Mundo ficciónIniciar sesiónANNA
El mundo se detuvo. Bratt, mi prometido, el hombre que me había jurado amor eterno, me dejaba plantada en el altar, con el corazón hecho pedazos y la dignidad por los suelos. Lo vi alejarse abrazando a la mujer, y desaparecer por las puertas de la iglesia, dejando tras de sí un reguero de silencio y miradas atónitas. Un instante, la imagen de Bratt tomando mis manos bajo la luz de las velas en nuestro aniversario, jurándome que nunca me haría daño, destelló en mi mente. La calidez de su agarre ahora se sentía como una burla cruel.
Un escándalo sin precedentes se apoderó del ambiente dibujando en los rostros de los invitados una mezcla de asombro y desaprobación. Las miradas se posaron sobre nosotros con una mezcla de lástima y desdén, mientras un silencio sepulcral se apoderaba del lugar.
Mi madre, con el rostro surcado por lágrimas silenciosas, me envolvió en un abrazo reconfortante, buscando aliviar el dolor que punzaba en mi pecho, una herida viva que amenazaba con consumirme por completo. Sus manos temblaban ligeramente mientras acariciaba mi cabello, y sus labios murmuraban palabras de consuelo que apenas lograba escuchar.
Mi hermana, atónita y conmocionada, no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban. Sus rostros reflejaban la incredulidad y la rabia contenida ante la humillación que estábamos sufriendo. La ilusión de una celebración llena de alegría se había desvanecido, dejando paso a un torbellino de emociones encontradas.
Mi padre, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de furia, se acercó a mí y me tomó de la mano con fuerza. Su tacto era cálido y reconfortante, pero sentía la tensión que recorría su cuerpo.
—Hija, no te preocupes —dijo con voz grave—. Saldremos adelante de esto.
Asentí con la cabeza, pero las lágrimas seguían brotando de mis ojos sin control. No entendía cómo Bratt había podido hacerme esto. ¿Acaso no significaba nada para él todo lo que habíamos vivido juntos? ¿Cómo pudo arruinar así el día más importante de mi vida? Recordé la sorpresa de mi cumpleaños pasado, cuando llenó mi apartamento de mis flores favoritas y me leyó un poema que había escrito para mí. En ese momento, sentí que era la mujer más afortunada del mundo. Por un instante, mi mente se negó a procesar lo que había visto. ¿Bratt huyendo? ¿Con otra mujer? Era una escena irreal, sacada de una pesadilla.
En medio del caos y la confusión, sentí una mano que se posaba suavemente sobre mi hombro. Era Kate, mi mejor amiga y dama de honor, que me miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento mucho, Anna —dijo con voz temblorosa—. No puedo creer que Bratt haya hecho esto.
—No lo entiendo —respondí con la voz rota—. ¿Por qué?
Kate negó con la cabeza.
—No lo sé, amiga. Pero estoy seguro de que encontraremos una explicación.
Sofía, mi otra mejor amiga y también dama de honor, se unió a nosotras y me abrazó con fuerza.
—Estamos contigo, Anna —dijo con voz firme—. No te dejaremos sola en esto.
Juntas, como un escudo, me protegieron de las miradas curiosas y los murmullos maliciosos de los invitados. Me sentí arropada por su cariño y apoyo, pero el dolor punzaba en mi pecho como una herida abierta.
Con la cabeza gacha y el corazón latiendo con fuerza en el pecho, salí de ese lugar del brazo de mi padre. La luz del sol me cegó por un instante, y el bullicio de la gente me pareció un rugido lejano. Mientras salíamos, escuché la voz indignada de mi tía Marta, la hermana mayor de mi madre:
—¡Qué vergüenza! ¡Ese muchacho no tiene perdón de Dios! ¡Y pensar que le abrimos las puertas de nuestra familia! — Su voz resonó con fuerza, y pude ver la furia en su rostro, reflejada en algunas otras miradas de los invitados.
Mi madre y mi hermana partieron en otro coche, mientras que nosotros nos subimos en el coche en silencio, mi padre al volante, mis amigas a mi lado, y yo, hundida en mi propio dolor, mirando por la ventana sin ver nada, solo el zumbido del motor y mis propias respiraciones entrecortadas llenando el espacio.
El dolor me desgarraba el corazón, una herida viva que amenazaba con consumirme por completo, hiriendo mi dignidad hasta lo más profundo. No podía unir mi destino al de un hombre que me había dejado de la manera más vil, destrozando la ilusión de un futuro que creía indestructible, como un castillo de arena que se derrumba ante la primera ola. Una tarde, mientras paseábamos por el parque, Bratt me habló de la casa que compraríamos, de los viajes que haríamos juntos. Sus ojos brillaban con una promesa que ahora se sentía como una cruel invención.
La conmoción se apoderó de mí como una densa niebla, nublando mi mente. Mis recuerdos se difuminaban, dejando solo fragmentos borrosos de la realidad. Si lloré o grité en medio del caos, la memoria lo ha sepultado todo en el abismo del olvido. Lo único que perdura con nitidez es la sensación de la mano firme que se aferró a mi brazo, sacándome de aquel lugar que ahora se erguía ante mí como un escenario sacado de la más tenebrosa pesadilla.
En ese instante de desolación, la cruda verdad se abrió paso en mi mente: "el amor verdadero no se construye sobre cimientos de mentiras y engaños". A partir de ese día, juré ser más cautelosa, escuchar la voz de mi intuición con mayor atención y proteger mi corazón de futuras heridas, una determinación silenciosa que comenzaba a crecer en medio del dolor.
Las manos de mis amigas apretaban la mía con fuerza, como si quisieran transmitirme su fortaleza. Pero yo me sentí débil, vulnerable, como una hoja arrastrada por el viento. Mis piernas temblaban y mi cuerpo se equilibraba peligrosamente.
Al cruzar el umbral de mi hogar, la contención se quebró. Un torrente de emociones me invadió, ahogando la razón en un mar de lágrimas y gritos desgarradores. Subí a mi habitación sin decir una palabra. Me encerré allí, negándome a ver a nadie, dejando que las lágrimas corrieran libremente por mis mejillas. Alcancé el ramo de novia, sus delicadas flores blancas ahora símbolos de una promesa rota, y lo arrojé contra la pared, viendo cómo se desmembraba en mil pedazos.
Mi garganta, ardiendo por la intensidad de mis alaridos, era un reflejo del dolor que me consumía. Cada grito era un lamento por una vida que se desmoronaba, por un futuro arrebatado. La vulnerabilidad me golpeó como una ola, ahogando la ilusión que había construido con tanto amor. La cruda realidad me abofeteó: era la novia abandonada, una víctima de sus mentiras y de falsas promesas de un hombre que no merecía ni un ápice de mi cariño.
Sus palabras aún resonaban en mi mente, ecos de un futuro que jamás llegaría: una vida juntos, un hogar lleno de risas infantiles, el calor de una familia. Recuerdo vívidamente una noche estrellada en la terraza. Bratt me tomó en sus brazos y describió cómo sería nuestra casa, con un jardín grande para que jugaran nuestros hijos. Incluso bromeamos sobre si tendríamos un perro o un gato primero. Su entusiasmo era tan contagioso que mi corazón se llenó de una certeza absoluta. Incluso me sugirió unas mascotas, como si nuestra felicidad fuera tan simple como agregar compañeros peludos a la ecuación.
Por un breve segundo vi la imagen de su rostro burlón, disfrutando de mi dolor, eso me revolvía las entrañas. Me había visto en mi punto más vulnerable, creyendo a ciegas en sus palabras, y ahora solo me restaba recoger los pedazos de mi corazón roto.
Pero el silencio no dura mucho. Mis padres llamaron a la puerta, y aunque al principio me negué a abrir, la voz suave y preocupada de mi madre finalmente me convenció.
—Hija, sé que estás sufriendo, pero no estás sola. Estamos
aquí para ti —dijo mi padre con un tono firme pero lleno de ternura.
Abrí la puerta y los dejé entrar. Me senté en la cama y ellos se sentaron cada uno a mi lado, tomándome la mano con fuerza.
—Anna, cariño, ¿estás bien? —escuché la voz de mi madre, que me miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—No lo sé, mamá —respondí con la voz rota—. No sé qué me
pasa.
—Todo va a estar bien, hija —dijo mi padre con voz suave—. Ya verás que esto pasará pronto.
Pero yo sabía que no era cierto. Esto no iba a pasar pronto. La herida que Bratt me había infligido era demasiado profunda, y las cicatrices me acompañarían para siempre. Era apenas una jovencita, con la inocencia tatuada en mi alma y un corazón pletórico de anhelos y fantasías… El destino cruel me había truncado mis sueños de un futuro radiante.
La vida me había mostrado su lado más duro, la verdadera complejidad del amor, tan diferente a la fantasía de los cuentos de hadas.
—No entiendo por qué lo hizo —dije con la voz rota—. ¿Qué pasó? ¿Por qué me dejó así?







