Baco

El aire en el Valle Central solía ser puro, con un aroma a pino fresco y tierra mojada que recordaba los tiempos de Filipo. Sin embargo, veintidós años después de la muerte del Gran Rey, la atmósfera se había vuelto pesada, cargada de una humedad eléctrica que presagiaba tormenta. En la gran mansión de piedra y cristal que Valeria había erigido sobre las ruinas de la antigua cabaña de su padre, el silencio no era de paz, sino de miedo.

Valeria, ahora una mujer de una elegancia gélida y movimientos calculados, caminaba de un lado a otro en el salón principal. Sus ojos grises, antes claros como el cielo de invierno, se habían oscurecido con la paranoia. El motivo de su inquietud gemía en una de las habitaciones del piso superior: su propia hija, Livia, estaba en pleno trabajo de parto.

Aquel nacimiento era, para Valeria, un error de cálculo que amenazaba con derrumbar el delicado andamiaje de su poder. Livia se había unido, en un arrebato de pasión incontrolable que ni las leyes de su madre pudieron frenar, con Caleb, un primo de la manada de Selene. Caleb era un hombre del Norte, de piel curtida y ojos que guardaban los secretos de las ventiscas. Era un místico, un guerrero que despreciaba el oro de Valeria y que veía en Livia no a la heredera de un imperio corporativo, sino a la mujer cuya alma encajaba con la suya bajo el mandato de la Diosa Luna.

—Es una aberración —susurró Valeria para sí misma, apretando una copa de cristal con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon—. La sangre del Norte es salvaje, incontrolable. Si ese niño hereda la fuerza de Filipo y la magia de Selene, no podremos domarlo.

El Estallido de la Sangre Pura

De repente, un grito desgarrador de Livia fue seguido por un silencio absoluto que pareció detener los relojes de la mansión. Ni el viento en los árboles, ni el crujir de la chimenea; nada se movía. Segundos después, una onda de choque invisible barrió la habitación. Las copas de cristal estallaron en mil pedazos y las luces eléctricas parpadearon hasta morir, dejando el lugar sumergido en una penumbra azulada por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales.

Valeria subió las escaleras con el corazón martilleando contra sus costillas. Al abrir la puerta de la habitación, se quedó petrificada.

Livia yacía exhausta, bañada en sudor, pero sus ojos estaban fijos en el pequeño bulto que Caleb sostenía entre sus brazos. El bebé no lloraba. Al contrario, emitía un zumbido vibrante, una frecuencia que hacía que el vello de los brazos de todos los presentes se erizara. Pero lo que detuvo el aliento de Valeria fue el color. El niño no era rosado ni pálido; su piel parecía irradiar una luminiscencia tenue, un Aura Dorada que bañaba la estancia con la calidez de un sol de verano.

Caleb levantó la vista hacia Valeria, y en sus ojos no había sumisión, sino un orgullo feroz. —Míralo, Valeria —dijo Caleb con voz profunda—. La Diosa no ha olvidado el nombre de Filipo. Este niño no es un heredero de tus leyes. Es el Rey que nos fue prometido.

Valeria retrocedió, sintiendo una náusea gélida. Aquel bebé, a quien llamarían Baco, tenía los mismos ojos grises de Filipo, pero en el fondo de sus pupilas bailaba una chispa de fuego dorado. Era un Lycan de sangre pura, una manifestación genética que solo ocurre una vez cada siglo. Era la prueba viviente de que el linaje original de Filipo era más fuerte que cualquier decreto político.

La Conspiración de las Sombras

Esa misma noche, Valeria convocó a una reunión de emergencia a través de una línea encriptada con su hermana Maria, quien se encontraba en su ático en la ciudad, rodeada de pantallas que mostraban gráficos de la bolsa de valores.

—Ha nacido, Maria —dijo Valeria, y su voz temblaba por primera vez en décadas—. Es él. Tiene el aura. Si permitimos que este niño crezca y reclame su lugar, nuestras empresas, nuestros tratados con los humanos... todo será reducido a cenizas. Un Lycan puro no obedece a un consejo; él es el consejo.

Maria, al otro lado de la línea, guardó un silencio prolongado. El sonido de su respiración era lo único que se escuchaba. Ella recordaba las palabras de su padre, el respeto que Filipo sentía por la pureza de la especie. En ese momento, Maria aún no se había convertido en la mujer despiadada que sería años después; un rastro de temor reverencial hacia la Diosa Luna aún latía en su pecho.

—No podemos matarlo, Valeria —respondió Maria finalmente—. La Luna nos maldeciría y las manadas del Norte y el Sur se alzarían en una guerra civil que no podemos ganar. Si derramamos la sangre de un recién nacido con el aura de Filipo, el cielo mismo se nos caerá encima.

—Entonces debemos legislar contra él —rugió Valeria, golpeando su escritorio de caoba—. Debemos cambiar las leyes de unión. Debemos prohibir que los parientes directos se junten, debemos diluir su sangre antes de que se concentre. Si Baco crece y se une a una hembra de su mismo poder, estaremos perdidas.

—Déjalo crecer, hermana —calmó Maria, aunque sus ojos buscaban sombras en los rincones de su oficina—. Es solo un bebé. Tenemos años para planear su caída. Déjalo que se crea un príncipe en tu valle de cristal. Mientras tanto, yo me encargaré de que el mundo humano sea tan complejo y tan dependiente de nosotras que, para cuando él sea un hombre, no haya un trono al cual regresar, solo un sistema que lo devorará.

La Infancia del León Dorado

Baco creció bajo la vigilancia de mil ojos. Valeria intentó rodearlo de lujos, de maestros que le enseñaran sobre finanzas y política, tratando de sofocar al lobo con terciopelo. Pero fue inútil. A los siete años, Baco ya era más alto y fuerte que cualquier niño de su edad. Su cabello era castaño oscuro, con reflejos que brillaban como el cobre bajo el sol, y su presencia era tan imponente que los sirvientes bajaban la cabeza sin que él pronunciara una palabra.

A diferencia de sus primos, que se deleitaban en los banquetes y las ropas caras, Baco pasaba sus días en los bosques más profundos del valle. Se decía que los animales salvajes no le temían, sino que lo escoltaban. Su risa era un trueno joven y su mirada café claro, heredada de su padre Caleb pero con el brillo de Filipo, siempre parecía estar buscando algo en el horizonte, algo que el Valle Central no podía darle.

Él no sabía que era el enemigo número uno de su abuela. Él no sabía que cada vez que mostraba un rastro de su fuerza sobrehumana, Valeria firmaba un nuevo decreto para restringir las libertades de los lobos. Para Baco, el mundo era un lugar de maravillas que debía ser protegido, sin sospechar que las dos mujeres más poderosas del planeta estaban tejiendo una red de traición que, años más tarde, le arrancaría el corazón.

El destino ya había barajado las cartas. En algún lugar del Este, en la manada de Maria, una niña de piel blanca como la luna estaba por nacer, y con ella, la pieza final que haría que el imperio de las Matriarcas temblara hasta sus cimientos.

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