El dolor de la traición no es un incendio que se apaga, sino una brasa que se entierra en la carne para quemar desde dentro. Para Baco, el descubrimiento de que Meryem se había marchado voluntariamente con Kael —aquella mentira ponzoñosa que Valeria le entregó con la frialdad de una sentencia— no solo rompió su corazón, sino que fracturó su propia esencia. Durante años, su lobo había sido un guerrero de honor, un príncipe que esperaba el fin de una guerra para reclamar a su hembra; pero ante la supuesta traición, el lobo se retiró a los rincones más oscuros de su mente, dejándole paso a un hombre roto, cínico y desesperadamente hambriento de olvido.
Baco se alejó de los dominios de su abuela con una furia silenciosa. No quería sus tierras, ni su poder, ni su linaje manchado de intrigas. Odiaba a Valeria, pero odiaba más el recuerdo de Meryem, ese hilo de oro que aún tiraba de su pecho y que él intentaba cortar con cada pecado imaginable. Así comenzaron dos décadas de un vagabundeo luj