Capítulo 3. No se vale repetir

Habían pasado seis meses desde la llegada de Seiya a Italia, y el murmullo de su nombre ya corría entre pasillos y sobremesas de la vieja guardia. Había dejado de ser “el nieto de Akira” para convertirse en el joven que demostraba, con precisión implacable, por qué el patriarca lo había elegido sucesor. Los viejos lo respetaban; los jóvenes lo miraban de reojo, intrigados por esa mezcla de genio precoz y misterio contenido.

La segunda generación —los herederos que empezaban a hacerse notar en negocios y sociedad— decidió que ya era hora de verlo en otro escenario. No en las juntas ni en los salones solemnes, sino en su terreno más íntimo: las fiestas donde celebraban sin necesidad de pretextos, solo porque eran jóvenes, ricos y dueños del mundo.

Fue Lucien Bellmont, hijo de un socio de Akira y anfitrión habitual de esos excesos, quien le extendió la primera invitación. Esa noche, en un salón privado de los Bellmont, Seiya se asomaba por fin al círculo de su generación.

Llegó acompañado de Raffaele Lombardi y Karina Rossi, uno a cada lado, como si llevara dos trofeos en exhibición. Nadie en el salón conocía a los acompañantes inesperados, un Alfa elegante de porte altivo de cabello rubio y ojos verdes; ella una Omega luminosa de ojos y cabellos castaño rojizo que irradiaba dulzura. Seiya, en cambio, ya era un rostro comentado; las miradas lo siguieron apenas cruzó el umbral.

Lucien Bellmont se adelantó con su sonrisa burlona, copa en mano.

—Traes excelente compañía —comentó, sin disimular la curiosidad.

Seiya inclinó apenas la cabeza, complacido.

—Sí, espero que no te moleste.

Lucien alzó los hombros.

—Todo bien. Disfruten del espacio.

El anfitrión los dejó libres, y Seiya avanzó con sus dos acompañantes hasta la barra. El trío se instaló entre copas y carcajadas, formando un pequeño foco de atención en la penumbra dorada del salón.

Desde el otro extremo, Eliot Foster no despegaba los ojos de la escena. Fingía conversar con Cassian Allen, pero cada gesto de Seiya lo mantenía tenso, como si el aire del lugar dependiera de sus movimientos.

Pasaron unos minutos y Lucien, en su papel habitual de anfitrión, comenzó a armar una de sus mesas de juegos. Unos se animaron de inmediato, otros prefirieron seguir de pie con su copa, pero la mesa fue tomando forma entre risas y comentarios.

Seiya, acompañado de Karina y Raffaele, se acercó con la calma de quien sabe que todos lo miran; el trío ocupó espacio en torno a Lucien justo cuando llegaban Paul Derval, Isabella De Luca y Lior Valenne, cuya presencia angelical levantó discretas miradas de curiosidad.

Eliot, todavía junto a Cassian, no tardó en decidirse.

—Vamos a ver qué se traen —dijo con un dejo de fastidio que intentaba sonar neutral.

Ambos avanzaron hacia la mesa, y en cuestión de segundos el círculo estuvo completo.

Lucien hizo tintinear su copa con una cucharilla hasta acallar las conversaciones en torno a la mesa.

—Bien, vamos a divertirnos —anunció, con esa sonrisa suya que siempre parecía estar tramando algo—. El juego es sencillo: preguntas rápidas. Si respondes, todo bien. Si no quieres responder, bebes... y le das un beso a alguien de la mesa. Pero ojo, no se vale repetir demasiado, hay que repartir.

Eliot arqueó una ceja, claramente despectivo.

—¿De verdad? Parece un juego bobo.

Isabella De Luca se inclinó hacia él con una sonrisa deliciosa.

—Lo que pasa es que tú eres aburrido.

La risa se extendió alrededor de la mesa, ligera, chispeante. Eliot la fulmino con la mirada, pero no dijo más.

Lucien levantó la mano para recuperar la atención.

—Perfecto, entonces. Las preguntas empiezan con Seiya, y de ahí seguimos en orden, de derecha a izquierda, y vuelta otra vez. ¿Estamos?

Los asentimientos se mezclaron con un murmullo de expectación. La mesa estaba lista.

Lucien alzó la ceja con picardía y, sin darle tregua, disparó la primera pregunta.

—Seiya, ¿tienes pareja?

El japonés se inclinó hacia su copa, bebió de un trago y, con una sonrisa pícara, giró hacia Karina. Le estampó un beso suave en los labios. La mesa estalló en risas, algunos en aplausos, y Karina escondió el rubor tras la copa.

Las preguntas siguieron, saltando de un lado a otro, mientras Eliot no apartaba la mirada. Era desconcertante verlo así, tan risueño, tan coqueto, tan libre. En las juntas se mostraba intocable, implacable, y ahora parecía un muchacho luminoso al que todos celebraban.

La ronda volvió a Seiya.

—¿Quieres llevarte a alguien de la fiesta a tu cama? —preguntó Lucien, regodeándose.

Seiya rio, alzó la copa y bebió. Giró otra vez hacia Karina, dispuesto a repetir, pero Lucien levantó la voz:

—¡No vale repetir!

Seiya suspiró exagerando el gesto y, sin previo aviso, se inclinó hacia Cassian para dejarle un beso suave en la boca. Cassian se ruborizo y se mantuvo rígido; la mesa entera exploto en carcajadas.

Eliot estaba rígido, con los nudillos apretados en torno a su vaso, no lograba asimilar esa imagen, Kurosawa saltando de un beso a otro como si fueran juegos de feria. Cada risa a su alrededor le raspaba los nervios; quiso reír también, fingir indiferencia, pero la escena lo había atravesado como una corriente eléctrica. No era solo enojo; era esa sensación animal de estar mirando algo que no le pertenecía, pero que había querido reclamar.

La ronda lo alcanzó a él.

—Eliot, ¿Quién de esta fiesta te gusta?

La pregunta cayó como un reto. Eliot frunció los labios, bebió despacio y, sin mirar a nadie más, tomó a Isabella de Luca y la besó. Ella recibió el gesto con elegancia, sin sorpresa. Cuando Eliot levantó la vista, buscó a Seiya... y lo encontró besando a Raffaele.

El corazón le dio un vuelco. ¿Qué demonios hacía besando a ese tipo? ¿Qué eran ellos dos? El desconcierto lo golpeó con violencia; nada de lo que creía entender tenía sentido.

La ronda regresó a Seiya.

—¿Qué te atrae más, los alfas o los omegas?

Seiya no respondió. Bebió con calma, se movió hacia Isabella y la besó como si la pregunta no mereciera palabras; la mesa volvió a estallar, celebrando su descaro. Eliot, hundido en su asiento, no sabía si reír con ellos o romper la copa entre las manos.

La ronda giró hacia Isabella.

—¿Quién de esta fiesta te gusta? —preguntó Lucien con una sonrisa ladina.

—Lior. — dijo sin vacilación.

El murmullo fue inmediato, risas y exclamaciones, mientras Lior bajaba la mirada con las mejillas encendidas. Isabella, encantada con la reacción, bebió un sorbo de su copa como si nada.

Luego llegó el turno de Eliot.

—Besar, casar y matar —le lanzó Lucien, disfrutando el momento.

Eliot se acomodó en el asiento, la mandíbula dura.

—Besaría a Isabella, me casaría con Seiya... y mataría a Lior. La carcajada fue unánime, un rugido que rebotó en las paredes. La tensión subió como humo. Eliot aprovechó para mirar a Seiya, esperando encontrar un gesto, un mínimo reflejo de sorpresa. En cambio, lo descubrió devorando a Karina en un beso largo, húmedo, descarado. Sintió que la rabia lo quemaba desde el estómago.

La ronda volvió a Seiya.

—¿Tu primera vez fue con un alfa o con un omega? —preguntó Lucien, con voz de cuchillo.

Seiya levantó la copa y la vació a fondo blanco. Se puso de pie. Caminó despacio, bordeando la mesa: pasó por Karina, por Cassian, por Isabella. Sus ojos se encontraron con los de Eliot; ese instante bastó para que el alfa creyera que por fin le tocaba a él. El corazón se le aceleró, el cuerpo se tensó.

Pero Seiya siguió andando. Pasó por Lucien... y se detuvo frente a Lior. Le tomó el rostro entre las manos y lo besó profundo, de lengua, con una lentitud calculada que mantuvo a toda la mesa en silencio expectante.

Eliot no pudo disimular la indignación. La mueca de rabia le desfiguró el rostro, demasiado visible, demasiado obvia.

Seiya terminó el beso y se giró hacia él, todavía con una sonrisa insolente.

—Lo siento, Eliot —dijo, claro, sin prisa—. Yo soy muy joven para besar a un señor tan experimentado como tú.

El estallido de risas fue inmediato, desbordado, cruel. Eliot intentó recomponer el gesto, tragar la furia y erguirse con dignidad, pero la mesa ya había elegido de qué lado divertirse.

Las risas seguían rebotando por el salón, cargadas de burla y euforia. Seiya volvió a su asiento como si nada, sereno, satisfecho, mientras Lior todavía buscaba aire con las mejillas encendidas.

Eliot permaneció rígido, la copa intacta entre los dedos. Fingió una sonrisa, pero la tensión en su mandíbula lo delataba. Por un instante no escuchó nada, solo el zumbido en los oídos. No sabía si era rabia o vergüenza lo que lo estaba ardiendo por dentro. El joven seguía sonriendo, y Eliot entendió que lo había hecho a propósito: cada beso, cada silencio, cada provocación, todo había sido un movimiento pensado para acabar con él y supo en ese instante que esa humillación no iba a olvidarla jamás.

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