Mundo ficciónIniciar sesiónANNA
El sol de la mañana se colaba, tímido, por el hueco entre las cortinas, dibujando líneas pálidas sobre la alfombra. Para mí, la nueva claridad no traía nada nuevo, solo la continuación de esta pesadilla que se había instalado en mi vida. Mis ojos se abrieron con lentitud, sintiéndolos pesados y llenos de arena, como si la noche no hubiera querido darme ni un segundo de respiro. Por un instante, mi mente estaba en blanco, un breve respiro donde la realidad aún no me golpeaba por completo. Pero entonces, la punzada familiar regresó: todo había terminado, y el dolor seguía aquí, un intruso aferrado a mi pecho.
Un suspiro tembloroso se escapó de mis labios. La habitación estaba en silencio, un silencio que hacía aún más fuerte el eco de mis propios pensamientos rotos. Me quedé quieta bajo las sábanas, sintiendo el peso de este día que se extendía ante mí. La idea de levantarme, de tener que fingir normalidad con este vacío dentro, era una montaña demasiado alta para escalar. Pero la imagen de la cara preocupada de mamá anoche me dio un pequeño empujón.
Lentamente, me senté en la cama. Mis músculos estaban agarrotados, tensos por toda la angustia de las últimas horas. Miré fijamente un punto borroso en la alfombra. La voz de mamá, recordándome el baño relajante, resonó débilmente en mi cabeza, una pequeña esperanza en este mar de tristeza.
Un suave golpe en la puerta me hizo sobresaltar. Antes de que pudiera decir nada, mamá asomó la cabeza, su sonrisa suave sosteniendo una bandeja.
—Buenos días, cariño. ¿Cómo te sientes hoy? —preguntó con dulzura, entrando en la habitación. Dejó la bandeja a mi lado, revelando una taza de té humeante y unas tostadas con miel.
Intenté devolverle la sonrisa, pero solo sentí una mueca temblándome los labios. —Un poco mejor, supongo. Gracias, mamá.
Después de desayunar en silencio a su lado, me arrastré hasta el baño. El agua tibia me envolvió, un abrazo que aliviaba un poco la tensión en mi cuerpo. Pero mientras las lágrimas se mezclaban con el agua, supe que la herida de mi corazón tardaría mucho más en sanar.
De vuelta en mi habitación, me puse ropa suave y holgada. Apenas terminé de pasar el cepillo por mi pelo cuando otro golpe en la puerta anunció visitas. Eran ellas: Kate, Sofía e Isabella. Sus caras reflejaban la preocupación y el cariño que sentía por ellas, mi hermana pequeña, mi sabia Sofía y mi leal Kate.
—Anna —dijo Kate, abrazándome con cuidado, pero con una firmeza que me transmitía su inquebrantable apoyo. Sabía que con Kate no había preguntas, solo acción y lealtad ciega. Sofía, aunque dos años menor, me abrazó con una madurez que siempre me sorprendía, sus ojos oscuros llenos de una comprensión que trascendía su edad. Isabella, o más bien, mi Bella, mi pequeño terremoto, se unió al abrazo con un apretón fuerte y silencioso, su manera de decir que estaba allí, incondicionalmente, mi confidente desde que éramos niñas. Le decíamos Bella desde pequeña, un diminutivo cariñoso que le iba perfecto a su espíritu vivaz.
Nos sentamos juntas en mi cama, el silencio al principio lleno de la comprensión tácita de lo que estaba sintiendo. Fue la voz tranquila y firme de Sofía la que rompió el silencio, tomando mi mano entre las suyas.
—Estamos aquí para ti, Annie. Lo que necesites. No tienes que decir nada que no quieras.
Sentí un nudo apretar mi garganta. Tenerlas aquí era un consuelo que no sabía cuánto necesitaba. Su presencia silenciosa era un recordatorio de que no estaba sola en esto. Las lágrimas picaron en mis ojos, pero esta vez no eran solo de dolor, sino también de un pequeño alivio al saber que tenía su apoyo incondicional.
—Gracias —logré decir, la voz apenas un susurro—. Significa mucho.
Bella, a pesar de sus dieciséis años, se acercó y me abrazó de nuevo. —Sabes que siempre estaré aquí, ¿verdad, Annie? Para lo que sea. Recuerda todas esas veces que te cubrí con papá... esto no es nada comparado con eso.
Una pequeña y débil sonrisa se dibujó en mis labios ante su comentario. Era verdad. Bella siempre había sido mi cómplice, mi escudo en las travesuras de la infancia. Saber que esa lealtad seguía intacta era un pequeño faro de luz.
Pasamos un rato juntas, hablando en voz baja. Kate me contó una historia sobre un percance en el trabajo, contada con su habitual humor seco y práctico, logrando que esbozara una leve sonrisa. Sofía me escuchó con una paciencia infinita mientras intentaba explicar este vacío que sentía, ofreciendo palabras sabias y reconfortantes que parecían venir de alguien mucho mayor. Bella se acurrucó a mi lado, ofreciéndome su mano y compartiendo conmigo algunas de sus preocupaciones adolescentes, una forma sutil de recordarme que la vida seguía, incluso para ella. No intentaron minimizar lo que sentía ni me llenaron de frases hechas. Simplemente estaban allí, cada una a su manera, ofreciéndome su fuerza.
Antes de irse, Kate me preguntó con su habitual tono directo pero lleno de cariño: —¿Qué te parecería si la semana que viene salimos de esta casa? Lo que quieras hacer, a tu ritmo. Necesitas un poco de aire fresco y dejar de mirar estas cuatro paredes.
No respondí de inmediato. La idea de salir se sentía abrumadora, pero la firmeza en la voz de Kate me hizo considerarlo. Sabía que ella no se rendiría fácilmente. Sofía añadió suavemente: —Podríamos ir a ese café que tanto te gusta, Annie. Solo un rato.
Bella asintió con entusiasmo. —¡Y luego podemos ver esa película de terror que querías ver! ¡Distracción total!
La simple posibilidad de un futuro más allá de esta habitación, en compañía de mi hermana y mis dos amigas incondicionales, se sintió como un pequeño rayo de esperanza.
Cuando se despidieron con abrazos cálidos y la promesa de volver pronto, sentí un peso menos sobre mis hombros. El dolor seguía ahí, innegable, pero la certeza de tener a mi lado a estas tres mujeres increíbles era un bálsamo para mi alma herida. Los débiles rayos de sol de la mañana, unidos al calor de su apoyo incondicional, habían comenzado a templar la oscuridad que me envolvía. Tenía a mi familia elegida, y eso, en este momento, era todo lo que necesitaba. Sin embargo, a pesar de las palabras de aliento y las promesas de futuras salidas, la verdad era que la idea de enfrentarme al mundo exterior seguía siendo aterradora. La vergüenza y el dolor eran un pesado manto que me mantenía anclada a mi cama, a mi habitación, a la seguridad relativa de mi aislamiento. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, casi en dos meses. El escándalo que había destrozado mi vida gradualmente se desvaneció de los titulares y de las conversaciones ajenas, convirtiéndose en un eco lejano para el mundo. Pero para mí, encerrada entre estas cuatro paredes, la herida seguía abierta, y la idea de salir y mostrar mi rostro al mundo parecía una traición a mi propio dolor. El sol seguía entrando por la ventana cada mañana, pero yo prefería refugiarme en la penumbra, esperando el momento en que la oscuridad interior comenzara a disiparse.







