El amanecer tras la llamada de Silas no trajo consigo la luz, sino una penumbra mental que Aura no lograba disipar. Las palabras de su hermano —Él te puso en el camino de la destrucción para poder ser el que te salvara— daban vueltas en su cabeza como un buitre impaciente. Estaba sentada en la inmensa mesa de comedor de Julian, una pieza de granito negro que parecía un altar al minimalismo. Frente a ella, en lugar de lienzos o pinceles, había una pila de informes de auditoría, balances consolidados y un ordenador de alta seguridad.Julian apareció desde la cocina, vestido con una camisa negra de seda, con los botones superiores desabrochados, dejando ver el inicio del vello en su pecho y la intensidad de su presencia física. No llevaba corbata ni chaqueta; en la intimidad de su ático, parecía un depredador en reposo, pero no por ello menos letal.—Si vas a mirar esos papeles con miedo, mejor quémalos ahora —dijo él, dejando una taza de café solo frente a ella—. Los números no mienten,
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