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Capítulo 6. Me cobraré la ofensa

BRUCE

La imagen de Anna, pálida y consumida por el dolor, seguía grabada a fuego en mi mente. Cada vez que pasaba frente a su habitación y encontraba la puerta cerrada, sentía una punzada de fracaso que no podía mitigar con ninguna de mis posesiones. Yo, Bruce Paine, el hombre que había levantado un imperio a base de anticipar los movimientos de sus competidores, me encontraba ahora desarmado ante el llanto silencioso de mi pequeña, mi niña. Anna. Mi orgullo, el ser que juré proteger desde su primer latido.

Había pasado un mes desde la fallida boda. Un mes de un silencio sepulcral en los pasillos de nuestra casa, interrumpido solo por los susurros de los empleados y el tintineo de la vajilla en cenas donde nadie tenía hambre. Alice, con su fortaleza inquebrantable, intentaba mantenerme a raya. Me pedía paciencia, recordándome que Anna necesitaba procesar la traición a su ritmo. Pero la paciencia nunca ha sido mi mayor virtud. La impotencia me carcomía las entrañas como un ácido corrosivo. No podía simplemente quedarme de brazos cruzados mientras mi hija se marchitaba como una flor privada de luz.

Me encerré en mi estudio, un santuario de madera de caoba que olía a tabaco y decisiones difíciles. Allí, bajo la luz tenue, mi rabia se transformó. Dejó de ser un fuego descontrolado para convertirse en una intensidad fría, quirúrgica y calculada. Si Bratt Lancaster creía que podía entrar en mi casa, engañar a mi familia y salir impune, es que no conocía al hombre con el que se estaba metiendo.

Mi primer paso fue discreto. Durante las primeras dos semanas, tanteé el terreno entre mis contactos de confianza. Realicé llamadas informales y lancé preguntas sutiles sobre los Lancaster. Lo que encontré fue una fachada de mármol: una familia de rancio abolengo y un joven emprendedor con un currículum impecable. Pero mi instinto, ese que me permitió detectar burbujas financieras antes de que estallaran, me gritaba que todo era demasiado perfecto. Los Lancaster eran como un decorado de película: hermosos por delante, pero vacíos por detrás.

Decidí que la sutileza ya no era suficiente. Necesitaba un martillo para romper esa máscara. Llamé a Miller, un detective privado que se movía en las sombras de la legalidad y cuya red de informantes se extendía por tres continentes. Nos reunimos en un club privado donde el humo de los puros ocultaba nuestras identidades.

—Quiero saber quién es realmente Bratt Lancaster —le dije, deslizando un sobre con el anticipo—. No me interesan sus logros académicos. Quiero lo que oculta bajo la alfombra. Sus deudas, sus amantes, sus vicios. Todo.

Miller asintió sin decir una palabra, sus ojos fríos reflejando la misma falta de escrúpulos que yo necesitaba. Las semanas siguientes fueron una prueba de fuego. Miller reportaba poco al principio. Bratt parecía un fantasma de pulcritud. Me encontraba en mi estudio, revisando informes que no lograba entender porque mi mente estaba en el piso de arriba, imaginando a Anna mirando por la ventana sin ver nada. Apreté la mandíbula con fuerza. La verdad estaba ahí, lo sabía. Solo necesitaba que alguien escarbara con la suficiente saña.

Una tarde de jueves, el teléfono de mi línea privada sonó. Era Miller.

—Señor Paine, creo que hemos quitado la primera capa de pintura —dijo su voz impersonal—. Y lo que hay debajo no le va a gustar.

Mi corazón dio un vuelco. Finalmente, el muro se agrietaba.

—Habla —ordené, acomodándome en mi sillón de cuero.

—Parece que nuestro joven Lancaster es un artista del engaño, señor Paine. No es la primera vez que se acerca a un altar. Encontramos registros de "compromisos fallidos" en dos estados diferentes y uno en el extranjero. El patrón es siempre el mismo: el joven Bratt selecciona a jóvenes herederas, preferiblemente aquellas que están a punto de recibir fondos de fideicomisos o que tienen una posición influyente en las empresas familiares.

Sentí una oleada de náuseas. Mi hija había sido seleccionada como una presa en un catálogo.

—¿Y qué hay de los acuerdos financieros? —pregunté con la voz ronca de furia.

—Esa es la especialidad de la casa —continuó Miller—. Bratt las convence de su amor eterno y luego, mediante manipulaciones psicológicas, logra que firmen acuerdos prenupciales con cláusulas ocultas. En caso de ruptura por "causas emocionales", él se queda con un porcentaje sustancial de los activos líquidos. Es un depredador de patrimonios, señor Paine. Y lo peor es que sus padres, Arthur y Margaret Lancaster, son sus directores de escena. Ellos limpian el rastro y se mudan de ciudad cuando el escándalo amenaza con estallar.

Me levanté del escritorio bruscamente. Recordé la insistencia de Bratt para que Anna y yo revisáramos el acuerdo prenupcial semanas antes de la boda. Gracias a la intervención de Alice, decidimos posponer ese trámite hasta después de la luna de miel. Aquella decisión, que en su momento me pareció una imprudencia romántica, había salvado la fortuna de mi hija, pero no su corazón.

—Pero hay algo más, señor Paine —la voz de Miller se volvió más grave—. Algo que no encaja con su modus operandi habitual. Todas las jóvenes anteriores terminaron con el corazón roto, pero están vivas. Sin embargo, hubo una relación hace tres años con una joven llamada Bárbara Osborne, de la familia de los viticultores de California.

—¿Qué pasó con ella? —pregunté, sintiendo un frío recorrer mi espalda.

—Bárbara Osborne desapareció tres días después de que se cancelara su compromiso con Bratt. No hubo rastro de lucha, ni nota de suicidio. Simplemente se esfumó. Su familia intentó llevar a los Lancaster a juicio, pero ellos tenían coartadas perfectas y un equipo de abogados que los hizo parecer las víctimas de una joven mentalmente inestable. El caso se enfrió. Pero aquí está lo interesante: en cuanto usted empezó a hacer preguntas, los Lancaster cerraron su residencia. Hasta el momento, el paradero de la familia Lancaster, de Bratt y de la supuesta mujer embarazada que apareció en la boda, es totalmente desconocido. Se han vuelto humo.

Colgué el teléfono lentamente. Mis manos temblaban, no de miedo, sino de una sed de justicia primitiva. El dolor de Anna no era un accidente, era el resultado de un plan de destrucción perfectamente estructurada. Bárbara Osborne podría ser el espejo de lo que Bratt tenía planeado para mi hija si las cosas no hubieran salido como él quería. La imagen de esa mujer embarazada en el altar... ¿era realmente una amante despechada o era otra pieza del tablero enviada para forzar una salida rápida una vez que Bratt supo que no obtendría el dinero fácilmente?

Me acerqué al gran ventanal de mi estudio. El jardín, ahora en plena primavera, estallaba en colores que me parecían insultantes. Mi hija debería estar riendo, descubriendo el mundo. En cambio, estaba atrapada en un limbo de vergüenza.

No permitiría que esto quedara así. La rabia se convirtió en una determinación implacable. Bratt Lancaster y su familia no solo habían humillado a una Paine; habían despertado a un enemigo que no descansaría hasta verlos reducidos a cenizas. Miller seguiría buscando, y yo usaría cada centavo para rastrear a los Lancaster hasta el último rincón de la tierra.

La ira de un padre, combinada con los recursos de un hombre que no conoce la derrota, era una fuerza que los Lancaster aún no habían calculado. El informe de Miller era solo el primer disparo de una guerra que apenas comenzaba. Bratt Lancaster me había robado la alegría de mi hija, y yo iba a cobrarme esa deuda con intereses que no podría pagar ni en mil vidas. El rastro de Bárbara Osborne era la llave, y la identidad de esa mujer embarazada —de quien aún no tenemos nombre— sería el clavo final en su ataúd.

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Claudia Leonor CastilloEstá súper bien
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