Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa sede de Vortex Enterprises se alzaba como un monolito de cristal y acero en el corazón del distrito financiero, un monumento a la ambición que el padre de Aura había construido sobre cimientos de integridad y que Adrián estaba desmantelando con la precisión de un carroñero. Aura observó el edificio desde la ventanilla del coche blindado, sintiendo una punzada de nostalgia que reprimió de inmediato. Ese lugar ya no era el santuario de su infancia; era una escena del crimen decorada con alfombras persas.
Julian viajaba a su lado, revisando un último informe en su tableta. Esta mañana, él no la había tocado. Había una distancia profesional, casi clínica, que Aura encontraba más intimidante que su propio deseo. Él la estaba preparando para que ella fuera el centro de gravedad de la habitación, no un mero satélite de su poder.
—Recuerda —dijo Julian, su voz cortando el silencio del habitáculo como un bisturí—: no busques su odio. El odio es una emoción activa que puede darles fuerza, un combustible para la resistencia. Busca su miedo. El miedo es paralizante, es un ácido que corroe la voluntad desde dentro. Quiero que los dejes sin aliento antes de que tengas que abrir la boca.
Aura asintió, ajustándose los puños de su chaqueta gris ceniza. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de una desconocida: una mujer de mirada gélida y mandíbula firme. Al bajar del coche, el equipo de seguridad de Julian formó un cordón silencioso, una barrera de músculo y trajes oscuros que la aislaba del mundo exterior.
Caminar por el vestíbulo de Vortex fue como atravesar una galería de espejos rotos. Los empleados, muchos de los cuales la conocían desde que era una niña que corría por los pasillos con las manos manchadas de pintura, bajaban la cabeza o desviaban la mirada. El murmullo de las conversaciones cesaba a su paso, dejando tras de sí un rastro de incertidumbre y asombro. Aura no se detuvo a saludar. Cada paso, marcado por el eco rítmico de sus tacones de aguja sobre el mármol, era una nota en una marcha fúnebre para la reputación de su marido.
Cuando las puertas de nogal de la sala de juntas se abrieron, el aire se sentía denso, viciado por el olor a café recalentado y la tensión de los secretos a punto de estallar. Adrián estaba sentado en la cabecera, ocupando el sillón de cuero que perteneció al padre de Aura. Estaba rodeado por los accionistas minoritarios, hombres que Aura recordaba de cenas navideñas y que ahora se encogían bajo la sombra de la mala gestión de Adrián.
Beatriz, su madre, estaba sentada a la derecha de Adrián. Lucía un conjunto de perlas que Aura reconoció con una náusea repentina: era el collar de graduación que su padre le había regalado a ella, y que ella creía perdido tras la mudanza. Verlo en el cuello de la mujer que la había vendido fue la chispa final que incendió su compasión.
—¿Qué haces aquí, Aura? —preguntó Adrián, levantándose con una lentitud que pretendía ser amenazante, pero que solo revelaba su fatiga—. Esta es una reunión privada de la junta. No es un lugar para exesposas despechadas que buscan atención.
Aura no respondió de inmediato. Caminó hacia el extremo opuesto de la mesa, moviéndose con una parsimonia estudiada. Julian se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra el marco, observando la escena con la curiosidad de un dios que contempla el inicio de un cataclismo.
—Tienes razón, Adrián —dijo Aura finalmente, dejando su maletín sobre la mesa con un golpe seco que resonó en toda la sala—. No es un lugar para exesposas. Es un lugar para los dueños de esta empresa. Y según el registro de acciones actualizado a las ocho de esta mañana, yo represento el cincuenta y uno por ciento del capital votante, sumando mis acciones personales y las que han sido restituidas tras la anulación de los fideicomisos fraudulentos.
Beatriz palideció, sus manos volando hacia el collar de perlas como si temiera que el tacto de Aura pudiera arrebatárselo a través del aire.
—¡Eso es una infamia! —chilló Beatriz, su voz quebrándose en un registro agudo—. Yo misma firmé las transferencias legales. Todo está en orden. Silas no tiene poder aquí y tú menos.
—Firmaste un documento basado en una falsificación de la firma de papá, madre —la interrumpió Aura, proyectando su voz con una autoridad que hizo que los accionistas minoritarios se removieran incómodos en sus asientos—. Un documento que la fiscalía ya está examinando junto con el testimonio del notario que Adrián sobornó. Pero no he venido aquí a arrestarte. He venido a limpiar la casa de parásitos.
Adrián soltó una carcajada nerviosa, una risa seca que no llegó a sus ojos inyectados en sangre.
—Aura, por favor. No tienes ni idea de cómo funciona este negocio. Sabes pintar lienzos, no leer balances. Aunque tengas las acciones, yo tengo los contratos de gestión blindados. No puedes echarme así como así sin pagar una indemnización que esta empresa no tiene.
Aura abrió el maletín y sacó una carpeta de color rojo sangre. La deslizó por la superficie pulida de la mesa hasta que se detuvo frente a Adrián.
—No voy a echarte por la gestión, Adrián —dijo ella, inclinándose hacia delante—. Voy a declararte en quiebra técnica personal y profesional. Vane Holdings ha comprado la totalidad de tus deudas privadas y las de las empresas pantalla que creaste para desviar fondos de Vortex. Deudas que garantizaste con tu posición y tus opciones sobre acciones. Como no puedes pagar el margen de garantía que venció hace exactamente quince minutos, he ejecutado la cláusula de embargo.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío en el que solo se escuchaba la respiración agitada de Adrián. Él miró a Julian, quien le dedicó una sonrisa gélida, una expresión de triunfo tan puro que resultaba obsceno.
—Eres un hijo de puta, Vane —susurró Adrián, su rostro transformándose en una máscara de rabia pura.
—Y tú eres un incompetente, Adrián —respondió Julian desde la puerta, su voz resonando con una calma aterradora—. Perder una empresa es un error común. Perderla frente a la mujer que traicionaste y humillaste es una lección de justicia poética que voy a disfrutar cada segundo.
La furia de Adrián, contenida por años de pretensiones, estalló de repente. Empujó su silla hacia atrás y se abalanzó sobre la mesa, con la mano levantada y los ojos fuera de sus órbitas.
—¡Tú no eres nada sin mí! —rugió, su mano dirigiéndose hacia el rostro de Aura—. ¡Eres mi propiedad, mi creación!
Aura no retrocedió. No cerró los ojos. Por un instante, sintió la ráfaga de aire del golpe inminente, pero antes de que la mano de Adrián pudiera tocarla, la intervención fue quirúrgica. Dos de los guardias de Julian, que se habían movido como sombras, interceptaron a Adrián en pleno vuelo. Uno lo tomó por el brazo, girándoselo hacia la espalda con un crujido sordo, mientras el otro lo inmovilizaba contra la mesa, hundiendo su rostro contra la madera de nogal.
—¡Suéltenme! —gritaba Adrián, forcejeando inútilmente mientras su mejilla se aplastaba contra la mesa—. ¡Aura, vas a pagar por esto! ¡Casandra y yo nos reiremos de ti cuando estés en la calle!
Aura se inclinó sobre él, hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros. Pudo oler su miedo, una mezcla de sudor amargo y desesperación.
—Casandra ya se está riendo, Adrián —susurró Aura, su voz cargada de un veneno dulce—. Pero se ríe de ti. Se ríe porque ya sabe que el barco se hunde y ella ya está buscando a su próximo salvador. Lo que viste en tu cama no fue amor; fue el precio de su ambición. Y ahora, ambos se han quedado sin moneda de cambio.
Miró a los guardias y asintió.
—Sáquenlo de mi vista. Y asegúrense de que no se lleve ni un clip que pertenezca a esta compañía.
Mientras arrastraban a Adrián hacia la salida, él seguía gritando obscenidades y promesas de venganza, pero su voz se iba apagando a medida que se alejaba por el pasillo. Aura se giró entonces hacia su madre. Beatriz estaba encogida en su silla, pareciendo de repente una mujer mucho más anciana de lo que era.
—Aura, hija... por favor... —sollozó Beatriz, intentando usar su última arma: la culpa—. Soy tu madre. Cometí errores, sí, pero lo hice por la estabilidad de la familia. No puedes dejarnos en la calle. ¿Qué dirá la gente?
—La gente dirá que la justicia ha tardado, pero ha llegado —respondió Aura, sin un ápice de emoción en sus ojos—. Tienes una hora para recoger tus pertenencias personales. Si encuentro una sola joya que pertenezca al patrimonio de mi padre en tu bolso, añadiré el cargo de hurto a la denuncia por fraude.
Beatriz se levantó, temblando, y salió de la sala con la cabeza gacha, escoltada por uno de los hombres de Julian. Aura se quedó sola con los accionistas minoritarios, quienes la observaban con una mezcla de terror y un respeto servil nacido del instinto de supervivencia.
Aura caminó hacia la cabecera de la mesa. Sintió el tacto del cuero bajo sus manos. Lentamente, se sentó en el sillón que una vez ocupó su padre. Por un momento, el vacío en su pecho pareció llenarse con una oleada de poder puro, una embriaguez que nunca había experimentado con el arte.
Julian se acercó y se colocó detrás de ella, poniendo sus manos grandes y cálidas sobre sus hombros. La presión de sus dedos era firme, una caricia que también era una cadena.
—Lo has hecho perfecto, Aura —susurró él en su oído, su aliento erizándole el vello de la nuca—. Has reclamado tu trono. Pero recuerda: ahora que estás en la cima, todos los que están abajo son enemigos potenciales. Incluida tu hermana.
Aura echó la cabeza hacia atrás, mirando a Julian desde abajo. En la penumbra de la sala, sus ojos grises brillaban con una satisfacción depredadora.
—Casandra es la siguiente —dijo Aura, su voz endurecida—. Quiero que sienta cómo el lujo se le escurre entre los dedos hasta que no le quede nada más que el nombre que deshonró.
Julian bajó la cabeza y la besó. Fue un beso de conquista, de posesión mutua frente a los hombres que ahora dependían de ella. Aura se entregó a él, sabiendo que cada paso en esta dirección la alejaba de la luz del sol y la adentraba en el incendio de Julian Vane, pero en ese momento, el fuego se sentía como el único hogar que le quedaba.







