraban a veces al anochecer, desmayada cerca de la entrada de las celdas después de un entrenamiento de combate desigual contra tres oponentes. Con un terror sagrado a ser descubiertos, la arrastraban hasta el calor sofocante de la sala de calderas.
—Bebe esto, Meryem —le susurraba Mia, ofreciéndole un caldo de raíces que robaban de las despensas de los Omegas—. No dejes que apaguen tu luz. Tú eres diferente a ellos, lo vemos en tus ojos.
Leo, por su parte, utilizaba sus conocimientos rudimentarios de medicina para limpiar las infecciones de su espalda con vinagre y hierbas. —Eres más fuerte que todos esos Alfas juntos —le decía Leo con admiración—. Ellos dependen de sus garras; tú dependes de algo que ellos no conocen.
Meryem encontraba en esos breves momentos de calor humano la fuerza para enfrentar la siguiente jornada. Los Gammas se convirtieron en su red secreta; le dejaban notas de aliento en sus bolsillos y le daban trozos de pan seco que ella atesoraba como si fueran lingotes de oro. Gracias a ellos, Meryem no solo sobrevivió físicamente, sino que su mente se mantuvo intacta.
La Impotencia de Baco y el Respeto del General
Desde el nivel superior de la Universidad, Baco observaba el calvario de Meryem con una rabia que amenazaba con incinerar la academia entera. A sus veintidós años, Baco ya era una leyenda viva: el León Dorado, el General de los ejércitos de Valeria. Pero la academia era un territorio neutral regido por leyes antiguas que ni siquiera él podía violar sin arriesgar el exilio de ambos.Baco pasaba sus noches en vela, sintiendo a través del vínculo de sangre el dolor punzante de Meryem. Durante las prácticas de combate general, Baco se situaba en las gradas superiores. Su aura dorada se volvía tan densa y opresiva que los instructores temblaban, sabiendo que si se pasaban de la raya, el León Dorado encontraría una excusa para destruirlos fuera del campus.
Un día, tras un entrenamiento especialmente brutal donde Meryem fue obligada a combatir contra un Beta de tercer año que le rompió dos costillas, Baco bajó a la arena. No hubo gritos, solo el silencio de la muerte. Se paró frente a Meryem, que apenas podía mantenerse en pie, y le limpió la sangre del labio con su pulgar.
—Interferir es contra las reglas, General —dijo Marek, el instructor, con la voz temblorosa.
Baco se giró hacia él. Sus ojos no eran cafés, eran fuego líquido. —No estoy interfiriendo —dijo Baco con una voz que hizo que los cristales del techo vibraran—. Estoy observando cómo una verdadera reina sobrevive a un nido de ratas. Y cuando ella salga de aquí, Marek, recuerda que yo tengo una memoria muy larga para los rostros de quienes no supieron reconocer la grandeza.
Ese momento fue fundamental. Toda la academia notó que Baco no solo la quería por protección, sino que la respetaba por su resistencia. Meryem, a pesar de sus heridas, enderezó la espalda y miró a Baco. No era la mirada de una víctima, era la de una igual.
El Final del Primer Año: El Despertar de la Voluntad
Al concluir el primer año, el plan de Maria y Beatriz había fracasado en su objetivo primordial: Meryem no estaba quebrada. Había desarrollado una resistencia física sobrehumana para una "humana defectuosa" y una agilidad nacida de la necesidad de esquivar golpes mortales. Su cuerpo estaba marcado por cicatrices, pero su espíritu brillaba con una intensidad violeta que desconcertaba a sus verdugos.Las Matriarcas recibieron los informes con creciente pavor. Meryem no solo era fuerte, sino que se había ganado la lealtad incondicional de los Gammas y el respeto devoto de Baco.
—Ha sobrevivido a lo peor que pudimos lanzarle —dijo Valeria en una comunicación privada con Maria—. Si sigue así, para cuando cumpla los dieciocho, será imparable.
—Entonces el segundo año debe ser peor —respondió Maria, con los ojos fijos en la foto de una Sasha joven y ambiciosa—. Enviaremos a Sasha. Que la sangre de su propia hermana sea la que termine el trabajo que los extraños no pudieron.
Meryem, sentada en su celda fría al final del ciclo, miraba sus manos callosas. Ya no era la niña que salió de la mansión de Maria. La academia le había quitado la inocencia, pero le había dado una armadura de hierro. Sabía que lo que venía sería peor, que la soledad aumentaría, pero en la oscuridad de su habitación, una pequeña chispa de plata comenzó a brillar en la punta de sus dedos. La loba blanca estaba despertando, y su primer rugido sería de venganza.







