Capitulo 7

El amanecer tras la llamada de Silas no trajo consigo la luz, sino una penumbra mental que Aura no lograba disipar. Las palabras de su hermano —Él te puso en el camino de la destrucción para poder ser el que te salvara— daban vueltas en su cabeza como un buitre impaciente. Estaba sentada en la inmensa mesa de comedor de Julian, una pieza de granito negro que parecía un altar al minimalismo. Frente a ella, en lugar de lienzos o pinceles, había una pila de informes de auditoría, balances consolidados y un ordenador de alta seguridad.

Julian apareció desde la cocina, vestido con una camisa negra de seda, con los botones superiores desabrochados, dejando ver el inicio del vello en su pecho y la intensidad de su presencia física. No llevaba corbata ni chaqueta; en la intimidad de su ático, parecía un depredador en reposo, pero no por ello menos letal.

—Si vas a mirar esos papeles con miedo, mejor quémalos ahora —dijo él, dejando una taza de café solo frente a ella—. Los números no mienten, Aura. Las personas sí. Los números son la única verdad que queda cuando la moral se desvanece.

Aura levantó la vista. Sus ojos, antes llenos de la suavidad del arte, tenían ahora un brillo febril.

—Mi hermano dice que tú provocaste esto. Que acorralaste a Adrián hasta que él no tuvo más remedio que robarme para sobrevivir financieramente. ¿Es verdad?

Julian se sentó frente a ella, cruzando sus largas piernas. Se tomó un momento para observarla, como un profesor que evalúa si su alumna está lista para la lección más difícil.

—Adrián siempre fue un ladrón, Aura. Yo solo quité los obstáculos para que su verdadera naturaleza saliera a la luz —respondió con una calma que resultaba insultante—. Si un hombre es capaz de traicionarte porque se siente presionado por el mercado, nunca fue un hombre que mereciera estar a tu lado. Yo no creé su maldad; simplemente le di la cuerda suficiente para que se ahorcara solo. La pregunta es: ¿vas a llorar por el verdugo o vas a aprender a manejar la guillotina?

Aura apretó los puños bajo la mesa. La lógica de Julian era gélida, impecable y aterradora.

—Enséñame —susurró ella—. Enséñame a manejar la guillotina.

Las siguientes doce horas fueron un descenso a los infiernos del mundo corporativo. Julian no tuvo piedad. No la trató como a una protegida delicada, sino como a una subordinada que debía aprender o perecer.

Vortex Enterprises no es una empresa, es un ecosistema de deudas y favores —explicó Julian, señalando una gráfica en la pantalla—. Tu madre, Beatriz, ha estado usando el fondo de reserva para pagar el silencio de los antiguos socios de tu padre. Adrián, por su parte, ha estado inflando el valor de los activos inmobiliarios para obtener préstamos que nunca podrá pagar.

Julian se levantó y caminó detrás de ella. Sus manos se apoyaron en los hombros de Aura, y ella sintió el peso de su autoridad.

—Para destruirlos, no basta con quitarles el dinero. Tienes que quitarles la credibilidad. En este mundo, la percepción es la única realidad. Mañana, asistirás a la junta de accionistas de Vortex. No irás como la viuda en vida de Adrián. Irás como la dueña de la deuda que los va a asfixiar.

Él se inclinó, su aliento rozando la oreja de Aura, provocándole un escalofrío que mezclaba el pánico con un deseo oscuro y persistente.

—Pero antes de que puedas enfrentarte a ellos en la sala de juntas, debes enfrentarte a ti misma. Debes dejar de sentirte culpable por querer verlos sufrir.

Julian la obligó a levantarse y la condujo hacia la pared de cristal que daba a la ciudad. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja violento.

—Míralos —dijo él, señalando las luces que empezaban a encenderse abajo—. Miles de personas que creen que tienen el control de sus vidas. Pero solo unos pocos, como yo, movemos los hilos. Y tú, Aura, tienes el hilo de la familia Valente en tus manos. Tienes que tirar de él hasta que sus gargantas sangren.

La mano de Julian bajó de su hombro a su cintura, apretándola contra su cuerpo. Aura sintió la dureza de su anatomía, la promesa de una violencia sensual que siempre estaba a punto de estallar entre ellos.

—Julian... —susurró ella, girándose en sus brazos.

—No me llames para pedirme compasión —la interrumpió él, sus ojos grises clavados en los de ella—. Llámame para pedirme fuego.

Él la besó con una ferocidad que buscaba borrar cualquier rastro de duda. Sus manos recorrieron su cuerpo con una urgencia que no admitía negativas. En ese beso, Aura comprendió que Julian no solo le estaba enseñando sobre empresas; la estaba moldeando para que fuera un reflejo de su propia oscuridad.

Al caer la noche, mientras Julian atendía una llamada internacional en su despacho, Aura se refugió en la biblioteca. Necesitaba silencio, necesitaba reconectar con algo que fuera suyo. Encontró un bloc de notas y un carboncillo. Sus manos, antes expertas en crear belleza, empezaron a trazar líneas erráticas, oscuras, violentas. No dibujaba flores; dibujaba sombras, rostros desfigurados por la codicia, y un par de ojos grises que lo observaban todo.

Su teléfono volvió a vibrar. Un mensaje cifrado. Silas otra vez.

"Aura, no firmes nada que Julian te entregue sin que yo lo vea. Él está comprando la deuda de Vortex a través de una empresa pantalla en Chipre. No lo hace para devolvértela a ti. Lo hace para absorber Vortex en su imperio. Si firmas el poder de representación total, serás libre de Adrián, pero serás una prisionera legal de Vane para siempre. Él no quiere tu libertad, quiere tu lealtad absoluta. Escapa mientras puedas."

Aura dejó caer el carboncillo, manchándose los dedos de negro. Miró hacia la puerta del despacho de Julian. Lo veía a través del cristal: hablando por teléfono, moviéndose con la seguridad de un dios antiguo. ¿Era posible que Silas tuviera razón? ¿Estaba pasando de una jaula de madera a una de diamante?

Pero entonces recordó la risa de Casandra en su cama. Recordó la frialdad de su madre al entregarle los papeles del fideicomiso falso. Recordó el hambre que sintió cuando Julian la poseyó en el museo.

La libertad, pensó Aura, era un concepto relativo. ¿De qué le servía ser libre si estaba sola y derrotada? Si el precio de su venganza era pertenecer a Julian Vane, quizás era un precio que estaba dispuesta a pagar con gusto.

Julian salió de su despacho y la encontró en la biblioteca. Vio el dibujo en el bloc y una sonrisa lenta, casi imperceptible, apareció en su rostro.

—Parece que la artista está encontrando nuevos temas —comentó, acercándose a ella.

—¿Es verdad que estás comprando la deuda de mi familia a través de Chipre? —preguntó ella, sin rodeos.

Julian no se inmutó. No hubo sorpresa ni negación. Se detuvo frente a ella y le quitó el bloc de las manos, examinando el dibujo de sus propios ojos.

—Es verdad —dijo él—. Si la deuda permanece en manos de los bancos, ellos pueden negociar con Adrián. Si la deuda es mía, Adrián no tiene a dónde correr. Solo a mí. Y por extensión, a ti.

—Silas dice que me convertirás en tu prisionera legal.

Julian dejó el bloc en una estantería y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio con esa autoridad que la hacía flaquear y arder al mismo tiempo. La tomó de la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada.

—Tu hermano es un hombre que huye de las consecuencias. Yo las abrazo. Sí, Aura, si firmas, estarás ligada a mí. No habrá secretos entre nosotros, no habrá contratos que no controle. Pero a cambio, tendrás el poder de destruir a cualquiera que te haya hecho daño. Tendrás mi protección, mi fortuna y mi cuerpo a tu disposición.

Se inclinó hasta que sus labios rozaron los de ella.

—Prefieres ser una reina en mi infierno o una mendiga en el paraíso de tu hermano? —susurró Julian.

Aura no respondió con palabras. Rodeó el cuello de Julian con sus brazos y lo atrajo hacia ella en un beso desesperado, hambriento, que aceptaba todas sus condiciones. Él la levantó, sentándola sobre la mesa de la biblioteca, apartando los libros y los papeles con un movimiento brusco.

En esa habitación rodeada de conocimiento y secretos, Julian la tomó con una intensidad que bordeaba la violencia, una posesión que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba. Aura se entregó por completo, gritando su nombre en el silencio de la noche, sintiendo que con cada embestida, la vieja Aura se desintegraba y algo nuevo, más duro y brillante, nacía en su lugar.

Cuando el sudor se secó y el silencio regresó, Aura tomó el bolígrafo que estaba sobre la mesa. Sin mirar a Julian, buscó el documento de poder de representación que él le había dejado esa mañana.

Firmó con un trazo firme, elegante. Ya no era Aura la pintora. Era Aura, la aliada del diablo.

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