Mundo ficciónIniciar sesiónBerenice Swan es una joven madre soltera que ha tenido una vida difícil y que dedica su vida a su amado hijo quien es su única motivación para vivir. Cerrada al amor, no desea volver a involucrarse con ningún hombre después de haber sido abandonada por aquel que le juro amor eterno. Emerson Harker, es un hombre multimillonario de actitud fría y déspota, que ha perdido a sus padres para después de ello convertirse en un hombre receloso del mundo. Sin embargo, la vida de ambos cambiara, cuando el destino reúna a jefe y asistente en la vida fuera del trabajo, y sus caminos terminen entrelazados. Emerson aprenderá a confiar en los demás en los brazos de aquella madre soltera y su pequeño hijo.
Leer másEmocionada por sus palabras dejé a un lado la ensalada y la abracé fuertemente. Carol me hacia recordar mucho a mi madre, sobre todo cuando hablaba de forma tan dulce y maternal. Extrañaba horrores a Miriam, pero ella siempre estaría en mi corazón. —¡Apuren con las ensaladas, muero de hambre! —la estridente voz de Ernest quitó todo momento emotivo. Reí entre dientes y Carol acompañó mis risas. Volvimos a la gran mesa para llevar los alimentos que faltaban y cenamos los deliciosos pavos entre charlas y risas. Como era costumbre entre nosotros, luego de terminar de comer, comenzamos con las anécdotas e historias familiares. Tuvimos que contar las travesuras recientes de los niños para con el Volvo. Todos lo tomaron con humor, salvo Emerson, quien aun se mostraba acongojado. Por suerte teníamos a Nathan en la familia, quien se ofreció a dejar el coche como nuevo. Pasadas las diez de la noche, todos decidieron irse —o mejor dicho los niños los obligaron a hacerlo—, ya que esperaban la
NARRA BERENICE —¡Ma, ma, ma, ma! —canturreaba mi pequeño Tony pidiéndome más comida. Por más que lo mirara y mirara, me era imposible creer que estuviera con nosotros. Pasó todo tan rápido que apenas y nos habíamos hecho la idea de un nuevo integrante en la familia. Pero era verdad, él existía y llenaba nuestros días de alegría y ternura. Era el más mimado de la familia por ser el más pequeño, pero también había algunos altercados con sus hermanos. Tony siempre quería jugar con ellos, pero aún era muy chiquito y no entendía los juegos. Los mellizos no se caracterizaban por ser pacientes con él y el que siempre mediaba entre ellos era Dante. —¿Está rico? —le pregunté acercándole otra cucharada a su boca. Él asintió con una sonrisa clavando sus hermosas esmeraldas en mí. —Amor —elevé mi vista hacia Emerson—. ¿No crees que hay mucho silencio? —enarcó una ceja mirando a nuestro alrededor—. ¿Dónde están los niños? —Están jugando afuera, ¿Por qué? —Solo preguntaba —besó la frente de
El árbol estaba a medio armar, hacía dos días fuimos a la tienda a comprar el más grande que había. Aunque solo habíamos ido a comprar el bendito árbol, la cajuela del auto estuvo lleno de otros tipos de decoraciones y, por supuesto, que nadie se olvide de Rudolf. Desde que los pequeños vieron esa película se quedaron maravillados con ese simpático reno, hasta se habían declarado sus fans. Los niños jugaron con las guirnaldas, los globos, las luces… hasta por fin el árbol estuvo listo, solo había que colocar la estrella dorada de la punta. —Espera Emerson —dijo Berenice y fue en búsqueda de la cámara—. Ahora si —dijo y sonreí. Todos los años teníamos diferentes tradiciones en nuestra familia. Cada año, un integrante distinto era el asignado para colocar la estrella. El año pasado había sido Lizzy, y ahora era el turno de Tony. Alcé a Anthony en mis brazos y el apretó fuertemente la estrella en sus manitos. Soltó una hermosa carcajada y lo elevé hasta la punta del árbol. Con mi ay
NARRA EMERSON No era el Grinch, ni odiaba la navidad ni mucho menos pero… ¿había que poner esas hermosas lucecitas por todos lados? Hasta soñaba con aquello, cerraba los ojos y veía parpadear luces verdes, rojas, azules y amarillas. ¡Estaba volviendo loco! Berenice era una loca obsesionada con los detalles navideños y los niños la secundaban con mucho ánimo. Muchas veces temí por mi seguridad, al imaginar que una mañana me levantaría y tendría un juego de luces en vez de mi corbata puesta en el cuello. Muy exagerado, lo sé. —Un poco a la izquierda —señaló mi ángel. ¿Dije que estaba a unos cuatro metros de altura colgando el hermoso —nótese el sarcasmo—, del reno Rudolf en el tejado de la casa? —Ahí está ¡perfecto! —chilló y dio brinquitos en su lugar. Bajé las escaleras y miré hacia arriba viendo los arreglos navideños. Había quedado muy bien, aunque en la noche cuando encendiéramos las luces iba a quedar mucho mejor. Me acerqué a Berenice y la rodeé con mis brazos a pesar de





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