Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl silencio que siguió a la estrepitosa salida de Adrián de la sala de juntas de Vortex Enterprises no era un silencio de paz, sino uno de shock absoluto. Aura permanecía sentada en el sillón de cuero que aún conservaba el calor de la traición de su exmarido, sintiendo el peso de la mirada de los accionistas minoritarios. Eran hombres que habían prosperado bajo la sombra de su padre y que luego habían bajado la cabeza ante la tiranía mediocre de Adrián. Ahora, la observaban a ella como si fuera un espectro surgido del óleo y el aguarrás, una aparición de marfil y acero que acababa de ejecutar un golpe de estado financiero con una frialdad que ninguno de ellos creía que poseyera.
Julian Vane, de pie tras ella, mantenía sus manos sobre los hombros de Aura. Sus dedos se hundían levemente en la fina tela de su chaqueta gris, una presión que para los presentes era una señal de alianza, pero que para Aura era el recordatorio constante de que su libertad tenía un nuevo dueño. Ella podía sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia su espalda, una presencia sólida que la anclaba mientras el mundo que conocía se desmoronaba para dar paso a uno mucho más oscuro.
—La reunión ha terminado —declaró Aura, su voz resonando con una firmeza que no admitía réplica. No era una sugerencia; era un despacho—. Recibirán las nuevas directrices de gestión a través de la oficina de Vane Holdings antes de que termine el día. Aquellos que deseen cuestionar la legalidad de lo que ha sucedido hoy, pueden dirigir a sus abogados al departamento de litigios de Julian. Les sugiero que aprovechen este tiempo para decidir de qué lado de la historia quieren estar cuando el polvo se asiente.
Los hombres se levantaron apresuradamente, recogiendo sus pertenencias con movimientos torpes, evitando el contacto visual con Julian, cuya sonrisa gélida seguía fija en el vacío de la sala. Cuando la última puerta se cerró, el santuario de nogal quedó sumido en una penumbra artificial, iluminada solo por los reflejos del sol en los edificios vecinos que se filtraban por los ventanales.
Aura dejó escapar un suspiro que había estado conteniendo en el pecho. La adrenalina empezaba a descender, dejando tras de sí un temblor residual en sus manos. Julian se inclinó, deslizando sus manos desde sus hombros hasta sus brazos, hasta que sus dedos se entrelazaron con los de ella sobre la mesa.
—Has reclamado tu herencia, Aura —susurró él, su aliento rozando su oreja—. Pero un trono no es un lugar para descansar. Es una posición desde la cual se debe vigilar el horizonte. Adrián es un animal herido, y los animales heridos son impredecibles antes de morir. Pero ahora, tenemos un asunto pendiente que requiere una atención más delicada. Tu hermana.
Aura se giró en el sillón para quedar frente a él. La intensidad en los ojos grises de Julian era casi dolorosa. Él la observaba no como a una mujer a la que acababa de ayudar, sino como a una creación que estaba superando sus propias expectativas.
—Casandra no tiene nada —dijo Aura, sus palabras impregnadas de un rencor que se había cocido a fuego lento—. Dependía del dinero de Adrián y de la complicidad de mi madre. Ahora que ambos están fuera de juego, ella es solo una parásita sin un cuerpo al que aferrarse. Quiero que sienta cada segundo de su caída. No quiero que sea rápido, Julian. Quiero que sea una erosión.
Julian sonrió, una expresión depredadora que iluminó sus rasgos aristocráticos. Se alejó de ella y caminó hacia el mueble bar de la sala, sirviendo dos copas de un coñac ámbar que brillaba bajo la luz mortecina.
—Casandra ha estado viviendo en el ático de la Quinta Avenida, el que tú pagaste con tu primera exposición en París —dijo Julian, entregándole una copa—. Esta mañana, mientras tú te enfrentabas a Adrián, mis hombres han cambiado las cerraduras. Sus tarjetas de crédito, todas extensiones de las cuentas de Vortex, han sido dadas de baja. En este momento, ella está intentando pagar un almuerzo en el Ritz y descubriendo que su nombre ya no tiene valor comercial.
Aura tomó un sorbo del licor, sintiendo el fuego quemar su garganta. La imagen de Casandra, humillada frente a la élite que tanto ansiaba impresionar, le produjo una satisfacción oscura, un placer que sabía que debería asustarla, pero que solo la incitaba a más.
—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Aura.
—En camino a la mansión, probablemente —respondió Julian, acercándose de nuevo y tomando la copa de la mano de Aura para dejarla sobre la mesa. Su mirada bajó hacia los labios de ella—. Buscando el refugio que ya no existe. Pero no vamos a dejar que llegue allí sola. Quiero que veas el momento en que se dé cuenta de que el mundo que construyó sobre tu espalda se ha evaporado.
Julian la tomó de la cintura, levantándola del sillón con una facilidad que le recordó a Aura la disparidad de fuerzas entre ambos. La pegó a su cuerpo, y ella pudo sentir la dureza de su deseo, una tensión que siempre estaba presente, una corriente eléctrica que alimentaba su sed de venganza.
—Pero antes —continuó Julian, su voz bajando a un barítono profundo y cargado de intención—, necesito recordarte que este poder que sientes, esta victoria, es un regalo mío. Y los regalos de mi parte, Aura, se agradecen de una sola manera.
Sin esperar respuesta, Julian la besó con una ferocidad que buscaba reclamar cada rincón de su boca. Sus manos bajaron hacia los muslos de ella, levantando la falda de su traje gris hasta que pudo sentir la seda de sus medias y la piel cálida que las seguía. Aura se enredó en él, sus dedos buscando desesperadamente el cabello oscuro de Julian, tirando de él para profundizar un contacto que era a la vez un refugio y una rendición.
Él la sentó de nuevo en la mesa de la sala de juntas, apartando con un movimiento brusco las carpetas y los informes que representaban millones de dólares. En ese espacio donde se tomaban decisiones que afectaban la economía de miles de personas, el único mundo que existía para Aura era el calor abrasador de Julian y la forma en que su cuerpo respondía a cada una de sus caricias.
Julian se desabrochó el cinturón con una urgencia controlada, sus ojos grises fijos en los de ella, desafiándola a apartar la mirada. No lo hizo. Aura observó cada uno de sus movimientos, sintiendo cómo la humedad se acumulaba entre sus piernas, un deseo nacido de la rabia y el triunfo. Cuando él entró en ella, fue con una embestida que le arrancó un grito que se perdió en el techo de nogal de la sala. No era sexo suave ni romántico; era una posesión cruda, un acto de dominio que sellaba su pacto de sangre y dinero.
Cada movimiento de Julian era una afirmación de su poder sobre ella, y cada respuesta de Aura era una aceptación de su nueva realidad. Se aferró a sus hombros, sintiendo los músculos de Julian tensarse bajo sus manos, mientras él la llevaba al límite de una consciencia que ya no distinguía entre el placer y el dolor de la traición. El eco de sus cuerpos chocando rítmicamente contra la mesa de la junta era la única música en aquel templo del capitalismo.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax, Aura se sintió vacía y completa al mismo tiempo. Se apoyó contra el pecho de Julian, escuchando el martilleo de su corazón, mientras el sudor enfriaba su piel. Él le besó la frente, un gesto casi tierno que contrastaba violentamente con la brutalidad de los momentos anteriores.
—Vístete —dijo él, su voz recuperando la frialdad del mando—. Tenemos una cita con tu hermana en las cenizas de tu antiguo hogar.
El trayecto hacia la mansión familiar fue un estudio en contrastes. Fuera, la ciudad seguía su curso frenético, ajena a la destrucción de una de sus dinastías más prominentes. Dentro del coche blindado, el aire estaba cargado con el aroma del sexo reciente y la expectativa del próximo golpe. Aura se retocaba el maquillaje frente a un espejo de mano, viendo cómo sus ojos recuperaban esa máscara de indiferencia que Julian le había enseñado a construir.
Al llegar a la mansión, el panorama era desolador para quien supiera buscar las grietas. Dos patrullas de la policía estaban estacionadas cerca de la entrada, y un equipo de cerrajeros trabajaba en las puertas de servicio. En la escalinata principal, rodeada de maletas de marca que habían sido arrojadas sin cuidado, estaba Casandra. Llevaba el mismo vestido dorado de la gala, ahora arrugado y manchado, una imagen patética de la gloria perdida.
Beatriz estaba junto a ella, tratando de discutir con un oficial que mantenía una expresión de aburrimiento profesional. Al ver el coche de Julian detenerse, ambas mujeres se quedaron paralizadas.
Aura bajó del vehículo primero. El viento agitaba los mechones sueltos de su cabello, dándole un aire de deidad vengativa. Caminó hacia su hermana con una calma que hizo que Casandra retrocediera, tropezando con una de sus propias maletas de Louis Vuitton.
—¡Aura! ¡Diles que se detengan! —gritó Casandra, su voz quebrada por la histeria—. ¡No pueden echarnos así! ¡He llamado a Adrián y no me contesta! ¡Ese estúpido notario dice que no nos conoce!
Aura se detuvo a dos metros de ella. Miró las maletas, luego el rostro desencajado de su hermana, y finalmente a su madre, que evitaba su mirada con una vergüenza que llegaba demasiado tarde.
—Adrián no te contesta porque en este momento está siendo procesado por fraude y agresión —dijo Aura, su voz tan fría como el mármol de la entrada—. Y en cuanto a este lugar... ya no es vuestro hogar. Nunca lo fue realmente. Solo era un escenario que alquilasteis con mi dinero y la memoria de mi padre.
—¡Soy tu madre, Aura! ¡No puedes hacerme esto! —exclamó Beatriz, dando un paso hacia ella—. ¡Todo lo que hice fue para proteger el apellido Valente!
—Protegiste tu estilo de vida, madre —corrigió Aura—. Protegiste las perlas y las cenas benéficas. Mi padre construyó este imperio para que fuera sólido, no para que sirviera de fondo para las traiciones de Casandra.
Casandra se levantó, su rostro transformándose de nuevo en una máscara de odio. La envidia que siempre había sentido por el talento y la pureza de Aura estalló por fin.
—¡Siempre fuiste la favorita! —escupió Casandra—. ¡La artista perfecta! ¡La esposa devota! ¡Dabas asco, Aura! Adrián te odiaba. Me lo decía cada vez que me tomaba en esa cama que tú elegiste. Decía que eras como una estatua de hielo, sin vida, sin fuego. Yo le di lo que tú nunca pudiste.
Julian se colocó al lado de Aura, cruzando los brazos sobre su pecho. Su presencia física pareció encoger a Casandra instantáneamente.
—Es curioso que menciones el fuego, Casandra —intervino Julian—. Porque el fuego es lo único que te queda ahora. El fuego de las deudas que tu madre contrajo a tu nombre para mantener tus caprichos en Milán y Londres. ¿Sabías que firmaste como avalista en tres préstamos personales que Adrián nunca tuvo intención de pagar?
Casandra palideció tanto que pareció que iba a desmayarse. Miró a su madre, buscando una negación, pero Beatriz solo bajó la cabeza, sollozando en silencio.
—¿De qué hablas? —susurró Casandra.
—Hablo de que no solo estás en la calle, hermana —dijo Aura, dando un paso más, invadiendo el espacio personal de Casandra—. Hablo de que legalmente, todo lo que compres, cada centavo que ganes, si es que alguna vez trabajas en algo honesto, irá directamente a pagar los intereses de la deuda que yo ahora poseo. No vas a ir a la cárcel como Adrián. Eso sería demasiado fácil. Vas a vivir en el mundo real, ese que tanto despreciabas. Vas a saber lo que es el hambre, el frío y, sobre todo, la invisibilidad. Porque a partir de hoy, para la sociedad que tanto amas, Casandra Valente ha dejado de existir.
Aura se giró hacia Julian, indicándole que había terminado. Él asintió y le hizo una señal a uno de los oficiales.
—Pueden proceder con el precinto —dijo Julian—. Y asegúrense de que estas mujeres abandonen la propiedad inmediatamente. Sus objetos personales permitidos están en esas maletas. Nada más sale de aquí.
Mientras daban media vuelta para regresar al coche, Aura escuchó el grito desgarrador de su hermana, un sonido de pura desesperación que debería haberle dolido, pero que solo sintió como una nota final perfecta en una sinfonía de justicia.
Subieron al coche y Julian cerró la puerta, aislándolos de nuevo en su mundo de lujo y poder. Él la observó durante un momento, estudiando su reacción.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
Aura miró por la ventanilla cómo la mansión de su infancia se hacía más pequeña a medida que el coche se alejaba. Vio a su hermana y a su madre sentadas en el suelo junto a las maletas, dos figuras insignificantes bajo la lluvia que empezaba a caer de nuevo sobre la ciudad.
—Me siento... limpia —respondió Aura, volviendo su vista hacia Julian—. Pero esto es solo el principio, ¿verdad?
Julian tomó su mano y la besó con una devoción que ocultaba una amenaza latente.
—Esto es solo el prólogo, mi reina. Ahora que hemos despejado el tablero de las piezas débiles, es hora de que el mundo conozca a la nueva dueña de Vortex. Y esta noche, vamos a celebrar tu ascensión de una manera que te hará olvidar que alguna vez fuiste otra cosa que no fuera mía.
El coche se dirigió hacia el centro de la ciudad, hacia el ático de Julian, donde la oscuridad y el deseo los esperaban para forjar el siguiente eslabón de su cadena de venganza. Aura sabía que el camino que había elegido no tenía retorno, que cada paso con Julian la alejaba más de la luz, pero mientras sintiera el calor de su mano y el poder corriendo por sus venas, estaba dispuesta a arder en su infierno personal hasta que no quedara nada más que cenizas de sus enemigos.
Al llegar al ático, Julian no esperó a que el ascensor se detuviera para empezar a despojarla de su armadura de negocios. Sus manos eran urgentes, casi violentas en su necesidad de piel. En la penumbra del pasillo, el traje gris de Aura fue rasgado, los botones saltando contra el suelo de resina como pequeñas balas de plástico. Él la empujó contra la pared de cristal, obligándola a mirar la ciudad que ahora estaba a sus pies, mientras la poseía con una intensidad que eclipsaba todo lo ocurrido durante el día.
Aura cerró los ojos y se entregó al incendio. La venganza era un plato que se servía frío, pero en los brazos de Julian Vane, el frío era solo el preámbulo de un fuego que prometía consumirlos a ambos antes de que terminara la noche. La guerra por el imperio de los Valente acababa de escalar a un nivel donde ya no había reglas, solo el deseo absoluto de destruir y poseer. Y ella, Aura, estaba lista para ser la llama que lo redujera todo a escombros.
La noche se extendió ante ellos, una vasta extensión de sombras y promesas pecaminosas. Julian la llevó hacia el dormitorio principal, donde la cama de seda negra parecía un altar esperando un sacrificio. Allí, bajo la luz de la luna que se filtraba por los ventanales, continuaron su danza de poder y sumisión, una batalla de voluntades donde el único ganador era el placer prohibido que ambos encontraban en la ruina ajena. Aura sintió cada caricia de Julian como un sello, cada beso como un contrato, y cada embestida como la confirmación de que su alma ahora pertenecía a la oscuridad que él habitaba. Y en el silencio de la madrugada, mientras el cansancio finalmente la reclamaba, Aura supo que no cambiaría su lugar en ese infierno por todo el oro del mundo. La reina había nacido de las cenizas, y su reinado iba a ser eterno y despiadado.







