Mundo ficciónIniciar sesiónAnna
La bruma del sueño se disipaba lentamente, revelando la cruda realidad de la nueva mañana. No tengo idea de cuánto tiempo pasó, pero el recuerdo de la última vez que miré por la ventana, con el sol despidiéndose y la noche asomándose, todavía permanecía fresco en mi mente.
Intenté mantener mi mente en blanco, refugiándome en un vacío de pensamientos. Pero era inútil. Los recuerdos, como olas implacables, me invadían: nuestras manos entrelazadas... nuestras risas compartidas... nuestros sueños futuros... la ilusión del banquete de bodas... ¡Qué ciega fui! Nunca vi la falsedad tras su máscara de amor. Recuerdo una noche, mirando las estrellas, cuando Bratt me habló de nuestro primer viaje juntos, a un lugar exótico que siempre había querido visitar. Su entusiasmo parecía tan genuino...
Un golpe seco en la puerta de mi habitación me sobresaltó.
— Anna, soy yo, papá. ¿Puedo pasar?
Tal vez si no respondía, pensarían que seguía dormida. La verdad es que no quería ver a nadie, no quería soportar sus miradas llenas de lástima. Pero no tuve escapatoria. La puerta se abrió y allí estaban mis padres.
—Buenos días, princesa —dijo mi padre con voz temblorosa—. Te hemos traído algo para desayunar. Sabes que te quiero mucho, y me duele verte así. Pero en este momento, no soy la persona indicada para ofrecerte consuelo. Así que las dejo a solas.
Mi padre me dio una mirada llena de dolor, y se retiró lentamente, con los hombros caídos.
Solo pude asentir con la cabeza, incapaz de articular palabra. Mi padre salió de la habitación, dejándome a solas con mi madre, su rostro surcado por la preocupación.
—¿Cómo estás, cariño? —me preguntó con dulzura, acariciando mi mejilla—. ¿Cómo te sientes?
Las lágrimas brotaron de mis ojos sin control.
—Duele, mamá—murmuré entre sollozos—. Duele mucho...
—Duele, por supuesto que duele. Pero ese dolor es temporal, una lección que nos hará más fuertes. Mi amor, a veces el corazón y la mente parecen hablar idiomas diferentes, como si fueran enemigos en lugar de compañeros. Sin embargo, con el paso de los años he aprendido que llega un momento en la vida, un punto de inflexión, en el que ambos se alinean y se ponen de acuerdo.
—¿Sabes cuándo sucede eso? —le pregunté, esperando su respuesta.
—Sucede cuando te pones a ti misma en primer lugar —dijo, moviendo la cabeza con convicción—. Cuando dejas de preocuparte por lo que dirán los demás, por sus opiniones y sentimientos, y decides escuchar tu propia voz. Un recuerdo fugaz de haber aceptado ir a un evento que no me interesaba porque era importante para él cruzó mi mente. Siempre intentaba complacerlo.
—Ese es el momento en el que el corazón y la mente hablan el mismo idioma. El amor, ya sea de pareja, de amigos o de familia, nos enriquece como personas, nos facilita el camino hacia el autodescubrimiento, nos ayuda a rompernos y reconstruirnos con mayor fortaleza. El amor siempre nos suma, nos impulsa a crecer y nos lleva a lugares donde nos sentimos a gusto con nosotras mismas, donde nos aceptan tal y como somos, donde valoran nuestra luz y donde avanzamos juntas hacia un futuro más brillante.
—No te quedes estancada en el dolor, mi amor. Esta amarga experiencia te hará más fuerte. No derrames más lágrimas por alguien que no supo valorarte y solo jugó contigo, que no vio la maravillosa mujer que eres. Esa persona no merece ni un minuto de tu tiempo, ni un pensamiento más.
—Mamá, ¿qué sentiste cuando conociste a papá? ¿Cuándo supiste que lo amabas? Tus sabias palabras resuenan en mi mente, por eso necesito preguntarte sobre tu relación con él.
—Al principio, debo admitir que pensé que era un arrogante al que quería darle una buena lección —dijo con una sonrisa pícara, rememorando esos primeros momentos—. Así me sentí cuando lo conocí. Tú abuela nos concertó una cita a ciegas, y yo estaba molesta por la situación. Pero luego, nos dimos la oportunidad de conocernos realmente, y entonces descubrí lo que se escondía detrás de esa fachada de arrogancia y chico rudo: había un hombre sensible, amoroso, capaz de poner el mundo a mis pies. Sin darnos cuenta, abrimos nuestras almas y dejamos que el amor entrara en nuestros corazones.
Es cierto que mamá nos contó alguna vez cómo conoció a papá. Ella tenía apenas dieciocho años cuando los abuelos les organizaron una cita a ciegas con el hijo de uno de sus socios. Ese joven de veintidós años, con sueños de convertirse en abogado, terminó siendo mi padre. Aunque la vida lo llevó por otros caminos y no pudo ejercer la abogacía, se dedicó de lleno a los negocios familiares.
—¿Y has sido feliz desde entonces? —pregunté, contagiada por la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro.
—Cada día agradezco estar junto a ustedes —respondió—. Hay momentos tan mágicos que no puedo creer que esté viviendo esto. Y luego los veo a ustedes, mis seres maravillosos, mi motor para seguir adelante y darles lo mejor de mí. No me arrepiento de nada. Pude haber sido una gran empresaria, pero preferí quedarme aquí, en casa, educando y amando a mis hijas. Dedicándome a mi esposo, el padre de mis hijas y el amor de mi vida.
—Escúchame bien, Anastasia Paine Johnson —dijo con firmeza—. Nunca olvides que tu familia te ama incondicionalmente. Nunca te dejaremos caer, pase lo que pase. Siempre estaremos aquí para sostenerte y levantarte cada vez que caigas. ¿Lo has entendido?
—Si mamá, gracias —respondí con un hilo de voz—. Gracias por estas hermosas palabras que me llenan de fuerza.
—Mi consejo final es que dejes todo esto en el pasado y te enfoques en tu presente, en lo que esperas de tu futuro —dijo con sabiduría—. Eres muy joven y tienes un camino largo y lleno de oportunidades por recorrer.
—Bien, ahora vamos a disfrutar de ese rico desayuno que nos han preparado —dijo señalando la bandeja con una sonrisa—. Después te das un baño relajante y te arreglas. Hay que levantar esos ánimos, no solo por ti, sino también por tu hermana, que está muy preocupada por ti.
Nuestros cuerpos se unieron en un abrazo reconfortante, una conexión que trascendía las palabras. Las manos de mi madre, llenas de ternura y cariño, acariciaron mi rostro, secando las lágrimas que surcaban mis mejillas. Con la suavidad de sus dedos, arregló mi cabello, evocando recuerdos de mi infancia y brindándome un consuelo inigualable. En ese gesto maternal, encontré un refugio seguro, un oasis de paz en medio de la tormenta. Era el amor más puro e incondicional que podía anhelar en ese instante, un bálsamo para mi alma herida.
Mientras me abrazaba a mi madre, recordé las tardes de juegos con mi hermana, cuando éramos pequeñas. Recordé sus risas, sus travesuras, y sus abrazos. El sonido agudo de su risa mientras construíamos castillos de arena en el jardín resonó brevemente en mi mente, una melodía lejana en medio de mi tristeza actual. Saber que ella estaba preocupada por mí, me hizo sentir un poco mejor.







