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El olor a óleo y aguarrás solía ser el refugio de Aura, el único espacio donde el mundo cobraba un sentido vibrante y honesto. Pero esa noche, el aroma del jazmín caro y el sudor ajeno lo había contaminado todo.
Aura caminaba por el pasillo de mármol de su mansión en las afueras de la ciudad, sosteniendo una pequeña espátula de metal que se había olvidado de limpiar. Sus dedos estaban manchados de azul cobalto, el color de la melancolía que había estado intentando plasmar en el lienzo horas antes. Adrián le había dicho que llegaría tarde de la oficina, una reunión "vital" para la fusión de Vortex Enterprises. Ella, la esposa devota, la artista que él exhibía como un trofeo de elegancia y pureza, había decidido esperarlo despierta con una sorpresa: su retrato finalmente terminado.
Sin embargo, al acercarse a la suite principal, el silencio de la casa fue roto por un sonido que le heló la sangre. No era un quejido de dolor, sino de un placer voraz, animal y terriblemente familiar.
La puerta de madera de nogal estaba entornada. Un descuido. O quizás, un insulto deliberado.
Aura empujó la puerta con la punta de los dedos. La escena que se desplegó ante ella fue una puñalada de realismo sucio en su vida de acuarela. Sobre las sábanas de seda egipcia que ella misma había elegido, Adrián, su esposo, el hombre que le prometió que su amor era la única ley de su vida, estaba hundido entre las piernas de otra mujer.
El cuerpo de Adrián era una máquina de fuerza bruta, sus manos apretando con fuerza los muslos de la mujer mientras la embestía con una violencia rítmica y desvergonzada. Pero no fue la espalda de su marido lo que detuvo el corazón de Aura, sino el rostro de la mujer que colgaba del borde de la cama, con los ojos entornados y la boca abierta en un jadeo rítmico.
Era Casandra. Su hermana pequeña. La "niña dulce" que Aura había protegido de las críticas de su madre, a quien le había pagado la carrera de diseño con sus propias ventas de arte.
—Más fuerte, Adrián... —susurró Casandra, con una voz que destilaba un veneno dulce—. Hazme olvidar que ella estuvo aquí esta mañana.
Adrián soltó una risa ronca, un sonido que Aura no reconoció. No era el hombre caballeroso que le recitaba poesía en el jardín; era un depredador saciado.
—Ella nunca estuvo aquí, Cas —respondió él, su voz vibrando con una crueldad gélida—. Aura es solo el marco del cuadro. Tú eres la pintura que quiero ensuciar.
Aura sintió que el mundo se desdibujaba. El azul cobalto en sus dedos pareció quemarle la piel. No gritó. No lloró. Algo dentro de su pecho, algo que ella llamaba "alma", simplemente se quebró con el sonido seco de un cristal bajo una bota.
Dio un paso atrás, pero la espátula de metal resbaló de sus dedos manchados y golpeó el suelo de mármol con un eco metálico.
En la cama, el movimiento se detuvo en seco. Adrián se giró, su rostro cubierto de sudor y una expresión que pasó de la sorpresa a una irritación gélida en menos de un segundo. No hubo vergüenza. No hubo disculpas. Se apartó de Casandra con una lentitud insultante, sin molestarse en cubrir su desnudez.
—Aura —dijo él, su voz recuperando ese tono de mando que solía usar en las juntas de accionistas—. Deberías haber llamado antes de entrar.
Casandra, por el contrario, se sentó en la cama, dejando que las sábanas cayeran para mostrar su pecho marcado por las manos de Adrián. Una sonrisa lenta y maliciosa curvó sus labios.
—Vaya, hermanita... qué poco oportuna eres —dijo Casandra, estirándose como un gato satisfecho—. Supongo que el secreto duró más de lo que esperábamos, ¿verdad, Adrián?
—Vete de mi casa —susurró Aura. Su voz sonaba lejana, como si viniera del fondo de un pozo—. Casandra, lárgate ahora mismo. Adrián... tú...
—¿Tu casa? —Adrián soltó una carcajada seca mientras se ponía una bata de seda—. Aura, querida, creo que tu vena artística te ha hecho olvidar la realidad de los contratos. Esta casa, tus fondos, incluso el aire que respiras en este momento, pertenecen a la estructura legal de mi empresa.
Aura retrocedió, buscando el apoyo de la pared.
—Mi madre... ella no permitirá esto. Ella sabe lo que hemos construido.
—¿Mamá? —Casandra soltó una risita estridente—. Aura, ¿quién crees que sugirió que Adrián necesitaba una mujer de "sangre más caliente" para mantenerlo interesado en los negocios familiares? Mamá siempre supo que tú eras demasiado... etérea. Demasiado frágil. Ella prefiere a alguien que sepa jugar el juego.
El frío que invadió a Aura no era físico; era el frío de la traición absoluta. Su esposo, su hermana, su madre. Todos habían estado tejiendo una red bajo sus pies mientras ella pintaba ángeles.
—Eres un monstruo —dijo Aura, mirando a Adrián a los ojos.
Él se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, emanando ese aroma a sexo y poder que ahora le resultaba nauseabundo. Le tomó la barbilla con fuerza, sus dedos apretando hasta casi lastimarla.
—No, Aura. Soy un hombre de negocios. Y tú acabas de quedar fuera del presupuesto. Mañana recibirás los papeles del divorcio. Firmarás la renuncia a la herencia de tu padre como acordamos en las cláusulas que no leíste, y te irás de aquí con tus pinceles. Si intentas armar un escándalo, me encargaré de que no vuelvas a vender un solo cuadro ni en la galería más mugrienta de esta ciudad.
La empujó suavemente, un gesto de desprecio que dolió más que un golpe. Aura salió de la habitación, sus pies descalzos golpeando el frío mármol. Corrió hacia la salida, ignorando los gritos de burla de Casandra que resonaban por el pasillo.
Salió a la noche bajo una lluvia torrencial que empezaba a caer sobre la ciudad. No tenía llaves, no tenía dinero, solo el azul cobalto manchando sus manos. Se dejó caer de rodillas en el pavimento mojado, sintiendo que el fuego de la humillación la consumía.
Fue entonces cuando el rugido de un motor rompió el sonido de la lluvia. Un coche negro, largo y elegante como un depredador nocturno, se detuvo a pocos metros. La ventanilla trasera se bajó lentamente.
Desde la penumbra del vehículo, unos ojos grises, tan fríos y afilados como cuchillas, la observaron. Aura reconoció ese rostro de las portadas de economía y los susurros de terror en las fiestas de la alta sociedad.
Julian Vane. El hombre que Adrián temía más que a la propia muerte.
—Parece que el cuadro se ha manchado, Aura —dijo Julian. Su voz era un barítono profundo, suave pero con una autoridad que hacía vibrar el aire—. Sube al coche. Antes de que el frío te mate o de que yo pierda el interés en salvarte.
Aura miró hacia la mansión, hacia las luces encendidas de la habitación donde su vida acababa de ser destruida, y luego miró la mano enguantada que Julian le tendía. Sabía que aceptar esa mano era firmar un contrato con el abismo.
Pero el abismo, en ese momento, parecía mucho más acogedor que la familia que la había vendido.







