Mundo ficciónIniciar sesiónLa resaca de la victoria en la gala del museo era extrañamente más agotadora que el propio combate. Aura regresó al ático de Julian Vane sintiéndose como si hubiera corrido un maratón, no emocional, sino existencial. Cada fibra de su ser vibraba con la adrenalina de los enfrentamientos y la explosión sensual que había compartido con Julian. Sin embargo, en el silencio opresivo del ático, la euforia comenzó a disiparse, dejando paso a una inquietud sorda.
Julian no la siguió de inmediato al dormitorio. Permitió que Aura se preparara para la noche, una clara señal de que entendía la necesidad de procesar los eventos del día. Ella se desvistió lentamente, dejando caer el vestido rojo como una piel vacía. El collar de diamantes negros, que Julian le había quitado al regresar, ya no adornaba su cuello. Se sentía desnuda, pero no en el sentido de vulnerabilidad, sino de una nueva exposición brutal a la realidad de su vida. El baño de mármol negro la esperaba como un santuario. Se sumergió en el agua caliente, sintiendo cómo el calor penetraba en sus músculos tensos, intentando lavar no solo el rastro del maquillaje y el perfume, sino también la cruda intensidad de la noche.
Mientras el agua se enfriaba, Aura repasó mentalmente el rostro de su madre, la desesperación de Adrián, la envidia en los ojos de Casandra. La victoria era dulce, sí, pero también dejaba un regusto amargo en su boca. ¿Era esto lo que ella era ahora? ¿Una estratega despiadada, una depredadora social? La artista en ella, la mujer que una vez buscó la belleza en cada trazo, se sentía ajena a la persona que había caminado del brazo de Julian Vane.
Cuando salió del baño, Julian estaba sentado en la cama, apoyado contra la cabecera, con la espalda desnuda y musculosa expuesta. Solo llevaba unos pantalones de pijama de seda negra. En su mano, una tableta digital. Al verla, levantó la mirada. Sus ojos grises eran imposibles de descifrar.
—Has estado pensativa —dijo él, su voz un murmullo que apenas rompía el silencio.
Aura se detuvo a los pies de la cama, envuelta en una de las batas de seda de Julian.
—Lo que hice hoy... lo que dijiste que soy ahora... —comenzó ella, buscando las palabras adecuadas—. ¿Es esto lo que esperabas de mí? ¿Ser un arma?
Julian dejó la tableta a un lado y se sentó, girando para enfrentarla. Tendió una mano, invitándola a acercarse. Aura dudó por un instante, pero finalmente cedió, sentándose junto a él en la cama.
—Esperaba que encontraras tu fuerza, Aura. Y lo has hecho. Lo de hoy fue solo el primer acto. Tu madre está desquiciada, Adrián está en pánico y Casandra ya está buscando su próxima víctima —dijo él, su voz cargada de una extraña satisfacción—. Has demostrado que no eres un cordero, sino un lobo disfrazado de cisne. Y eso es lo que te hace tan fascinante.
Su mano subió por el brazo de Aura, trazando la piel desnuda hasta su hombro, y luego hacia la clavícula, justo donde había dejado su marca la noche anterior. Sus dedos se demoraron allí, una caricia leve pero cargada de significado.
—Esta noche no te pediré nada más que tu presencia —murmuró Julian, acercándose para besar su frente—. La guerra es agotadora. Necesitas descansar. Pero no olvides por qué estás aquí. No olvides la rabia que te llevó a mi puerta.
Se acostó, invitándola a recostarse junto a él. Aura se acurrucó, sintiendo la dureza de su pecho contra su espalda. El calor de su cuerpo era un consuelo inesperado. Cerró los ojos, sintiendo el ritmo constante de su respiración. Por primera vez en días, sintió una especie de paz, una tregua en el campo de batalla de su mente.
Fue entonces cuando su teléfono, que Julian había recargado y colocado en la mesita de noche, vibró con una llamada entrante. Era un número desconocido. Julian hizo un gesto con la cabeza, dándole permiso para contestar.
—¿Sí? —susurró Aura, la voz aún adormilada.
—Aura, soy Silas.
La voz de su hermano mayor la golpeó como una cubeta de agua helada. Se incorporó de golpe, la manta cayendo a sus pies. Julian la miró con atención, su expresión de repente tensa.
—¿Silas? ¿Dónde estás? ¿Estás bien? —preguntó Aura, la voz temblorosa.
—Estoy bien. Estoy en un lugar seguro. No puedo decirte dónde estoy, pero estoy vigilando de cerca todo lo que sucede —respondió Silas, su voz sonando grave y urgente—. Escucha, necesito que seas extremadamente cautelosa con Julian Vane.
Aura miró a Julian, que la observaba con una intensidad que le hizo sentir un escalofrío.
—¿Cautelosa? Él me está ayudando. Ha expuesto a Adrián y a mamá.
—Lo sé, lo sé. Y estoy agradecido por eso —dijo Silas con un tono de advertencia—. Pero Julian no hace nada sin un beneficio personal aún mayor. Él no es un salvador, Aura. Es un coleccionista. Y tú eres su nueva pieza más valiosa. Me envió los documentos que demuestran el fraude de mamá, sí, pero también me advirtió que no debía intentar sacarte de su órbita. Dijo que "había invertido demasiado" en ti.
El corazón de Aura dio un vuelco. Julian había invertido en ella, pero ¿como un ser humano o como una propiedad?
—¿Qué quieres decir, Silas? ¿Qué sabe Julian de mí que yo no sepa?
—Él es la razón por la que Adrián entró en pánico y se apresuró a despojarte. Julian ha estado acorralando a Adrián en el mercado desde hace meses. Él sabía que tu marido iba a intentar robarte, y lo dejó hacerlo. Te permitió ser vulnerable, Aura. Él te puso en el camino de la destrucción para poder ser el que te salvara.
Las palabras de Silas resonaron en el silencio de la habitación. Aura miró a Julian, que no había apartado la mirada de ella. Su rostro era inescrutable, pero en la profundidad de sus ojos grises, Aura vio una chispa de confirmación.
—Él te hizo un objetivo, Aura. Y ahora que te "salvó", te posee —continuó Silas, su voz cargada de una advertencia desesperada—. No dejes que el deseo o la venganza te cieguen. Julian es un hombre peligroso. Y su juego es mucho más grande y oscuro de lo que puedas imaginar.
Antes de que Aura pudiera responder, la llamada se cortó abruptamente. Se quedó con el teléfono en la mano, el sonido del silencio ensordecedor. La tranquilidad de la habitación se había roto. La paz que había sentido minutos antes se había evaporado, reemplazada por una sensación de terror frío.
—Silas es demasiado sentimental para este mundo —dijo Julian, su voz rompiendo el silencio. Se levantó de la cama, acercándose a Aura y tomando el teléfono de su mano. Lo dejó en la mesita—. Y tiene razón en una cosa. He invertido mucho en ti, Aura.
Se paró frente a ella, mirándola fijamente. La piel de Aura se erizó.
—¿Así que me hiciste un blanco? ¿Me dejaste caer para poder recogerme? —preguntó Aura, su voz apenas un susurro.
Julian asintió lentamente, sin una pizca de arrepentimiento.
—Cada movimiento en esta ciudad es una partida de ajedrez. Adrián era una pieza débil. Tú eras una reina dormida, con un valor incalculable que él no sabía apreciar. Yo solo te desperté, Aura. Te di la opción de caer en el abismo o de reinar sobre él. Tú elegiste lo segundo.
Se acercó a ella, sus manos en sus mejillas, forzándola a mirarlo a los ojos.
—Mi juego es oscuro, sí —dijo Julian, su voz bajando a un susurro que la envolvió—. Pero te garantizo que la victoria que te daré será absoluta. La pregunta es, Aura... ¿estás dispuesta a pagar el precio de ser mi reina? Porque una vez que entras en mi reino, no hay vuelta atrás.
Aura sintió la boca seca. La advertencia de Silas resonaba en sus oídos, pero la fuerza dominante de Julian era un imán. Él la besó entonces, y en ese beso, Aura sintió la promesa de un poder sin igual, mezclado con la conciencia de una servidumbre completa. La línea entre la venganza y la perdición se había borrado por completo.







