El amanecer tras la llamada de Silas no trajo consigo la luz, sino una penumbra mental que Aura no lograba disipar. Las palabras de su hermano —Él te puso en el camino de la destrucción para poder ser el que te salvara— daban vueltas en su cabeza como un buitre impaciente. Estaba sentada en la inmensa mesa de comedor de Julian, una pieza de granito negro que parecía un altar al minimalismo. Frente a ella, en lugar de lienzos o pinceles, había una pila de informes de auditoría, balances consolid