El eco del tiempo en las venas de un Lycan no se mide en años, sino en cicatrices y en la intensidad de los ciclos lunares. Habían pasado décadas desde que el vapor del Imperator se disipara en el puerto de Nueva York, dejando a los Filipo-De la Croix como náufragos en un siglo que ya no los reconocía. El mundo exterior se reconstruía sobre las cenizas de guerras mundiales, pero para los amantes proscritos de la estirpe de Filipo, el reloj se había detenido en el instante mismo de su deshonra.