Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl motor del auto ronroneaba con calma mientras el joven atravesaba las calles iluminadas de Milán. Todavía podía sentir aquella tensión en el cuerpo, el eco de una voz grave y una mirada que había querido dominarlo. Y, aunque se juró que no volvería a pensar en eso, cada vez que parpadeaba lo recordaba demasiado cerca.
Apretó el volante con los dedos, como si quisiera borrar la sensación, pero no pudo. La sonrisa ajena, el peso del desafío, el silencio que había quedado entre ambos... todo seguía ahí, ardiendo bajo la piel.
Cuando por fin llegó a casa, el cansancio no bastó para apagar el pulso acelerado; el ascensor se detuvo en el último piso y, apenas abrió las puertas, entró al Penthouse. El aire olía a dulzura, y antes de que pudiera dejar el abrigo, lo recibió una Omega de cabellos ondulados color cobre y mirada cálida. Se levantó apenas lo vio, avanzó hacia él con gracia y lo envolvió en un abrazo que parecía prometer refugio. Sus labios se curvaron en una sonrisa de bienvenida, y con un beso suave en la comisura le susurró:
—Bienvenido, cariño... ¿ya cenaste?
—Sí —respondió él, con un dejo de cansancio—. Tuve una cena con el abuelo.
La sonrisa de la Omega se ensanchó, como si la respuesta bastara para dejarla tranquila. Apenas iba a tomarle la mano cuando, desde atrás, unos brazos firmes lo rodearon por completo, pegándolo contra un cuerpo que irradiaba calor. El roce en su cuello lo estremeció: el beso de un Alfa, seguro y posesivo, que murmuró contra su piel:
—Bienvenido a casa, mi amor... ¿cómo estuvo tu día?
El aire en el Penthouse se impregnaba poco a poco de feromonas: la dulzura cálida de una Omega que abrazaba y mimaba, y el olor fuerte de un Alfa que marcaba presencia con cada roce en la piel del Enigma. Ambos olores se entrelazaban con la nota licorosa y peligrosa que él mismo liberaba, como un sake dulce en medio del cuero y la almendra.
—Hoy fue un buen día... —respondió, mientras unos dedos ágiles desabrochaban los botones de su camisa—. Le cerré la boca a un par de viejos presumidos.
La Omega rio suavemente, acariciándole el pecho con ternura.
—Estoy muy orgullosa de mi esposo.
El Alfa, que no soltaba su cintura, besó su hombro desnudo y preguntó con picardía:
—¿Y cómo fue? Cuéntanos.
Él soltó una risa baja, ladeando el rostro para mirar a ambos.
—En la junta me estaban esperando con los arcos y las flechas listos para cazarme... pero fui rápido, se quedaron con las manos vacías.
El Alfa soltó una carcajada, bajando la mano hasta el cinturón.
—Puedo imaginar sus caras al ver que Bambi se les escapó.
Los tres rieron. El Enigma aprovechó ese instante para dejarse caer contra el pecho del alfa, permitiendo que la Omega terminara de abrirle la camisa mientras el Alfa lo despojaba del saco.
—Hubo uno en particular que estaba muy dolido... —añadió, con un brillo travieso en la mirada.
La Omega levantó la vista, curiosa.
—¿Quién? ¿Por qué lo dices?
—El CEO joven de Cuoressi... —respondió él, bajando la voz como quien comparte un secreto—. Seguro se sintió intimidado, por que llego alguien más joven, y ahora sabe que tiene competencia.
La Omega rio con una mezcla de ternura y burla, mientras el Alfa aprovechaba para desabrochar la correa y dejar caer el pantalón al suelo. El ambiente se volvió más espeso, el aire ardía con la mezcla de olores que solo ellos tres podían crear.
Lo empujaron suavemente hacia la habitación; el Enigma iba en medio, llevado por la risa y el roce de manos que lo reclamaban como suyo, la Omega lo tomó de la mano, guiándolo hacia la cama, mientras el Alfa lo mantenía sujeto por la cintura, besándole el cuello y dejando en el aire su aroma intenso de cuero y pimienta.
Cayeron sobre las sábanas enredados, y la habitación se llenó de olores que competían entre sí, pero siempre terminaban girando alrededor del sake dulce y magnético del Enigma. Él, con una sonrisa traviesa, extendió una mano hacia cada lado: dedos suaves acariciando la mejilla de la Omega, la otra enredada en el cabello del Alfa. Los tres se buscaban con besos y roces, como si hubieran nacido para esa coreografía.
Entre caricia y caricia, la voz grave del Alfa rompió el murmullo.
—¿Y cómo es ese tipo? ¿Al menos atractivo?
El Enigma rio contra los labios de la Omega, y respondió sin dejar de acariciar al otro.
—No está nada mal. Un alfa dominante... alto, hombros anchos, pelo oscuro y corto, ojos oscuros tan severos como los de un juez, tiene un buen porte.
La Omega sonrió, subiendo la mano por el pecho de su esposo.
—Entonces parece guapo.
—Lo es —admitió él con descaro, para luego reírse—, pero es tan arrogante que arruina el cuadro. Quiso llamarme niño delante de todos los viejos. Así que tuve que recordarle su lugar colmo novato.
La carcajada del Alfa resonó como un trueno, y la Omega se unió, escondiendo su risa contra el cuello del Enigma. Las feromonas de los tres se mezclaron aún más, la almendra dulce y la miel ligera de ella, el cuero encendido de él y ese sake dulce que emanaba del centro de todo.
—Bien hecho querido esposo —dijo el Alfa, orgulloso, antes de morderle suavemente el hombro—. Es bueno recordarle a un presumido en su sitio.
El Enigma ladeó la sonrisa, disfrutando de los besos que le llovían.
—Lo más gracioso de todo... es que, en cada gesto suyo, en cada incomodidad, pude notar que le gustaba lo que veía.
La Omega lo acarició como si fuera una joya y susurró:
—Eso es normal, amor. Eres guapo y magnético. Todos caen.
El Alfa soltó una risa ronca.
—Esos tipos arrogantes son siempre iguales, parecen perritos que ladran y ladran... solo para que alguien los acaricie.
Las risas volvieron a llenar la habitación, mezclándose con el calor húmedo de las feromonas que impregnaban las sábanas, mientras las manos seguían recorriendo piel y los besos se multiplicaban, como si la conversación misma fuera parte del juego.
El aire estaba tan cargado que casi se podía morder. Las feromonas chocaban, se mezclaban y se potenciaban; el enigma aportaba su incienso cálido y envolvente, mezclado con las notas dulces del sake y la profundidad terrosa del sándalo; el alfa emanaba cuero ardiente y la chispa picante de la pimienta roja marcaron su presencia y ella brotaba un dulzor cremoso de almendra y un dejo dorado de miel ligera. La habitación era un torbellino embriagante, donde el enigma era el centro de la órbita.
La omega yacía extendida en la cama, la piel encendida bajo las manos del enigma, que recorrían su cuerpo con precisión juguetona, arrancándole suspiros cada vez más hondos. Él se inclinaba a besarle el cuello, a morderle suavemente los labios, mientras una de sus manos descendía para provocarla más.
Detrás, el alfa lo tenía atrapado entre sus brazos, besándole la espalda, el hombro, el cuello, marcándolo con cada roce. Sus manos grandes se paseaban con seguridad por el torso y la cintura del enigma, empujándolo hacia delante, obligándolo a sentir la presión de su cuerpo contra el de la omega.
El enigma se dejaba hacer, atrapado entre ambos, riéndose suave contra los labios de la omega mientras al mismo tiempo jadeaba cuando el alfa lo apretaba más fuerte. Una mano para cada uno; con la derecha acariciaba el pecho suave de la omega, con la izquierda buscaba el muslo del alfa, provocándolo también, como si quisiera repartir el mismo fuego en direcciones opuestas.
El enigma siguió jugando con el cuerpo de la omega, haciéndola gemir suave mientras sus manos dibujaban caminos lentos por su piel. El alfa, detrás de él, lo mantenía atrapado entre sus brazos firmes, besándole la espalda, el cuello, la línea de la mandíbula con esa mezcla de fuerza y deseo que sólo un dominante sabía imprimir.
Entre jadeos, la omega buscó el rostro del enigma y lo besó con dulzura, mientras el alfa, con un movimiento suave les indicó que se movieran. El enigma obedeció con una sonrisa torcida aún con la omega prendida de su pecho, los guio hacia el borde de la cama donde el alfa ya se había sentado, cómodo en el centro del colchón.
El enigma se acomodó sobre los muslos firmes del alfa, dejando que la presión de sus manos lo guiara hacia su firmeza, mientras lo mantenía atrapado. La omega, se deslizó también, quedando sobre él, sus piernas abrazando la cintura con una naturalidad deliciosa.
Así, los tres cuerpos se encontraron en esa postura perfecta: el alfa al fondo, marcando el ritmo con la fuerza de su abrazo; el enigma en el centro, versátil, sintiendo la intensidad por ambos lados; y la omega arriba, suave y ardiente, como la cereza en ese pastel prohibido.
El enigma mantenía el cuerpo de la omega en sus manos, jugando con cada rincón sensible, conociendo de memoria sus puntos débiles. Cada caricia en su pecho la hacía arquearse y soltar un gemido suave, cada roce de su boca arrancaba un suspiro más alto. Ella no pudo resistir mucho: el primer clímax la alcanzó rápido, como una oleada, mientras el alfa y el enigma la sostenían. Pero el enigma no se detuvo. Volvió a provocarla, apretando, besando, pellizcando y mordiendo justo donde sabía que la hacía perder la razón. Ella tembló de nuevo, una segunda vez, aferrándose a su cuello como si se hundiera en un mar sin fondo.
El alfa gruñó satisfecho, su olor avivado por la visión de ambos estremeciéndose. El enigma, atrapado entre la presión del alfa detrás y la entrega de la omega delante, empezó a perder también su compostura. Aunque su cuerpo era fuerte y su control férreo, la doble estimulación lo quebraba poco a poco. Los jadeos se convirtieron en gemidos contenidos, su nuca húmeda de sudor contra el pecho del alfa. No tardó en estremecerse, un clímax intenso que lo dejó arqueando la espalda y mordiendo los labios de la omega para no gritar.







