El aire en el Valle Central olía a incienso rancio y a la putrefacción dulce de la magia negra que finalmente estaba devorando a su portadora. Valeria, la Gran Matriarca que una vez gobernó con un puño de hierro capaz de triturar huesos, estaba reducida a una sombra marchita sobre sábanas de seda negra. Sus pulmones silbaban con cada respiración, y su piel, antes tersa y autoritaria, se despegaba de sus pómulos como papel pergamino quemado.
En un último acto de voluntad, Valeria utilizó el rast