Capítulo 47. Verdades a medias
ANNA
La noche se filtraba sobre Londres como un manto oscuro y pesado, un reflejo exacto del torbellino de pensamientos que amenazaba con desbordarse en mi cabeza. El segundo pañuelo de Randall, aquel de seda gris perla, seguía extendido sobre la mesa de mi sala, descansando junto al primero, el blanco, y esa tarjeta con su número personal que parecía quemar la superficie de madera. Eran símbolos mudos, trofeos de una realidad que Randall había desenterrado con la precisión de un cirujano y que