El aire en el Valle Central solía ser puro, con un aroma a pino fresco y tierra mojada que recordaba los tiempos de Filipo. Sin embargo, veintidós años después de la muerte del Gran Rey, la atmósfera se había vuelto pesada, cargada de una humedad eléctrica que presagiaba tormenta. En la gran mansión de piedra y cristal que Valeria había erigido sobre las ruinas de la antigua cabaña de su padre, el silencio no era de paz, sino de miedo.Valeria, ahora una mujer de una elegancia gélida y movimientos calculados, caminaba de un lado a otro en el salón principal. Sus ojos grises, antes claros como el cielo de invierno, se habían oscurecido con la paranoia. El motivo de su inquietud gemía en una de las habitaciones del piso superior: su propia hija, Livia, estaba en pleno trabajo de parto.Aquel nacimiento era, para Valeria, un error de cálculo que amenazaba con derrumbar el delicado andamiaje de su poder. Livia se había unido, en un arrebato de pasión incontrolable que ni las leyes de su m
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