Mundo ficciónIniciar sesión¿Cancelar mi boda? ¿En el altar? ¿En serio? Esa fue mi cruda realidad. Yo, Anastasia Paine Johnson, la heredera que parecía tenerlo todo, vi cómo mi cuento de hadas se convertía en una pesadilla pública ante los ojos de la alta sociedad. Un juramento eterno que se tornó en shock. Un silencio helado que presagiaba lo inesperado. Y una frase fatídica que lo cambió todo: «Si alguien tiene algún impedimento para celebrar esta boda, que hable ahora o calle para siempre». Y entonces… el caos se desató. Entre secretos desenterrados, una traición imperdonable y la furia de un padre poderoso, tendré que descubrir quién es realmente el hombre al que le entregué mi vida. Porque Bratt no solo rompió mi corazón... rompió el tablero de un juego que apenas comienza. ¿Podrá Anna reconstruirse entre las cenizas de una mentira o el pasado la consumirá por completo? ©Todos los derechos reservados. Copyright © 2025 by Nancy Lara
Leer másANNA
¿Cancelar mi boda? ¿En el altar?
¿En serio?
Esa fue mi cruda realidad…
Yo, Anastasia Paine Johnson, aunque todos me conocían como Anna, la primogénita de Bruce Paine, sí, el millonario, y con una belleza que, bueno, digamos que no pasa desapercibida. Siempre había pensado que mi apariencia me abriría puertas, pero ahora, frente a esta humillación pública, me sentía completamente desprotegida. Vi cómo mi cuento de hadas se convertía en una pesadilla.
Se suponía que hoy sería el día más feliz de mi vida.
Yo, Anna, con mis hermosos ojos verdes (que ahora reflejaban más confusión que alegría) y mi sonrisa (que ahora mismo no estaba para muchas fotos), debía estar radiante, caminando hacia el altar, el corazón a punto de estallar de felicidad. Pero en vez de eso, sentí un nudo en la garganta y un miedo que me helaba la sangre.
—¡Anna, tranquila! —, me gritó Kate, mi mejor amiga, con esa mezcla de nervios y risa que solo ella sabe manejar. —¡Pareces un remolino! —.
—Tranquila, Anna—, me susurró Sofía, mi otra mejor amiga, pero sus ojos me decían que ella también estaba preocupada. Mis amigas intercambiaron miradas preocupadas mientras terminaban de colocarme el velo frente al gran espejo de la habitación. Y yo, en el fondo, sabía que algo iba terriblemente mal, una sombra sutil que no podía ignorar.
Mis manos temblaban como hojas en otoño mientras me miraba en el espejo. El corazón me retumbaba en el pecho, un tambor loco. Mil emociones me invadían: ¿alegría? ¿nervios? ¿pánico? Sí, todo eso junto.
— ¿Y si me equivoco? —, pensé, con la voz atascada en la garganta, sintiendo una punzada de incertidumbre que intentaba acallar.
—¡Kate, no me lo creo! ¡Me caso! —, exclamé, intentando recuperar un poco de mi entusiasmo, aferrándome a la ilusión que se desvanecía.
—Respira, Anna—, me dijo Kate, con su eterna sonrisa tranquilizadora. — Inhala, exhala. Todo está bien. Estás preciosa con ese vestido—.
Mi vestido. Un sueño hecho realidad, corte princesa, encaje, todo lo que una novia puede desear. El maquillaje, perfecto. El peinado, ondas suaves. Se suponía que todo sería perfecto.
—Tienes razón—, dije, intentando convencerme de mí misma. Pero no podía.
Mi madre, Alice, me miró con esos ojos llenos de lágrimas y una sonrisa que me partió el alma.
—¡Ay, mi niña! —, exclamó, con la voz temblorosa de emoción.
—Estás hermosa, absolutamente perfecta para este día tan especial—, me dijo mamá, con los ojos brillando de emoción. — No puedo creer que mi bebé esté a punto de casarse. ¿En qué momento creciste?
—Mamá, me vas a hacer llorar, y ya no soy un bebé.
—¡Bellísima! —, añadió Bella, mi hermana, con una sonrisa de orgullo.
A través de la puerta entreabierta, vi a papá, imponente, con esa expresión seria pero llena de orgullo.
—Lista—, dijo con su voz profunda, y tomó mi mano. Su calidez contrastaba con el frío del picaporte. Me guio hacia mi destino, mientras el suave murmullo de los invitados y el delicado aroma de las flores flotaban en el aire.
No sabía qué pasaría, pero su emoción me contagio. Radiante, mamá me esperaba al otro lado.
Y sí, por un instante me sentí hermosa, feliz. A pesar de que muchos pensaban que casarme a los veinte años sería una locura, yo creía haber encontrado el amor verdadero en Bratt. O eso creía.
Desde que conocí a Bratt, me deslumbró con su encanto y sus palabras. Siempre atento, detallista, el hombre perfecto. Me hizo sentir única y especial. En mi anhelo por el final feliz que creía merecer, había preferido interpretar esas rarezas — llamadas misteriosas que terminaba abruptamente, mensajes que borraba con demasiada prisa, cambios de humor repentinos que atribuía al estrés — como simples peculiaridades de un hombre enamorado. Ahora, al recordarlas, la verdad me golpeaba con la fuerza de un maremoto.
En la villa de los Lancaster, mi sueño comenzaba a desmoronarse. Entre flores y música, me preparaba para dar el
"sí, quiero", sin sospechar la bomba que estaba a punto de estallar.
Bajo un cielo azul, la ceremonia se celebraba en un jardín adornado con arreglos florales que enmarcaban el altar, creando un ambiente que ahora se sentía irónicamente romántico.
Caminé del brazo de papá hacia el altar, donde me esperaba Bratt. Un instante, una sombra fugaz cruzó su rostro mientras me acercaba, tan breve que casi la descarté, pero una punzada de inquietud se instaló en mi corazón. Al llegar frente a él, su mirada había perdido aquel brillo que yo creía sincero y ahora evitaba la mía, revelando un nerviosismo que presagiaba un mal presentimiento. ¿Acaso dudaba?
A pesar de su tensión, caminé hacia él, ilusionada, pero con una creciente aprensión. Me sentí como una niña jugando a ser princesa, sin comprender la magnitud del compromiso que estaba a punto de adquirir.
Los invitados guardaron silencio mientras Bratt y yo nos prometíamos amor eterno, nuestras miradas cruzándose con una ternura que ahora se sentía hueca. Nuestras palabras resonaron en el aire, un juramento que se suponía eterno, llenando a todos de una emoción que pronto se tornaría en shock.
El eco de nuestros votos aún resonaba en el jardín cuando una extraña quietud se instaló, como si la propia naturaleza contuviera la respiración, presagiando algo inesperado. Un silencio helado, más denso que la calma anterior, invadió el jardín, justo después de nuestras promesas, cuando el sacerdote pronunció esas palabras fatídicas:
—Si alguien tiene algún impedimento para celebrar esta boda, que hable ahora o calle para siempre—.
Y entonces…el caos se desató.
Una mujer irrumpió en el altar, un grito desgarrador rompiendo el silencio. Era alta, de cabello oscuro y rizado, con el rostro enrojecido por la ira y las lágrimas, y un evidente embarazo que abultaba su vestido. Se abalanzó sobre Bratt y le soltó una bofetada que resonó en todo el lugar, un golpe seco que heló la sangre de todos.
—¡Eres un asco de hombre! —, gritó con furia, su voz quebrándose por el dolor—. Tres años conmigo y nos cambias por una niña rica y mimada. Estoy esperando un hijo tuyo y ahora pretendes no hacerte responsable. ¿Entonces qué hago ahora con esta responsabilidad?
Kate se llevó las manos a la boca, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Sofía quedó inmóvil, con una expresión de horror en el rostro.
Mi padre, Bruce, se puso rígido, su rostro enrojeció de ira, sus manos apretándose en puños.
Mi madre, Alice, se tapó la boca con la mano, ahogando un grito de incredulidad.
Bella, mi hermana, miraba con odio a Bratt, sus ojos oscurecidos por la furia.
Los padres de Bratt, que estaban en primera fila, se miraban entre ellos con una mezcla de vergüenza y confusión.
Los invitados comenzaron a murmurar, algunos se levantaron de sus asientos para ver mejor, otros sacaron sus teléfonos para grabar la escena, ansiosos por no perderse ni un detalle de este drama inesperado. El perfume dulce de las rosas pareció volverse agrio en el aire enrarecido, mientras un murmullo creciente se elevaba entre los invitados, un coro de incredulidad y morbo.
Sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho. El aire se me escapó de los pulmones, y mis piernas se volvieron de plomo. Una confusión punzante precedió a la comprensión total de la traición. ¿Bratt? ¿Un hijo? ¿Otra mujer? El mundo que creía conocer se desmoronó en un instante, dejando solo un vacío helado y la quemante humillación.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, nublando mi visión. Solo podía ver la imagen borrosa de Bratt, con la cara roja y la mirada culpable, y la figura furiosa de la mujer embarazada, ambas en el centro de este inesperado y devastador huracán.
Un murmullo recorrió a los invitados, seguido de un estallido de sorpresa. Las miradas se cruzaban, buscando respuestas. Unos cuchicheaban, otros se levantaban de sus asientos, algunos exclamaban. La tensión era palpable, nadie entendía qué demonios estaba pasando.
Yo, Anna, me quedé paralizada, el corazón latiendo a mil por hora. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Bratt? ¿Un hijo? ¿Otra mujer? El mundo se me vino abajo en un instante.
ANNAEl sol de la mañana se colaba, tímido, por el hueco entre las cortinas, dibujando líneas pálidas sobre la alfombra. Para mí, la nueva claridad no traía nada nuevo, solo la continuación de esta pesadilla que se había instalado en mi vida. Mis ojos se abrieron con lentitud, sintiéndolos pesados y llenos de arena, como si la noche no hubiera querido darme ni un segundo de respiro. Por un instante, mi mente estaba en blanco, un breve respiro donde la realidad aún no me golpeaba por completo. Pero entonces, la punzada familiar regresó: todo había terminado, y el dolor seguía aquí, un intruso aferrado a mi pecho.Un suspiro tembloroso se escapó de mis labios. La habitación estaba en silencio, un silencio que hacía aún más fuerte el eco de mis propios pensamientos rotos. Me quedé quieta bajo las sábanas, sintiendo el peso de este día que se extendía ante mí. La idea de levantarme, de tener que fingir normalidad con este vacío dentro, era una montaña demasiado alta para escalar. Pero la
BRUCEEl eco del grito desgarrador de esa mujer aún resonaba en sus oídos, una puñalada en el corazón más dolorosa que cualquier insulto dirigido a él. Su ira, un volcán contenido durante toda la ceremonia, amenazaba con erupcionar con una fuerza devastadora. Ver la palidez en el rostro de Anna, el temblor de sus manos, la ilusión desmoronándose en sus ojos verdes, había sido una tortura silenciosa.Recordó el momento en que la tomó del brazo para caminar hacia el altar. Su pequeña mano encajaba perfectamente en la suya, la misma mano que le había sostenido con fuerza cuando dio sus primeros pasos, cuando aprendió a montar en bicicleta sin ruedines, cuando se graduó con honores. Esa mano, que él había cuidado y protegido durante veinte años, ahora temblaba por la humillación infligida por ese... ese hombre.Un fogonazo de rabia lo recorrió al recordar la sonrisa engolada de Bratt durante los preparativos, sus palabras melosas y sus promesas vacías. ¡Cómo se había dejado engañar! Él, u
AnnaLa bruma del sueño se disipaba lentamente, revelando la cruda realidad de la nueva mañana. No tengo idea de cuánto tiempo pasó, pero el recuerdo de la última vez que miré por la ventana, con el sol despidiéndose y la noche asomándose, todavía permanecía fresco en mi mente.Intenté mantener mi mente en blanco, refugiándome en un vacío de pensamientos. Pero era inútil. Los recuerdos, como olas implacables, me invadían: nuestras manos entrelazadas... nuestras risas compartidas... nuestros sueños futuros... la ilusión del banquete de bodas... ¡Qué ciega fui! Nunca vi la falsedad tras su máscara de amor. Recuerdo una noche, mirando las estrellas, cuando Bratt me habló de nuestro primer viaje juntos, a un lugar exótico que siempre había querido visitar. Su entusiasmo parecía tan genuino...Un golpe seco en la puerta de mi habitación me sobresaltó.— Anna, soy yo, papá. ¿Puedo pasar?Tal vez si no respondía, pensarían que seguía dormida. La verdad es que no quería ver a nadie, no quería
ANNAEl mundo se detuvo. Bratt, mi prometido, el hombre que me había jurado amor eterno, me dejaba plantada en el altar, con el corazón hecho pedazos y la dignidad por los suelos. Lo vi alejarse abrazando a la mujer, y desaparecer por las puertas de la iglesia, dejando tras de sí un reguero de silencio y miradas atónitas. Un instante, la imagen de Bratt tomando mis manos bajo la luz de las velas en nuestro aniversario, jurándome que nunca me haría daño, destelló en mi mente. La calidez de su agarre ahora se sentía como una burla cruel.Un escándalo sin precedentes se apoderó del ambiente dibujando en los rostros de los invitados una mezcla de asombro y desaprobación. Las miradas se posaron sobre nosotros con una mezcla de lástima y desdén, mientras un silencio sepulcral se apoderaba del lugar.Mi madre, con el rostro surcado por lágrimas silenciosas, me envolvió en un abrazo reconfortante, buscando aliviar el dolor que punzaba en mi pecho, una herida viva que amenazaba con consumirme
ANNA¿Cancelar mi boda? ¿En el altar?¿En serio?Esa fue mi cruda realidad…Yo, Anastasia Paine Johnson, aunque todos me conocían como Anna, la primogénita de Bruce Paine, sí, el millonario, y con una belleza que, bueno, digamos que no pasa desapercibida. Siempre había pensado que mi apariencia me abriría puertas, pero ahora, frente a esta humillación pública, me sentía completamente desprotegida. Vi cómo mi cuento de hadas se convertía en una pesadilla.Se suponía que hoy sería el día más feliz de mi vida.Yo, Anna, con mis hermosos ojos verdes (que ahora reflejaban más confusión que alegría) y mi sonrisa (que ahora mismo no estaba para muchas fotos), debía estar radiante, caminando hacia el altar, el corazón a punto de estallar de felicidad. Pero en vez de eso, sentí un nudo en la garganta y un miedo que me helaba la sangre.—¡Anna, tranquila! —, me gritó Kate, mi mejor amiga, con esa mezcla de nervios y risa que solo ella sabe manejar. —¡Pareces un remolino! —.—Tranquila, Anna—, m
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