Mundo de ficçãoIniciar sessãoEn la segunda generación de la Casta de Hierro -la élite empresarial que gobierna Milán-, Eliot Foster, heredero de Cuoressi y conocido como el León de Hierro, lo tenía todo bajo control: los negocios, la reputación y las reglas del juego. Hasta que llegó Seiya Kurosawa, el joven italo-japonés que incendió el tablero. Heredero de Oshōri y apodado el Dragón Azul, Seiya no solo vino a desafiar su imperio, sino también a desordenarle el corazón.
Ler maisLa sala de juntas de la compañía Oshōri-Milán nunca había estado tan llena. Los accionistas mayores ocupaban sus lugares con el peso de los años reflejado en sus trajes oscuros y sus gestos contenidos. El rumor se había extendido semanas atrás: Akira Kurosawa, el patriarca que había sostenido la empresa durante décadas estaba listo para dar un paso al costado. Lo que nadie lograba comprender era su decisión de ceder el timón a un muchacho de apenas veinte años.
Entre la fila de socios más influyentes, Eliot Foster aguardaba en silencio. Sus rasgos mediterráneos —piel tostada, cabello negro y ojos oscuros— resaltaban bajo la luz blanca de la sala. La barba corta acentuaba la firmeza de su mandíbula, y su porte transmitía la seguridad de un hombre acostumbrado a mandar; vestía un traje sobrio que no necesitaba ostentación para imponer respeto. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda erguida contra el respaldo, observaba con una atención implacable, como si midiera la sala entera con la mirada. Fuera de la sala, el murmullo de los accionistas se sentía como un rugido contenido. Akira se tomó un segundo para alisar la corbata de su nieto, con ese gesto solemne de los hombres que saben que están entregando un legado; sus ojos, endurecidos por décadas de trabajo, brillaban con un orgullo que no lograba ocultar. —Hoy van a intentar medirte —murmuró con calma grave—. Prepárate para las garras, Seiya. El joven sostuvo su mirada, y en lugar de dejarse arrastrar por la tensión, le regaló una sonrisa breve pero firme. —Tranquilo, abuelo. Todo va a estar bien —respondió con una seguridad juvenil que bordeaba la osadía—. Me preparé para esto. Le prometo que se sentirá orgulloso. Akira suspiró, asintiendo en silencio. Abrió la puerta, el murmullo se extinguió al instante. A su lado entraba un joven que no parecía encajar en la imagen de un sucesor: veinte años apenas, rostro fino que por momentos rozaba la fragilidad de un omega. Sin embargo, su aura contradecía esa primera impresión. Seiya Kurosawa caminaba con la calma de quien no teme ser juzgado. El cabello oscuro caía hasta los hombros en un corte elegante y desordenado a la vez, y aquellos ojos violetas —inusuales, magnéticos— atrapaban la atención sin pedirla. No había dulzura en ellos, tampoco arrogancia, solo una seguridad serena que desarmaba cualquier prejuicio. A los ojos de Eliot, el contraste era desconcertante. Siempre había admirado la fuerza arrogante de los alfas, ese tipo de presencia que llenaba la sala sin pedir permiso. Seiya, en cambio, tenía un rostro demasiado fino, casi propio de un omega, y un cuerpo que carecía de la corpulencia que Eliot solía desear. Pero entonces estaba ese algo más, invisible e imposible de negar: un magnetismo que lo envolvía y lo hacía imposible de ignorar. Era delicado en apariencia, sí, pero la energía que emanaba era la de un depredador seguro de sí mismo. Y esa contradicción, lejos de desanimarlo, le resultaba peligrosamente atractiva Akira tomó la palabra, su voz grave imponiendo silencio en la sala. —Señores, les presento a mi nieto, Seiya Kurosawa. Desde hoy será parte activa de esta mesa, y el futuro de Oshōri. El joven dio un paso al frente. Su reverencia fue impecablemente educada, pero no había nada sumiso en el gesto; parecía más bien el saludo de alguien acostumbrado a ser mirado con respeto. Cuando alzó la cabeza, sus ojos violetas recorrieron la sala con calma, sin prisa por agradar a nadie. —Es un placer conocerlos. Cuento con su guía y espero que podamos aprender unos de otros, pero también confío en que, juntos, llevaremos a Oshōri más lejos de lo que mi abuelo soñó. No era un timbre potente, ni mucho menos el rugido de un alfa, pero su profundidad tenía un peso extraño, como una corriente que se colaba por debajo de la piel. Era el tipo de voz que podía hacer que una sala entera se inclinara hacia adelante para escucharlo. La presentación avanzaba con fluidez. Seiya, firme tras la mesa central, respondía a los accionistas con esa calma estudiada que parecía innata. Mostraba gráficas, hablaba de proyecciones de mercado, de la necesidad de invertir en innovación textil sin abandonar la tradición. Cada cifra, cada término, salía de su boca sin titubeos, como si llevara años en aquel puesto. Los murmullos que antes eran escépticos se fueron tornando en gestos de aprobación. Algunos inclinaban la cabeza, otros anotaban con premura, el joven mantenía el ritmo, modulando su voz sin prisa, sin excesos, pero con esa profundidad que obligaba a escuchar. En un momento de pausa, al recorrer la mesa con la mirada, lo encontró. Eliot Foster. No hablaba ni intervenía, no disimulaba con un gesto social. Solo lo miraba. Una fijación seca, contenida, que no buscaba animarlo ni hundirlo: quería desnudarlo. Seiya sostuvo ese cruce de miradas más de lo prudente y una chispa le recorrió la nuca. No era miedo ni incomodidad, era deseo. Aquel hombre no necesitaba realizar ningún gesto para imponerse, con estar ahí, con mirarlo así, lo volvía consciente de cada movimiento, de cada palabra. Un accionista concluyó su comentario con un gesto de aprobación hacia Seiya, y la sala parecía inclinarse a su favor. Fue entonces cuando Eliot alzó la mano con parsimonia, sin alterar el tono general de la reunión. —Señor Kurosawa —su voz grave llenó la sala sin necesidad de elevarse—, nadie puede negar la solidez de sus cifras ni la claridad de su exposición. Sin embargo, me preocupa algo más elemental. Usted ha pasado sus años de formación en Japón, un mercado con dinámicas culturales y empresariales muy distintas. Aquí, en Italia, la competencia se mide con otras armas, negociación directa, tradición de gremios, la presión de clientes que llevan generaciones trabajando con nosotros. Hizo una breve pausa, la suficiente para que el peso de sus palabras calara. —Permítame ser franco, la teoría es impecable en cualquier idioma, pero la práctica en este país exige colmillo. ¿Cómo piensa compensar esa evidente falta de conocimiento sobre el terreno local? Las miradas se volcaron a Seiya. No había burla en la voz de Eliot, tampoco violencia; era peor que eso. Era la elegancia de quien parecía ofrecer una observación legítima, cuando en realidad buscaba exponerlo frente a todos. Seiya inclinó apenas la cabeza, sin perder la serenidad. —Agradezco su franqueza, señor Foster. Es cierto, Japón y Milán no se parecen en nada… pero los números no tienen pasaporte. —Hizo una breve pausa—Mi abuelo comenzó a confiarme encargos cuando aún estudiaba. Al principio eran pequeñas negociaciones, luego contratos de mayor peso. Tokio me obligó a medirme con proveedores de tres continentes y a cerrar acuerdos en mercados donde Oshōri ni siquiera tenía presencia. Un murmullo recorrió la mesa, como si los accionistas comprendieran que Akira no lo había traído “en blanco”. Entonces giró hacia Eliot, un destello casi insolente en sus ojos violetas. —Si algo me enseñó Japón es que la tradición no sobrevive sin adaptarse. Italia es cuna de la excelencia textil, pero también un terreno donde se puede innovar. Estoy preparado para cuidar de ambos. El joven respondió con calma y precisión, sin titubeos. Eso arrancó un murmullo de aprobación en la mesa, hasta que uno de los accionistas veteranos, con tono paternalista, intervino: —Interesante lo que dice el muchacho… aunque no cabe duda de que aún tiene mucho por aprender. La frase quedó flotando y Seiya alzó la vista, justo a tiempo para atrapar la reacción de Eliot. Ahí estaba, erguido en su silla, severo, con ese aire de hombre que imponía disciplina con solo cruzar los brazos. Rígido como un padre demasiado estricto, con esa clase de presencia que obligaba a los demás a obedecer sin chistar. Para Seiya era una visión que lograba encenderlo; su mente se desvió sin permiso, lo imaginó sentado con ese porte imponente, él mismo sobre sus piernas, recibiendo nalgadas hasta que se le borrara la altanería a golpes o quizá inclinado sobre esa mesa, con Eliot corrigiéndolo como a un muchachito rebelde. El cosquilleo fue tan vivo que tuvo que morderse el labio para no soltar una risa nerviosa. Sonrió apenas un segundo, un gesto pícaro que disimuló enseguida bajo un aire neutro, justo cuando Eliot se inclinaba hacia adelante, preparado para arremeter; apoyó los antebrazos en la mesa y dejó caer las palabras con la mesura de quien mide cada paso. —La arrogancia de la juventud suele confundir seguridad con experiencia. Aquí no se premian los discursos, se mide la experiencia real. Seiya lo miró un segundo, sin prisa, y alzó la barbilla. —Curioso —dijo, con la voz baja y cortante—. Usted acaba de tomar la presidencia de Cuoressi; puedo equivocarme, pero me parece que también es relativamente nuevo en ese puesto. El salón contuvo el aliento. La frase fue un puñetazo breve: no apelaba a números ni a títulos, solo a un hecho que redimensionaba el ataque de Eliot. Algunos socios sonrieron con dureza; otros cambiaron la mirada, sorprendidos por la simplicidad de la réplica. Eliot permaneció inmóvil, la mirada afilada. Por primera vez en la mañana, la sala percibió que la conversación ya no sería solo protocolo. No apartó la mirada. El murmullo de la sala se desvaneció frente al silencio que se estiraba entre ellos. En su rostro apareció una sonrisa leve, cargada de ironía, que no era la de un hombre humillado sino la de un depredador intrigado. Aquel mocoso había osado devolverle el golpe en público… y lejos de sofocar su furia, el descaro lo encendía más. No solo quería verlo rendido en el tablero corporativo; deseaba arrancarle esa sonrisa insolente, empujarlo hasta el límite y hacerlo aprender a la fuerza qué significaba enfrentarlo. Se reclinó en la silla con calma calculada, tamborileando apenas los dedos sobre la mesa. No dijo nada más, pero en el aire quedó claro que el juego acababa de empezar.Las semanas siguientes fueron un bálsamo y un espejismo a la vez. El ruido del escándalo que envolvió a Lucien Bellmont se fue apagando entre titulares nuevos, mientras la prensa buscaba otro nombre que devorar. Las revistas dejaron de hablar de “La orgía milanesa del colibrí esmeralda” y pasaron a llenar sus páginas con rumores sobre herederos, fusiones y estrenos.En ese silencio mediático, ERISSU aprovechó para florecer. Lo que había comenzado como un proyecto experimental entre Seiya Kurosawa y Eliot Foster se transformó en una casa de moda con nombre propio, una sinergia entre cinco linajes que habían marcado el lujo europeo durante décadas.Pero ERISSU no era solo moda: era un concepto de alta gama masculina, donde el diseño textil de Oshōri, la marroquinería de Cuoressi, las joyas de Orlien
La casa amanecía envuelta en ese silencio pulcro que solo se rompe con el tintinear de la vajilla. El sol se filtraba por los ventanales, haciendo brillar el mármol claro de la cocina- comedor. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el del pan tostado, y el periódico crujía con cada movimiento de Eliot, sentado en la cabecera de la mesa. A su lado, las gemelas desayunaban entre risas y cucharitas; Tarō, recostado bajo la mesa, vigilaba con paciencia que no cayera nada al suelo.Eliot pasaba una página más, y la comisura de su boca se curvaba apenas. No era una sonrisa amplia, sino la expresión de quien confirma una sospecha antigua. Seiya bajó las escaleras un par de minutos después, con esa calma que solía arrastrar las miradas. Saludó a las niñas con un beso en la frente antes de dejar su taza sobre la mesa. Fue entonces cuando notó el gesto de Eliot.—¿Y esa cara tan contenta a estas horas, señor Foster? —preguntó con una media sonrisa, mientras servía café.Eliot levantó e
Los primeros días en la nueva casa transcurrieron con una suavidad casi irreal. Vivir en la casa de su infacia era extraño. El peso de los recuerdos del abuelo seguía presente en cada rincón, y a ratos Seiya sentía un nudo en la garganta al recorrer la casa. Pero, al mismo tiempo, había una sensación de comienzo, de hogar compartido, de promesa cumplida.Entre cajas aún sin abrir y risas que resonaban en los pasillos, Seiya sentía que poco a poco la vida se ordenaba de una forma distinta. Las niñas corrían con Tarō por el jardín como si siempre hubieran vivido allí. Eliot, pese a sus obligaciones, parecía encontrar tiempo para aparecer en la cocina, en el patio, en cualquier rincón donde Seiya estuviera, como si quisiera recordarle que estaba mas que encantado de vivir con él.Hasta Seraphine y Cassian p
La mañana entraba clara por las cortinas, llenando de luz la habitación. Seiya abrió los ojos y permaneció un instante quieto, mirando el techo. Era extraño pensar que esa sería la última vez que despertaba en esa casa: la que había comprado cuando nacieron las niñas, la que levantó con esfuerzo en sus años de soledad.Hoy regresaría a la casa de su infancia. Y aunque eso lo llenaba de esperanza —volver a un lugar lleno de memorias, ofrecerles a sus hijas un hogar con raíces— también le dolía el pecho. Porque esa mudanza era un recordatorio inevitable: su abuelo ya no estaba allí. Sus pasos no resonaban en los pasillos, su voz no llenaba el jardín. Después de su última visita a la casa de retiro, la herida de verlo olvidarlo seguía fresca, y ahora enfrentarse a esas paredes vac&iac
El auto avanzaba despacio por la carretera hacia Como, una ciudad más pequeña, más tranquila, donde el mundo parecía detenerse en su propio ritmo. Seiya sostenía el volante con calma, disfrutando de la brisa que entraba por la ventanilla y del reflejo plateado del lago que se abría entre los árboles. Había tenido días buenos, casi radiantes, y quería compartirlos con su pilar: su Ojii-san.En su mente, como un cuadro íntimo que se coloreaba solo, imaginaba un futuro donde sus hijas corrían libres en un jardín amplio, donde Eliot lo esperaba cada noche, y donde él podía permitirse una sonrisa sin miedo a perderla. Esa visión sencilla, casi ingenua, lo llenaba de calidez.El camino serpenteaba entre colinas hasta que, finalmente, los altos muros de piedra del retiro aparecieron a la vista. No era un lugar ostentoso: más bien una casona antigua, rodeada de árboles frondosos y jardines cuidados, como si el tiempo se hubiera detenido para ofrecer calma a quienes lo habitaban.Seiya estacio
La madrugada era un cristal frío sobre Milán. Las calles dormían bajo una neblina suave que atrapaba los reflejos de los semáforos y las farolas, volviéndolos un resplandor líquido. El motor del deportivo ronroneó al detenerse frente a la casa, y el silencio del vecindario se quebró solo por el tintineo metálico del motor al apagarse.Eliot bajó primero, cerrando la puerta con cuidado. La brisa olía a lluvia reciente y a vino caro. Seiya, en cambio, salió tambaleante y feliz, con las mejillas encendidas y esa risa suya que parecía calentar la noche.—¿Ya llegamos? —preguntó con voz adormecida.Eliot giró hacia él, divertido.—Sí, Bambino, ya llegamos.—Entonces… —Seiya apoyó la cabeza en su hombro—. Papá, tengo hambre.El León soltó una risa baja, abriendo la puerta principal.—¿Papá?Seiya lo siguió dentro, arrastrando los pasos por el pasillo en penumbra.—No niegues que te gusta —susurró con una sonrisa traviesa.Eliot negó con la cabeza, pero la sonrisa lo traicionó.La casa estab
Último capítulo