Mundo ficciónIniciar sesiónNick Brown, un joven de 22 años, llega al Hotel-Romaní con la esperanza de empezar una nueva vida lejos de su pasado. El ambiente tranquilo y los nuevos rostros parecen augurar un buen comienzo. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que su reflejo en el espejo comienza a comportarse de manera extraña y, eventualmente, cobra vida. Lo que parece un fenómeno paranormal sin explicación, resulta estar conectado a una tragedia antigua: el reflejo es en realidad la proyección del hijo fallecido del dueño del hotel, Eliot Garden. Tras su pérdida, Eliot ha buscado incansablemente una forma de traerlo de vuelta, y los espejos del hotel guardan un secreto oscuro: pueden abrir un portal entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Sin saberlo, Nick se ve atrapado en una lucha entre luz y sombra, vida y muerte. Mientras se acerca a la verdad, tendrá que decidir en quién confiar y cómo evitar que su reflejo lo reemplace para siempre. En el Hotel-Romaní, nada es lo que parece, y a veces... dejarse llevar, puede tener un precio demasiado alto.
Leer másLa idea de vivir solo es completamente suya. No nace de una pelea, ni de una imposición, sino de una necesidad física de silencio. Esa mañana, Nick no lo duda; toma el teléfono, marca el número de una empresa de mudanzas barata y solicita un camión. El vehículo llega en apenas media hora, un gigante de metal oxidado que frena junto al cordón de la vereda con un quejido hidráulico. Dentro de la casa, su madre se mueve con pasos lentos, arrastrando un dolor mudo que se le nota en la rigidez de los hombros. Ella, con el corazón apretado por una nostalgia anticipada, ya tiene empacada buena parte de la ropa de su hijo en cajas que huelen a cinta de embalar. Nick se encarga del resto en un mutismo estricto. Envuelve las lámparas, apila los libros de hojas gastadas y mete sus pertenencias en bolsas de consorcio, tratando de disimular la fina capa de sudor y ansiedad que le humedece las manos. Sabe que cada caja cerrada es un corte limpio.
Cuando todo está listo, madre e hijo salen juntos a la calle. Ella camina unos pasos detrás, con los ojos fijos en el suelo húmedo, conteniendo las lágrimas para no incomodarlo. Le cuesta aceptar el hecho crudo: su hijo deja el hogar en el que creció, el espacio seguro donde sus pasos eran predecibles. Nick la abraza con fuerza antes de abrir la puerta del auto. Siente la fragilidad de sus huesos bajo la tela del suéter. Le promete que la va a llamar en cuanto llegue, que no hay nada de qué preocuparse. Se sube a su auto rojo, pone el motor en marcha y parte hacia lo que espera sea, por fin, el comienzo de una etapa despojada de las sombras del pasado.
El viaje por la autopista se vuelve monótono. El zumbido de las cubiertas contra el asfalto funciona como un analgésico hasta que el teléfono celular vibra en el asiento del acompañante. El nombre de su madre brilla en la pantalla. Nick estira el brazo y atiende, sin apartar los ojos de la ruta.
—Solo quería saber si llegaste bien —dice ella, y su voz suena distorsionada por el parlante, cargada de un temor que no puede camuflar.
—Todavía no, pero estoy cerca, má. Todo está bien por acá, el tránsito está despejado.
Ella suelta un suspiro aliviado, un soplo de aire que Nick casi puede sentir en el habitáculo cerrado del auto. Corta la comunicación con un toque rápido. Nick sabe perfectamente lo difícil que es para ella dejarlo ir, aceptar que el vacío es definitivo. Pero también sabe, con una certeza fría que le golpea las sienes, que ha llegado el momento de ser independiente, de habitar un espacio donde nadie conozca sus vicios ni sus horarios. Con esa idea fija en la mente, una palabra que repite como un mantra de supervivencia, continúa el camino hacia el Hotel Romaní.
El auto rojo dobla la esquina y se estaciona frente a la fachada gris y descascarada del hotel. Nick apaga el motor, pero no baja de inmediato. Se queda unos segundos con las manos apoyadas en el volante, observando a través del parabrisas sucio.
A pocos metros de su posición, el aire parece cortarse con un cuchillo. Un hombre de campera oscura discute acaloradamente con dos empleados de seguridad en la entrada del edificio. Su actitud es netamente agresiva; sacude los brazos, invade el espacio personal de los guardias y grita palabras que el vidrio del auto amortigua. Nick frunce el ceño, pegando la espalda al asiento. Ve cómo la tensión aumenta en un parpadeo, obligando a otros dos empleados de mantenimiento a intervenir para frenar lo que parece un inminente estallido de violencia física.
De pronto, la puerta de vidrio del hotel se abre. Una mujer de pelo revuelto y rostro pálido sale al exterior con pasos torpes, alarmada por el griterío. Es Johana. Nick la observa fijamente, convirtiéndose en el único testigo silencioso de su humillación. A través del cristal, Nick lee el movimiento de sus labios: ¿Qué está pasando? El hombre se gira hacia ella, relaja los hombros en una transformación ensayada y estira las manos en un gesto que pretende transmitir tranquilidad. Nada, amor. Solo un malentendido, parece decir, pero su lenguaje corporal lo traiciona; tiene los puños cerrados detrás de la espalda.
Uno de los guardias interrumpe la escena, señalando al agresor con el dedo. Nick no necesita escuchar el audio para entender la dinámica: el esposo intentó agredir a uno de los empleados de la recepción. La reacción de la mujer es lo que le llama la atención a Nick. Johana lo mira con una decepción tan profunda que parece doblarle la columna. Nick presiente que esta no es la primera vez que ella se encuentra en ese rincón oscuro. El hombre, a quien los guardias llaman Max, tiene la mirada inyectada en una rabia antigua, el historial de un temperamento destructivo grabado en las arrugas de la frente. A pesar de las probables promesas de cambio que le habrá hecho en la intimidad, siempre regresa al mismo punto de partida.
Johana lo confronta en silencio, con una mirada que busca respuestas en una causa perdida. Otra vez, Max. Dijiste que habías cambiado..., descifra Nick en la distancia. El hombre sacude la cabeza, insiste en la teoría del malentendido, en que se malinterpretaron sus intenciones. Pero la llegada de un patrullero con las luces azules apagadas corta el drama. Dos oficiales bajan, le sujetan los brazos a Max con un movimiento mecánico y le colocan las esposas. Eso explíqueselo al juez, deduce Nick por el movimiento de la boca del policía.
Johana cierra los ojos un instante, aplastada por la frustración. Nick la ve quedarse inmóvil mientras los oficiales meten a su marido en el asiento trasero del patrullero. Ella lo sigue con la mirada, indecisa, atrapada en esa zona gris donde la costumbre, el miedo al vacío y los restos de un afecto enfermo la obligan a quedarse cerca del auto policial.
Nick decide que es momento de bajar. Abre la puerta del auto y el aire denso de la calle lo golpea en la cara, trayendo un olor a encierro y a tormenta inminente. Baja con una mezcla de nervios y entusiasmo que le tensa los músculos de las piernas. Ha esperado este momento durante demasiado tiempo como para dejar que la escena de dos extraños le arruine el día.
Detrás de él, los empleados de la compañía de mudanza comienzan a descargar sus pertenencias: la mesa de luz, las cajas rotuladas, el colchón envuelto en plástico. Nick se acomoda la campera y se adelanta hacia la recepción, esquivando la mirada desolada de Johana, que sigue parada junto al patrullero. Cruza el umbral del hotel. El vestíbulo es amplio, pero huele a humedad vieja y a desinfectante barato. Se acerca al mostrador de madera oscura y solicita la llave de su habitación, pero el recepcionista, un hombre flaco que no para de acomodarse los anteojos, le informa que el señor Garden, el dueño del hotel, se encuentra en este momento en el sótano intentando resolver un desperfecto grave en las cañerías.
Pacientemente, aunque con un fastidio sutil que le aprieta los dientes, Nick regresa a la entrada para avisar a los trabajadores de la mudanza sobre la demora. Se apoya contra el marco de la puerta de entrada. Desde ahí, su mirada vuelve a buscar la distancia. El patrullero arranca con un ruido seco, dejando a Johana sola en la vereda. A Nick no le gusta juzgar a la gente sin conocerla, pero algo en la actitud violenta de ese hombre le revuelve el estómago. Hombres así, que solo saben reaccionar con el golpe y el grito, no le inspiran más que desprecio. Le da pena la mujer, la obviedad de su desamparo, aunque sabe perfectamente que ese tipo de círculos viciosos no se rompen desde el exterior.
Mientras tanto, los trabajadores siguen bajando sus cosas en un silencio molesto, interrumpiendo el flujo de los demás huéspedes que observan la vereda con una curiosidad morbosa. Nadie interviene, nadie ayuda a Johana, pero Nick siente que la atmósfera del lugar se ha enrarecido, compactándose alrededor de sus pertenencias expuestas en la calle. Una brisa tibia, que llega desde los jardines descuidados del fondo del hotel, le trae un aroma extraño, agrio, que se le pega en la garganta.
Nick se guarda las manos en los bolsillos, mirando el cartel antiguo del Hotel Romaní que cruje sobre su cabeza. Sin saberlo, con el presentimiento clavado como una astilla en la nuca, empieza a comprender cuán profundamente extraño, hostil y asfixiante puede volverse este lugar que ahora llama hogar.
El Hotel Romaní se mantiene en pie bajo la luz difusa de la tarde con la misma apariencia de siempre: elegante, señorial, un tanto aristocrático en su decadencia, envuelto de forma permanente en un silencio que no incomoda los sentidos, sino que invita de manera sutil a escuchar más allá de lo evidente. Sus paredes de piedra y caoba parecen respirar al unísono con el viento que sacude los pinos del jardín exterior.Pero dentro de sus muros, en el tejido invisible que conecta cada habitación, algo ha cambiado de forma irrevocable.Nick ya no es el mismo joven frágil e inseguro que cruzó por primera vez sus puertas giratorias semanas atrás, arrastrando una valija cargada de culpas y buscando un rincón del mundo donde camuflar su existencia. Lo que encontró en este laberinto de azogue fue mucho más de lo que jamás imaginó, y significativamente menos de lo que tanto temía en sus noches de insomnio. No obtuvo respuestas científicas claras ni fórmulas mágicas para borrar el pasado; solo tran
En el epicentro de ese espacio informe y brumoso, donde las leyes de la física lineal parecen haber sido abolidas, Nick avanza arrastrando los pies hasta que la negrura líquida comienza a solidificarse bajo sus zapatos. El entorno muta con una rapidez geométrica hasta reproducir los detalles exactos de un escenario que reconoce con una punzada de nostalgia en el pecho: el living de su antiguo hogar de la infancia, con la luz de la tarde filtrándose por una ventana que ya no existe en el mundo real. Allí, sentado sobre las maderas del suelo en un rincón de sombra, se encuentra su propio yo más joven. El niño se abraza las rodillas con fuerza, ocultando el rostro, exhibiendo en la rigidez de sus hombros una postura de puro miedo, desamparo y absoluto abandono.Nick se aproxima despacio, cuidando de no quebrar la frágil ilusión de la memoria. Se arrodilla sobre el piso frente al pequeño, acortando la distancia física y temporal que los ha mantenido separados durante más de una década.—Lo
Nick se encierra en su habitación al caer la noche, impulsado por una determinación ciega y desprovista de las vacilaciones que lo han mantenido de rodillas durante las últimas semanas. Ha tomado una decisión irrevocable: va a confrontar de una vez por todas el misterio del azogue. No está dispuesto a seguir tolerando las dudas corrosivas, las llamadas espectrales ni los informes crípticos de la gerencia. Necesita una respuesta definitiva, aunque el precio sea su propia cordura.Apaga cada una de las luces del departamento, sumiendo el espacio en una oscuridad total que solo es quebrada por la claridad mortecina que asciende desde los faroles de la calle. Toma asiento en la silla de madera, justo en el centro geométrico de la sala, frente a la superficie plomiza, y se dispone a esperar. Minuto tras minuto, el segundero del reloj de pulsera avanza en la penumbra sin que la réplica registre la menor alteración. Su imagen permanece allí, imitándolo en la inmovilidad. Sin embargo, Nick per
Nick no logra conciliar el sueño en toda la noche. El colchón se siente como una superficie hostil y cada vez que entorna los párpados por el cansancio, la imagen de su propio reflejo desfasado emerge de la oscuridad, extendiéndole la mano izquierda con esa parsimonia líquida desde el otro lado del espejo. Experimenta una fractura interna insoportable: una parte de su psiquismo, desgastada por la fatiga, anhela entregarse por completo a la anomalía para terminar con la incertidumbre, mientras que su instinto de preservación más primitivo se resiste con todas sus fuerzas, aferrándose a los bordes de la realidad.Al amanecer, incapaz de seguir tolerando la opresión de las cuatro paredes, decide salir a caminar por el jardín interno del hotel. El aire fresco de la mañana, cargado del olor a tierra húmeda y hojas caídas, le ayuda a despejar la bruma de la mente. Se sienta en una banca de hierro forjado, con el cuaderno de t***s negras entre las manos. Al abrirlo para repasar sus notas de l
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