Mundo ficciónIniciar sesiónLa primavera había llegado a Milán. La primera junta trimestral del año había sido densa, casi sofocante. Gráficas, balances, proyecciones de riesgo: el aire olía a tensión y a tinta fresca de contratos. Entre todo el desorden, Seiya había brillado como siempre. Sus números eran impecables, sus ajustes recientes mostraban un efecto positivo en las proyecciones de protección y, aunque los viejos lo escuchaban con gesto severo, nadie podía negar que sus cambios estaban funcionando.
Cuando la reunión se levantó, cada cual empezó a recoger papeles y portafolios. El murmullo del salón bajó en intensidad. Fue entonces cuando Seiya, sentado aún, sacó el teléfono, miró la pantalla y sonrió con un gesto breve.
—Ya terminé, cariño... voy a encontrarte ahora —dijo en voz baja, con esa calma insolente que parecía no conocer los muros.
Eliot, que se hacía el distraído guardando sus documentos, escuchó cada palabra con claridad. El estómago le dio un vuelco. ¿A quién le hablaba con tanto cariño? ¿Acaso Kurosawa tenía una pareja y él no lo sabía?
Seiya terminó de recoger sus cosas y, tras despedirse con cortesía de los pocos que quedaban —Eliot incluido—, salió hacia el pasillo. Eliot lo siguió a cierta distancia fingiendo ver su celular, los pasos firmes y calculados, como si solo coincidieran de camino.
El ascensor estaba abierto; Seiya entró sin mirar atrás. Eliot, desde fuera, alcanzó a ver cómo pulsaba un botón. El tablero digital marcó el destino: piso treinta y dos.
El ascensor se cerró con un chasquido metálico. Eliot apretó el botón de llamada y esperó, los ojos fijos en el número que seguía ascendiendo. Cuando la puerta se abrió, entró y presionó el mismo piso.
Después de un momento el ascensor se abrió con un sonido metálico y Eliot salió al pasillo del piso treinta y dos. Frente a él no había oficinas, sino una puerta de vidrio templado que daba paso a la azotea de los empleados: un espacio híbrido, mitad jardín, mitad comedor al aire libre.
El suelo estaba tapizado en piedra y más allá de un corredor estrecho se extendía un área verde con macetas altas, arbustos bien recortados y algunas mesas de metal con sombrillas. Era un lugar pensado para almorzar en los meses calidos del año o tomar aire en medio de la jornada, discreto, apartado del bullicio de los pisos bajos.
Eliot avanzó unos pasos. El aire fresco lo golpeó en el rostro, y de inmediato percibió voces. Bajó la velocidad, aguzó el oído. La vegetación y las sombrillas creaban sombras que ofrecían cobertura; si se mantenía en el borde del corredor, podía escuchar sin ser notado. Se deslizó hasta una columna revestida de enredaderas y, desde allí, la escena se abrió ante sus ojos.
Desde su escondite, el alfa distinguió a Seiya sentado en una de las mesas del jardín. Frente a él estaban los mismos dos rostros que recordaba de la fiesta en casa de Bellmont meses atrás: la Omega de cabello luminoso y el Alfa elegante que no se apartaba de ella. No sabía sus nombres, pero ahora ya no eran simples acompañantes de una noche.
Karina apoyó un recipiente sobre la mesa y lo deslizó hacia Seiya.
—Amor, te traje algo rico de comer —dijo con dulzura, aunque en su voz vibraba reproche—. No puedo creer que tenga que venir hasta aquí para verte. Podríamos estar en un buen restaurante, o en casa.
Seiya sonrió con calma, tomándole la mano con naturalidad.
—Lo sé, cariño. Yo también quisiera estar fuera de esta oficina, pero mi abuelo insiste en que me quede horas extras.
Raffaele soltó una risa baja, cruzando los brazos.
—Siempre el buen nieto. Algún día deberías enojar al viejo, a ver qué pasa.
Karina suspiró, ladeando la cabeza.
—A veces siento que ya no me amas lo suficiente.
Seiya se inclinó hacia ella, rozándole los labios con un gesto cariñoso.
—No seas tontita. Sabes que te adoro.
Raffaele arqueó una ceja, fingiendo molestia.
—Y yo, ¿qué? Empiezo a sentir celos, parece que amas más a Karina que a mí.
Seiya se volvió hacia él con la misma sonrisa insolente de siempre.
—No seas celoso. Mi corazón es lo bastante grande para amarlos a los dos.
Eliot parpadeó, incrédulo. ¿El corazón lo bastante grande para amar a dos? No, tenía que haber oído mal. Aquello era un chiste, un juego de palabras. ¿De qué demonios hablaba Kurosawa?
Se obligó a seguir escuchando. La escena se volvió aún más surrealista. Karina sostenía una cuchara y la acercaba a los labios de Seiya con ternura.
—¿Te gusta? Me esforcé en la cocina solo para hacerte feliz.
Seiya probó el bocado, sonrió complacido.
—Claro que sí. Siempre he amado tu cocina, cariño, estas a la altura de un chef internacional.
Raffaele soltó una risa seca.
—Siempre la halagas demasiado, tampoco es tan buena.
Seiya giró hacia él con gesto teatral.
—No te atrevas a cuestionar la comida de mi preciada esposa, su cocina es la mejor.
Karina sonrió con pudor. Raffaele arqueó una ceja.
—A mí no me halagas así, parece que en este matrimonio hay favoritos.
Seiya negó despacio, con esa insolencia que le era natural.
—Eso no es verdad. Karina es única con los platos fuertes, pero tú... tú eres el mejor con el postre.
Raffaele lo miró fijamente, una chispa traviesa en los ojos.
—¿Quieres el postre ahora?
Seiya se echó a reír, inclinándose hacia él.
—Claro que sí, dámelo ahora.
Raffaele no esperó más: lo tomó por la nuca y lo besó apasionado, un beso largo, húmedo, descaradamente íntimo.
Eliot se quedó clavado en su escondite, sin aire. Esposa... Matrimonio... ¿Qué demonios estoy escuchando? Kurosawa no estaba casado. ¿O sí? Y si lo estaba con la Omega... ¿Qué significaba ese beso con el Alfa justo frente a ella? Sintió que el piso le temblaba bajo los zapatos. Apenas podía respirar, el estómago se le revolvía con violencia; la escena delante de sus ojos era tan absurda que lo hacía sentir náuseas. No, esto no puede estar pasando. No es real. Tiene que ser una pesadilla.
Karina soltó una risita suave y se inclinó hacia Seiya.
—No me gusta que me dejen por fuera de los besos...
Se levantó y, sin pedir permiso, se sentó sobre una de sus piernas. Lo tomó del rostro y lo besó con hambre. Seiya respondió de inmediato, hundiendo la mano en su blusa hasta rozarle los senos sin disimulo.
—Si ella puede... yo también —intervino Raffaele con media sonrisa.
Se levantó y ocupó la otra pierna de Seiya, como si fuera su lugar legítimo; mientras Karina devoraba la boca del CEO, Raffaele inclinó el rostro y empezó a besarle el cuello, lento, posesivo, deslizándole las manos bajo el saco del traje.
Desde su escondite, Eliot sintió que el mundo le jugaba una broma cruel. Quiso apartar la mirada, pero estaba clavado en el espectáculo como un condenado. Cada caricia, cada beso, era un golpe más. La garganta se le cerró; un sabor amargo le subía desde el fondo, como si en cualquier momento fuera a vomitar.
Había visto a Kurosawa besar antes, jugar, provocar, burlarse de todos. Pero eso era distinto. Aquellos besos no eran desafío, eran ternura. Lo que lo golpeó fue entender que Seiya tenía corazón para dos... y él lo quería solo para uno. Para él.
El calor le subió a la cara, sentía la bilis ardiéndole en la garganta. ¿Qué demonios estoy mirando? ¿Por qué sigo aquí parado como un idiota? No podía soportarlo más, dio un paso atrás, luego otro, y casi tropieza contra la columna. Se obligó a darse la vuelta, con las manos temblándole mientras apretaba los papeles contra el pecho como si así pudiera contenerse.
Cada eco de risas y gemidos detrás de él lo perseguía por el pasillo. Eliot apretó los dientes, furioso consigo mismo. ¿Por qué demonios lo seguí? Se metió en el ascensor con la respiración agitada. Mientras las puertas se cerraban, supo que jamás olvidaría lo que acababa de ver, aunque lo deseara con toda el alma.







