Meryem

El mundo de los hombres crecía a un ritmo vertiginoso mientras las leyes de los lobos se pudrían en el Valle Central. Siete años habían pasado desde el nacimiento de Baco, siete años en los que Valeria había transformado su miedo en una vigilancia obsesiva, tratando de asfixiar la esencia del "nieto dorado". La Diosa Luna, observando desde su trono de plata cómo el aura de su guerrero era tratada como una enfermedad y cómo la ambición de Valeria infectaba las raíces del linaje de Filipo, decidió que el equilibrio no podía esperar más. Si el Rey estaba creciendo en el Centro, su equilibrio nacería en el Este. Pero la Diosa no eligió el vientre de una loba endurecida por la política; eligió un corazón humano, puro y cargado de una luz que las Matriarcas no podrían comprender.

El Romance Prohibido en el Bósforo

Andrea, el primogénito de Maria y heredero del imperio comercial del Este, había sido enviado a Turquía para negociar rutas de transporte y asegurar el control del comercio textil y de especias que los humanos movían con tanta avidez. Andrea era un lobo de porte aristocrático, acostumbrado a las frías transacciones y a las mujeres que buscaban su poder. Sin embargo, en un mercado de Estambul, bajo el aroma del azafrán y el té de manzana, sus ojos se cruzaron con los de Aylin.

Aylin no era una loba, era una humana de una belleza mística, casi irreal. Tenía una piel que parecía capturar la luz de la tarde y unos ojos tan profundos y claros que Andrea sintió, por primera vez en su vida de depredador, que no quería cazar, sino ser protegido. Ella era una mujer de bondad infinita, dedicada a cuidar a los huérfanos de la ciudad, poseedora de una pureza que la Diosa Luna consideró el recipiente perfecto para su milagro.

El romance fue un torbellino de susurros en las orillas del Bósforo. Andrea, olvidando sus deberes y el rigor de su madre, se entregó a Aylin con una devoción que rozaba lo sagrado. La Diosa Luna depositó en el vientre de Aylin una chispa de su propio espíritu: la Loba Divina, una criatura de luz blanca que solo podía nacer de una unión donde el amor humano superara al instinto animal.

—Siento que llevo un universo dentro de mí, Andrea —le decía Aylin, mientras el sol se ponía tras las mezquitas—. Pero el peso es tan grande que temo que mis huesos no puedan sostenerlo.

El Sacrificio y el Recibimiento de Hielo

El parto fue una batalla entre la vida y la muerte. La energía de la loba blanca era demasiado poderosa para el frágil cuerpo humano de Aylin. Durante horas, el cielo de Estambul se tiñó de un violeta sobrenatural, y los lobos de la región aullaron con una reverencia que los humanos confundieron con el viento. Aylin, con su último aliento, besó la frente de la pequeña niña que acababa de nacer.

—Tu luz... —susurró Aylin antes de que su corazón se detuviera—. Sé la luz de la luna en su oscuridad.

Andrea regresó al Este con el corazón destrozado y una niña envuelta en sedas turcas. Cuando se presentó ante su madre, Maria, la reacción de la Matriarca fue de una repulsión física. Maria no vio el milagro; vio a una niña de piel tan blanca que parecía porcelana, con un cabello que ya mostraba mechones de plata pura y ojos moteados de violeta.

—¿Esto es lo que traes de Estambul? —preguntó Maria, con su voz destilando veneno mientras ajustaba sus joyas de platino—. ¿Una bastarda humana que ha matado a mi heredero con su debilidad? Es una mancha en nuestra historia, Andrea. Es la maldición de la Luna por tu impureza.

La Infancia del Desprecio

Meryem creció en la opulencia de la mansión de Maria en la ciudad, pero su vida fue un desierto de afecto. Maria, obsesionada con la perfección y la fuerza, la llamaba "la mancha" o "la niña de cristal". Mientras sus primos eran entrenados en el combate y las finanzas, a Meryem se la relegaba a los rincones más oscuros de la casa.

Maria no solo la despreciaba por ser hija de una humana; la temía. Había algo en la mirada de la niña, una calma sobrenatural, que hacía que la conciencia de Maria se revolviera. Para humillarla, Maria permitía que los otros nietos la atormentaran, tirando de su cabello albino y burlándose de su supuesta debilidad.

—No eres nada, Meryem —le decía Maria con frecuencia, mientras la niña servía el té en las reuniones de la alta sociedad—. Eres un error que el tiempo se encargará de borrar.

Lo que Maria no sabía era que, dentro de ese cuerpo pequeño y frágil, la Loba Divina estaba creciendo en silencio, nutriéndose de la paciencia y el dolor de Meryem, esperando el momento en que su Rey la encontrara.

La Alianza de las Matriarcas

Fue durante estos años cuando Valeria, desde el Valle Central, envió un mensaje urgente a Maria. La paranoia de Valeria por el crecimiento de Baco había llegado a un punto crítico. El niño de siete años ya demostraba una fuerza que superaba a la de los guerreros veteranos, y su aura dorada era un recordatorio constante de que el tiempo de las hermanas estaba contado.

Valeria viajó a la ciudad de Maria. Se sentaron en una oficina de cristal, rodeadas de la tecnología humana que tanto amaban.

—Baco es un león, Maria —dijo Valeria, mostrando imágenes del niño destrozando troncos de roble con sus manos desnudas—. Y tu nieta... esa niña blanca... hay algo en ella que me da escalofríos. Si esos dos se encuentran alguna vez, si la sangre de Filipo y ese misticismo de Estambul se unen, se acabó. Nuestra era de oro, nuestros bancos, nuestras leyes... todo caerá.

Maria miró a través del ventanal hacia las luces de la ciudad. El desprecio que sentía por Meryem se fusionó con la ambición de poder.

—Tienes razón, hermana —respondió Maria, con una sonrisa fría—. La sangre de Filipo es demasiado peligrosa cuando se concentra. Debemos diluirla. Debemos asegurarnos de que nunca vuelvan a nacer criaturas como ellos.

Esa tarde, las dos hermanas más poderosas del mundo Lycan firmaron el decreto secreto que cambiaría el destino de su raza: La Ley de Dilución. Prohibieron cualquier unión entre los descendientes directos de las cinco ramas de Filipo bajo pena de exilio o muerte. Declararon que las parejas destinadas ya no tenían validez legal si no contaban con la aprobación del Consejo.

Fue el golpe final a la tradición de su padre. Maria, al apoyar a Valeria, no solo condenó a su nieta a una vida de soledad, sino que selló el destino de Baco. Pero la Diosa Luna, desde lo alto, solo sonrió. Las leyes de los hombres y las lobas ambiciosas son solo hilos de seda frente a la tormenta que se avecina cuando dos almas destinadas están marcadas para colisionar.

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