Capítulo 6. Bésame como a De Martel

Habían pasado varios meses desde la campaña de invierno y, su efecto había sido satisfactorio. La segunda generación “La casta de Hierro”, ya hablaba de Seiya Kurosawa como de una leyenda en construcción. El heredero de Oshōri se había convertido en la cara fresca del lujo, reclamado por marcas de todo tipo, lo que lo había puesto en la mira del mundo de espectáculo internacional.

En las fiestas, en las sobremesas, en las reuniones de negocios, siempre había alguien que lo mencionaba, que lo celebraba, que lo señalaba como el ejemplo brillante de lo que ellos mismos aspiraban a ser. Así nació el apodo: “El Dragón Azul”.

Para todos era motivo de orgullo. Para todos, menos para Eliot Foster, para él, la fama de Seiya no era un ascenso, era un tormento. Lo veía en cada vitrina, en cada revista que quedaba olvidada sobre una mesa, en cada cartel iluminado que lo sorprendía al doblar una esquina. Lo perseguía como una maldición; lo peor no era verlo, sino recordar aquella azotea, aquellos besos compartidos con descaro, pero con ternura, la risa fácil, los amantes en plural.

Mientras el mundo lo llamaba Dragón Azul, Eliot lo rebautizaba en silencio con rabia contenida: el libertino azul. Una forma miserable de convencerse de que lo despreciaba, aunque cada fibra de su cuerpo gritara lo contrario.

Una noche de verano, intentó ahogar su estrés en un par de tragos junto a Cassian. El humo del tabaco y el murmullo del bar daban un respiro, hasta que su acompañante se inclinó hacia él con una sonrisa traviesa.

—Te tengo un chisme increíble.

Eliot lo miró de reojo y bebió con desgano.

—Sabes que no me interesan esas cosas.

—No, en serio, tienes que escucharlo —insistió Cassian, casi divertido—. Ni yo mismo lo creí cuando lo escuché.

Eliot no respondió, pero el gesto de su ceja bastó para darle permiso.

—Mi padre me contó que el viejo De Martel andaba borracho, presumiendo en la mesa que había besado al Dragón Azul. Que lo había atrapado en la oficina y... bueno, ya te imaginas.

El ceño de Eliot se endureció al instante.

—Qué tontería. Kurosawa no necesita besar viejos morbosos, le sobran amantes jóvenes.

Cassian se encogió de hombros, como si diera la razón, pero no del todo.

—Yo tampoco lo creí. Lo raro es que, según el viejo, Seiya no lo rechazó. Dijo que fue... dócil. Que hasta se estremeció, como si estuviera a punto de llorar con el beso.

Eliot lo miró fijo, incrédulo.

—Eso es imposible. Si alguien intentara algo así, Seiya le partiría la cara, no es un hombre dócil.

—Eso pensé yo —rio Cassian—. Pero el viejo juró por la memoria de su abuela que era cierto.

Cassian soltó la carcajada, divertido con lo absurdo del rumor. Eliot fingió acompañarlo, pero en el fondo la carcajada le supo a hierro, no le hizo ni pizca de gracia.

Los días siguientes a esa noche fueron un tormento. Eliot no podía sacar de la cabeza el rumor sobre el beso del viejo De Martel, cada vez que veía una publicidad con el rostro perfecto de Seiya, lo imaginaba en brazos de aquel hombre, estremeciéndose como había contado el maldito viejo y eso lo enloquecía. No sabía si quería mandar al infierno al vejestorio, o darle una bofetada al propio Seiya por dejarse besar de semejante hombre.

La rabia fue creciendo hasta convertirse en obsesión. ¿Cómo era posible que hasta ese viejo hubiera probado suerte, y él no? Seiya lo había llamado “señor” en público, lo había ridiculizado frente a todos... ¿y mientras tanto se dejaba besar por alguien que ya no podía ni sostener la copa en la mano?


Un mediodía, sin pensarlo demasiado, Eliot tomó impulso y se presentó en las oficinas de Oshōri. No se anunció, se saltó hasta el más mínimo protocolo y entró al despacho sin más.

Seiya estaba en su escritorio, revisando unos papeles. Levantó la vista al verlo se sorprendió un poco.

—¿Foster? —preguntó con calma—. ¿En qué puedo ayudarte?

Eliot se quedó parado en la mitad de la oficina, como si todavía estuviera decidiendo qué hacer. Había ido sin plan, sin excusa, movido solo por la rabia y las ganas de comprobar el rumor. La improvisación fue su única salida.

—Necesito... el informe de cierre —soltó, casi al azar.

Seiya arqueó una ceja.

—Ya lo tienes en tu correo. ¿No lo viste?

—A mí no me llegó nada —respondió Eliot, encogiéndose de hombros con la mentira más torpe del mundo.

Seiya sonrió con esa ironía fina que siempre usaba para incomodarlo.

—Entonces vas a tener que ir a revisarte los ojos, porque te lo envié ayer.

Se levantó con calma, rodeó el escritorio y se inclinó frente al computador.

—Ven, lo revisamos juntos —añadió, abriendo la bandeja de enviados.

Eliot se movió sin pensarlo. Le tomó la muñeca a Seiya con brusquedad, lo jaló hacia atrás y lo arrinconó contra la pared.

Los ojos violetas lo miraron con sorpresa, sin comprender del todo.

—¿Qué haces? —preguntó, incrédulo.

Eliot no contestó. Le pasó una mano por la cintura para asegurarlo, y con la otra le levantó la barbilla, como si quisiera dejarlo inmóvil. El whisky escocés de sus feromonas se expandió en el aire, seco y abrasador, buscando quebrarlo. Seiya ni parpadeó. Seguía mirándolo, expectante, como esperando ver hasta dónde llegaba.

Eliot acercó su rostro, milímetros de distancia, la respiración mezclada con la suya.

—¿Qué haces? — Repitió con calma.

Eliot no retrocedió. Lo besó. Fue un contacto breve, torpe, cargado de rabia. Seiya no respondió, pero tampoco lo apartó. Cuando el alfa se separó, aún con el corazón desbocado, lo encontró igual de relajado.

—Enserio Foster, ¿Qué haces? —repitió Seiya, sin alterarse.

—Quiero besarte... como De Martel —escupió Eliot, entre dientes.

El otro suspiró con desgano.

—Ah... era por eso. Tú también escuchaste ese cuento.

Eliot se tensó.

—¿Qué quieres decir con “también”?

—Que contigo ya van siete que vienen a probar suerte desde que el viejo abrió la boca —contestó Seiya, encogiéndose de hombros—. Ese anciano no sabe callarse.

—¿Entonces es verdad que te besó?

—Sí. El viejo es un sinvergüenza.

—¿Y por qué no lo detuviste?

—¿Para qué? Apenas aguanta de pie, ¿Qué hubiera pasado si lo tocaba? Además, tendría que darle explicaciones a mi abuelo de porque lo hice, así que no vale el desgaste; lo mejor era dejarlo ser feliz... antes de que se muera.

Eliot apretó los dientes, encendido.

—Eres un insensato sin cordura.

Seiya se encogió de hombros.

—Los besos son como el agua... no se le niegan a nadie.

Esa frase era un reto. Eliot lo sujetó de nuevo y lo besó con furia. Seiya se mantuvo inmóvil, de piedra, así que no tuvo más remedio que soltarlo, aunque permanecía indignado.

—¿Entonces, por qué a mí no me respondes? Dices que no le niegas besos a nadie, pero me tratas distinto.

Seiya lo miró sin pestañear.

—Yo no te negué que me besaras, eso ya lo hiciste. Pero que yo lo corresponda es distinto... Para eso tendrías que gustarme.

El silencio se clavó como un cuchillo. Eliot lo apartó con violencia.

—Es ridículo. Besas hasta a omegas simplones como Lior Valenne, pero a mí, un alfa dominante de buen porte, me desprecias.

Seiya sonrió con ironía.

—Lior es bonito, frágil, inocente. Dan ganas de besarlo para arrancarle la pureza. Tú, en cambio... eres un señor demasiado experimentado. No tiene gracia.

Eliot se encendió aún más.

—¿Tú me hablas de inocencia? Si cargas con dos parejas, de puro no tienes nada.

Seiya lo sostuvo con la mirada, sereno.

—Es cierto. Soy alguien que puede amar a dos. Pero no a tres, a ellos les debo mi lealtad.

Esa calma fue peor que cualquier bofetada. Eliot sintió la humillación arderle en la piel. Salió de la oficina hecho un volcán, dejando tras de sí el olor áspero de su rabia.

Al salir de la oficina, Eliot caminó sin rumbo fijo por los pasillos de Oshōri. Las secretarias lo saludaban y él ni siquiera las veía. Sentía todavía el peso de los ojos violetas en la nuca, la frialdad de esa voz diciéndole que no tenía gracia. ¿No tengo gracia?

La frase lo taladraba. Podía haberlo llamado arrogante, pesado, incluso violento. Pero sin gracia... eso lo destruía más que cualquier insulto. Se detuvo frente a un espejo del corredor y se observó como si viera a un extraño.

Alfa dominante, heredero de Cuoressi, respetado en cada sala... ¿y para Kurosawa no era másque un señor, un “experimentado” sin atractivo? Quiso reír, pero lo únicoque salió fue un gruñido. Esa humillación no se la perdonaría jamás.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP