Capítulo 4. La ira de un padre

BRUCE

El eco del grito desgarrador de esa mujer aún resonaba en sus oídos, una puñalada en el corazón más dolorosa que cualquier insulto dirigido a él. Su ira, un volcán contenido durante toda la ceremonia, amenazaba con erupcionar con una fuerza devastadora. Ver la palidez en el rostro de Anna, el temblor de sus manos, la ilusión desmoronándose en sus ojos verdes, había sido una tortura silenciosa.

Recordó el momento en que la tomó del brazo para caminar hacia el altar. Su pequeña mano encajaba perfectamente en la suya, la misma mano que le había sostenido con fuerza cuando dio sus primeros pasos, cuando aprendió a montar en bicicleta sin ruedines, cuando se graduó con honores. Esa mano, que él había cuidado y protegido durante veinte años, ahora temblaba por la humillación infligida por ese... ese hombre.

Un fogonazo de rabia lo recorrió al recordar la sonrisa engolada de Bratt durante los preparativos, sus palabras melosas y sus promesas vacías. ¡Cómo se había dejado engañar! Él, un hombre de negocios astuto, capaz de detectar una mala inversión a kilómetros de distancia, había confiado ciegamente en ese joven que ahora había destrozado el corazón de su niña.

Se detuvo frente a la puerta cerrada de la habitación de Anna. Había querido irrumpir allí anoche, arrancar a su hija de ese dolor y jurarle venganza en nombre de su honor mancillado. Pero Alice lo había detenido, su mano firme en su brazo, sus ojos llenos de una tristeza compartida.

— Déjala, Bruce. Necesita su espacio para sentir. Nosotros estaremos aquí cuando nos necesite —.

Y Alice tenía razón, como casi siempre. Su esposa, la mujer fuerte y compasiva que había construido junto a él esta familia, sabía cuándo empujar y cuándo esperar. Pero la espera lo estaba carcomiendo por dentro. Sentía la impotencia punzándole en el pecho. Quería arreglarlo, quería borrar el dolor de Anna como borraba los errores en sus informes financieros, pero esta era una herida que él no podía sanar con dinero o influencias.

Un recuerdo agridulce lo asaltó: Anna, de niña, con su vestido de princesa improvisado, insistiendo en que él fuera su príncipe en un juego de té imaginario. Su risa cristalina llenaba la casa, una melodía que ahora parecía lejana y casi olvidada. Él siempre había sido su héroe, el hombre que podía arreglar cualquier cosa. ¿Cómo se suponía que iba a arreglar esto?

Suspiró profundamente y llamó suavemente a la puerta. Escuchó un murmullo ahogado desde el interior. Seguramente está intentando hacerse la dormida, pensó con tristeza. No quiere vernos, no quiere enfrentarse a nuestras caras de pena.

— Anna, soy yo, papá. ¿Puedo pasar?

Hubo un silencio prolongado, y por un instante temió que ella lo rechazara. Pero finalmente, abrió la puerta lentamente y la vio. Su niña, su princesa, acurrucada en la cama, con los ojos hinchados y rojos, el rostro pálido. La imagen le partió el alma. Se acercó y se sentó cuidadosamente en el borde de la cama, sintiendo la fragilidad de su cuerpo bajo las sábanas. Tenía una bandeja de desayuno en sus manos.

—Buenos días, princesa —dijo con voz temblorosa, ofreciéndole una pequeña sonrisa—. Te hemos traído algo para desayunar. Sabes que te quiero mucho, y me duele verte así. Pero en este momento, no soy la persona indicada para ofrecerte consuelo. Así que las dejo a solas.

Le dio a Anna una mirada llena de dolor, un mensaje silencioso de amor y apoyo. Justo en ese momento, Alice entró en la habitación. Bruce se levantó lentamente, dejando la bandeja en la mesita de noche, y se dirigió a su esposa, dedicándole una mirada cargada de preocupación antes de retirarse de la habitación, dejándolas solas.

Una vez fuera de la habitación, la ira volvió a encenderse con fuerza….

Más tarde, mientras Alice hablaba suavemente con Anna, Bruce salió de la habitación. Necesitaba moverse, necesitaba canalizar su rabia de alguna manera. Bajó las escaleras y se dirigió a su estudio. El espacio, habitualmente un santuario de orden y concentración, ahora se sentía opresivo.

Se acercó al gran ventanal que daba al jardín, se suponía que su hija estaría celebrando el inicio de su matrimonio apenas unas horas antes. La ironía lo golpeó con fuerza. Las flores, que él mismo había elegido con tanto cuidado, ahora parecían burlarse de su ingenuidad.

Su mano se cerró en un puño. Pensó en llamar a sus abogados, en iniciar una investigación sobre Bratt, en encontrar alguna manera de hacerle pagar por lo que había hecho. Pero la imagen del rostro devastado de Anna lo detuvo. ¿Era eso lo que ella necesitaba ahora? ¿Un padre consumido por la venganza?

No. Anna necesitaba apoyo, comprensión y amor. Necesitaba sentirse segura y protegida. Y él, como su padre, tenía que ser esa roca para ella.

Respiró hondo varias veces, tratando de calmar el torbellino de emociones en su interior. Su ira no desaparecería fácilmente, pero aprendería a controlarla, a dirigirla hacia la protección y el bienestar de su hija.

Decidió que su primer paso sería asegurarse de que Anna no tuviera que preocuparse por nada práctico. Llamaría a sus socios, pospondría cualquier compromiso urgente. Su prioridad absoluta era estar allí para ella, en silencio si era necesario, pero presente y dispuesto a ofrecer cualquier ayuda que necesitara.

También hablaría con Kate, Sofía e Isabella. Sabía lo importantes que eran para Anna y quería agradecerles su apoyo incondicional. Tal vez ellas podrían ofrecerle a Anna un tipo de consuelo que él y Alice no podían.

Mientras tomaba el teléfono, un nuevo pensamiento cruzó su mente. No solo se trataba de consolar a Anna, sino también de ayudarla a reconstruir su confianza. Ella era fuerte, inteligente y hermosa. Bratt no había visto su valor, pero él sí. Y se aseguraría de que Anna lo recordara.

Marcar el número de Kate fue el primer paso. La ira seguía latente, sí, pero ahora estaba acompañada de una determinación firme y silenciosa: su hija renacería de este dolor, y él estaría a su lado en cada paso del camino. Y Bratt... Bratt tendría que enfrentar las consecuencias de sus actos, a su debido tiempo y de la manera que menos esperara. La ira de un padre podía ser una fuerza muy poderosa, especialmente cuando se combinaba con el amor incondicional.

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