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La sala de juntas de la compañía Oshōri-Milán nunca había estado tan llena. Los accionistas mayores ocupaban sus lugares con el peso de los años reflejado en sus trajes oscuros y sus gestos contenidos. El rumor se había extendido semanas atrás: Akira Kurosawa, el patriarca que había sostenido la empresa durante décadas estaba listo para dar un paso al costado. Lo que nadie lograba comprender era su decisión de ceder el timón a un muchacho de apenas veinte años.
Entre la fila de socios más influyentes, Eliot Foster aguardaba en silencio. Sus rasgos mediterráneos —piel tostada, cabello negro y ojos oscuros— resaltaban bajo la luz blanca de la sala. La barba corta acentuaba la firmeza de su mandíbula, y su porte transmitía la seguridad de un hombre acostumbrado a mandar; vestía un traje sobrio que no necesitaba ostentación para imponer respeto. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda erguida contra el respaldo, observaba con una atención implacable, como si midiera la sala entera con la mirada. Fuera de la sala, el murmullo de los accionistas se sentía como un rugido contenido. Akira se tomó un segundo para alisar la corbata de su nieto, con ese gesto solemne de los hombres que saben que están entregando un legado; sus ojos, endurecidos por décadas de trabajo, brillaban con un orgullo que no lograba ocultar. —Hoy van a intentar medirte —murmuró con calma grave—. Prepárate para las garras, Seiya. El joven sostuvo su mirada, y en lugar de dejarse arrastrar por la tensión, le regaló una sonrisa breve pero firme. —Tranquilo, abuelo. Todo va a estar bien —respondió con una seguridad juvenil que bordeaba la osadía—. Me preparé para esto. Le prometo que se sentirá orgulloso. Akira suspiró, asintiendo en silencio. Abrió la puerta, el murmullo se extinguió al instante. A su lado entraba un joven que no parecía encajar en la imagen de un sucesor: veinte años apenas, rostro fino que por momentos rozaba la fragilidad de un omega. Sin embargo, su aura contradecía esa primera impresión. Seiya Kurosawa caminaba con la calma de quien no teme ser juzgado. El cabello oscuro caía hasta los hombros en un corte elegante y desordenado a la vez, y aquellos ojos violetas —inusuales, magnéticos— atrapaban la atención sin pedirla. No había dulzura en ellos, tampoco arrogancia, solo una seguridad serena que desarmaba cualquier prejuicio. A los ojos de Eliot, el contraste era desconcertante. Siempre había admirado la fuerza arrogante de los alfas, ese tipo de presencia que llenaba la sala sin pedir permiso. Seiya, en cambio, tenía un rostro demasiado fino, casi propio de un omega, y un cuerpo que carecía de la corpulencia que Eliot solía desear. Pero entonces estaba ese algo más, invisible e imposible de negar: un magnetismo que lo envolvía y lo hacía imposible de ignorar. Era delicado en apariencia, sí, pero la energía que emanaba era la de un depredador seguro de sí mismo. Y esa contradicción, lejos de desanimarlo, le resultaba peligrosamente atractiva Akira tomó la palabra, su voz grave imponiendo silencio en la sala. —Señores, les presento a mi nieto, Seiya Kurosawa. Desde hoy será parte activa de esta mesa, y el futuro de Oshōri. El joven dio un paso al frente. Su reverencia fue impecablemente educada, pero no había nada sumiso en el gesto; parecía más bien el saludo de alguien acostumbrado a ser mirado con respeto. Cuando alzó la cabeza, sus ojos violetas recorrieron la sala con calma, sin prisa por agradar a nadie. —Es un placer conocerlos. Cuento con su guía y espero que podamos aprender unos de otros, pero también confío en que, juntos, llevaremos a Oshōri más lejos de lo que mi abuelo soñó. No era un timbre potente, ni mucho menos el rugido de un alfa, pero su profundidad tenía un peso extraño, como una corriente que se colaba por debajo de la piel. Era el tipo de voz que podía hacer que una sala entera se inclinara hacia adelante para escucharlo. La presentación avanzaba con fluidez. Seiya, firme tras la mesa central, respondía a los accionistas con esa calma estudiada que parecía innata. Mostraba gráficas, hablaba de proyecciones de mercado, de la necesidad de invertir en innovación textil sin abandonar la tradición. Cada cifra, cada término, salía de su boca sin titubeos, como si llevara años en aquel puesto. Los murmullos que antes eran escépticos se fueron tornando en gestos de aprobación. Algunos inclinaban la cabeza, otros anotaban con premura, el joven mantenía el ritmo, modulando su voz sin prisa, sin excesos, pero con esa profundidad que obligaba a escuchar. En un momento de pausa, al recorrer la mesa con la mirada, lo encontró. Eliot Foster. No hablaba ni intervenía, no disimulaba con un gesto social. Solo lo miraba. Una fijación seca, contenida, que no buscaba animarlo ni hundirlo: quería desnudarlo. Seiya sostuvo ese cruce de miradas más de lo prudente y una chispa le recorrió la nuca. No era miedo ni incomodidad, era deseo. Aquel hombre no necesitaba realizar ningún gesto para imponerse, con estar ahí, con mirarlo así, lo volvía consciente de cada movimiento, de cada palabra. Un accionista concluyó su comentario con un gesto de aprobación hacia Seiya, y la sala parecía inclinarse a su favor. Fue entonces cuando Eliot alzó la mano con parsimonia, sin alterar el tono general de la reunión. —Señor Kurosawa —su voz grave llenó la sala sin necesidad de elevarse—, nadie puede negar la solidez de sus cifras ni la claridad de su exposición. Sin embargo, me preocupa algo más elemental. Usted ha pasado sus años de formación en Japón, un mercado con dinámicas culturales y empresariales muy distintas. Aquí, en Italia, la competencia se mide con otras armas, negociación directa, tradición de gremios, la presión de clientes que llevan generaciones trabajando con nosotros. Hizo una breve pausa, la suficiente para que el peso de sus palabras calara. —Permítame ser franco, la teoría es impecable en cualquier idioma, pero la práctica en este país exige colmillo. ¿Cómo piensa compensar esa evidente falta de conocimiento sobre el terreno local? Las miradas se volcaron a Seiya. No había burla en la voz de Eliot, tampoco violencia; era peor que eso. Era la elegancia de quien parecía ofrecer una observación legítima, cuando en realidad buscaba exponerlo frente a todos. Seiya inclinó apenas la cabeza, sin perder la serenidad. —Agradezco su franqueza, señor Foster. Es cierto, Japón y Milán no se parecen en nada… pero los números no tienen pasaporte. —Hizo una breve pausa—Mi abuelo comenzó a confiarme encargos cuando aún estudiaba. Al principio eran pequeñas negociaciones, luego contratos de mayor peso. Tokio me obligó a medirme con proveedores de tres continentes y a cerrar acuerdos en mercados donde Oshōri ni siquiera tenía presencia. Un murmullo recorrió la mesa, como si los accionistas comprendieran que Akira no lo había traído “en blanco”. Entonces giró hacia Eliot, un destello casi insolente en sus ojos violetas. —Si algo me enseñó Japón es que la tradición no sobrevive sin adaptarse. Italia es cuna de la excelencia textil, pero también un terreno donde se puede innovar. Estoy preparado para cuidar de ambos. El joven respondió con calma y precisión, sin titubeos. Eso arrancó un murmullo de aprobación en la mesa, hasta que uno de los accionistas veteranos, con tono paternalista, intervino: —Interesante lo que dice el muchacho… aunque no cabe duda de que aún tiene mucho por aprender. La frase quedó flotando y Seiya alzó la vista, justo a tiempo para atrapar la reacción de Eliot. Ahí estaba, erguido en su silla, severo, con ese aire de hombre que imponía disciplina con solo cruzar los brazos. Rígido como un padre demasiado estricto, con esa clase de presencia que obligaba a los demás a obedecer sin chistar. Para Seiya era una visión que lograba encenderlo; su mente se desvió sin permiso, lo imaginó sentado con ese porte imponente, él mismo sobre sus piernas, recibiendo nalgadas hasta que se le borrara la altanería a golpes o quizá inclinado sobre esa mesa, con Eliot corrigiéndolo como a un muchachito rebelde. El cosquilleo fue tan vivo que tuvo que morderse el labio para no soltar una risa nerviosa. Sonrió apenas un segundo, un gesto pícaro que disimuló enseguida bajo un aire neutro, justo cuando Eliot se inclinaba hacia adelante, preparado para arremeter; apoyó los antebrazos en la mesa y dejó caer las palabras con la mesura de quien mide cada paso. —La arrogancia de la juventud suele confundir seguridad con experiencia. Aquí no se premian los discursos, se mide la experiencia real. Seiya lo miró un segundo, sin prisa, y alzó la barbilla. —Curioso —dijo, con la voz baja y cortante—. Usted acaba de tomar la presidencia de Cuoressi; puedo equivocarme, pero me parece que también es relativamente nuevo en ese puesto. El salón contuvo el aliento. La frase fue un puñetazo breve: no apelaba a números ni a títulos, solo a un hecho que redimensionaba el ataque de Eliot. Algunos socios sonrieron con dureza; otros cambiaron la mirada, sorprendidos por la simplicidad de la réplica. Eliot permaneció inmóvil, la mirada afilada. Por primera vez en la mañana, la sala percibió que la conversación ya no sería solo protocolo. No apartó la mirada. El murmullo de la sala se desvaneció frente al silencio que se estiraba entre ellos. En su rostro apareció una sonrisa leve, cargada de ironía, que no era la de un hombre humillado sino la de un depredador intrigado. Aquel mocoso había osado devolverle el golpe en público… y lejos de sofocar su furia, el descaro lo encendía más. No solo quería verlo rendido en el tablero corporativo; deseaba arrancarle esa sonrisa insolente, empujarlo hasta el límite y hacerlo aprender a la fuerza qué significaba enfrentarlo. Se reclinó en la silla con calma calculada, tamborileando apenas los dedos sobre la mesa. No dijo nada más, pero en el aire quedó claro que el juego acababa de empezar.






