Capitulo 4

El amanecer en el ático de Julian Vane no trajo consigo la paz, sino una claridad gélida y despiadada. Aura se despertó antes de que la alarma sonara, atrapada entre las sábanas de seda que aún conservaban el aroma a madera y peligro de Julian. Su cuerpo se sentía diferente; la marca que él había dejado en su clavícula la noche anterior palpitaba suavemente, un recordatorio físico de que el pacto de sangre y deseo había sido sellado.

A las siete en punto, tal como Julian había prometido, el santuario de acero y cristal se llenó de extraños. Un equipo de tres abogados de rostro impasible se instaló en el comedor, desplegando carpetas llenas de documentos que detallaban cada movimiento financiero de Adrián. Junto a ellos, una mujer de mirada afilada llamada Margot, la estilista personal de Julian, esperaba a Aura con un despliegue de percheros que contenían una armadura moderna hecha de cachemira, cuero y seda.

—No vamos a ir a esa casa a pedir permiso, Aura —dijo Julian, apareciendo desde su estudio privado. Llevaba un traje gris marengo que le sentaba como una armadura hecha a medida—. Vamos a ir a reclamar el territorio. No quiero que parezcas una esposa abandonada. Quiero que parezcas la mujer que va a heredar las cenizas de su imperio.

Aura se entregó a las manos de Margot. El proceso fue transformador. Su larga cabellera oscura, que siempre llevaba en ondas suaves y románticas, fue recogida en un moño bajo, tenso y perfecto, que acentuaba la palidez de su cuello y la firmeza de su mandíbula. El maquillaje borró el rastro de las lágrimas y el cansancio, resaltando sus ojos con una sombra ahumada que los hacía parecer dos pozos de obsidiana.

Margot la vistió con un traje de dos piezas en color blanco marfil. El corte era impecable: hombros estructurados, una cintura ceñida que marcaba sus curvas con elegancia y un escote en V lo suficientemente profundo para sugerir, pero lo suficientemente severo para imponer respeto. Debajo de la tela, Aura se sentía desnuda y poderosa al mismo tiempo.

—Toma esto —dijo Julian, acercándose mientras Margot se retiraba.

Le entregó un sobre grueso y un pequeño dispositivo electrónico.

—Silas ha desbloqueado las cámaras de seguridad de la mansión que Adrián creía haber borrado. En este sobre están las pruebas de que tu madre falsificó la firma de tu padre en el anexo del fideicomiso. Úsalas solo cuando veas que ella intenta jugar la carta del victimismo. No les des cuartel, Aura. La compasión es un lujo que perdiste anoche bajo la lluvia.

El trayecto hacia la mansión que una vez fue su hogar se sintió como el avance de un ejército silencioso. Julian no la tomó de la mano; simplemente se sentó a su lado, emanando una energía que la envolvía como un manto protector. Cuando el coche cruzó las puertas de hierro de la propiedad, Aura sintió una náusea momentánea, pero la reprimió con un pensamiento: Ellos me creían muerta, pero solo me han obligado a mudar de piel.

Al entrar en el gran salón, la escena que encontraron era casi obscena por su normalidad. Su madre, Beatriz, estaba sentada a la cabecera de la mesa de desayuno, vestida con un conjunto de lino impecable, tomando café mientras revisaba una revista de subastas. Adrián estaba a su lado, hablando por teléfono con arrogancia, mientras Casandra, con una bata de seda que Aura reconoció como propia, untaba mermelada en una tostada con una sonrisa perezosa.

El silencio que cayó sobre la habitación cuando Aura y Julian entraron fue tan denso que se podía cortar. Adrián colgó el teléfono lentamente, su rostro palideciendo al ver a Julian Vane en su propia casa.

—¿Qué significa esto? —exclamó Beatriz, levantándose con una indignación impostada—. Aura, ¿cómo te atreves a entrar así después del espectáculo de anoche? Y con este... este hombre.

Aura dio un paso adelante. No miró a Adrián, ni a su hermana. Sus ojos se clavaron en su madre, la mujer que la había vendido.

—He venido por lo que es mío, mamá —dijo Aura. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de un bisturí—. Y he venido a decirte que tu tiempo de administrar mi vida ha terminado.

—¡No seas insolente! —chilló Casandra, poniéndose de pie—. Adrián ya te lo dijo. No tienes nada. Esta casa, tu dinero... todo está bajo el control de la familia. Deberías agradecer que no te hayamos enviado ya al sanatorio por tu crisis nerviosa.

Julian dio un paso al frente, colocándose ligeramente detrás de Aura, su mano descansando con una familiaridad posesiva en la parte baja de su espalda. El gesto no pasó desapercibido para Adrián, cuyos ojos brillaron con una mezcla de furia y miedo.

—La única crisis aquí, Adrián, será la de tu flujo de caja cuando mis abogados terminen de ejecutar las órdenes de embargo preventivo que acabamos de presentar ante el juez —dijo Julian, su voz resonando con una autoridad gélida—. Aura ya no está sola. Ahora cuenta con la infraestructura de Vane Holdings.

—¿Te has acostado con él para conseguir esto, Aura? —escupió Adrián, intentando recuperar su arrogancia—. ¿Tan rápido has encontrado a otro dueño? Eres una ramera artística.

Aura sintió el impulso de abofetearlo, pero recordó las palabras de Julian: El control es poder. En lugar de eso, caminó hacia la mesa y arrojó el sobre que Julian le había dado.

—En ese sobre, mamá, hay pruebas forenses de que falsificaste la firma de papá hace tres años —dijo Aura, mirando cómo Beatriz palidecía instantáneamente—. Y tú, Adrián... las grabaciones de las cámaras ocultas de la biblioteca muestran cómo transferiste fondos de mi fideicomiso a empresas fantasma para cubrir tus deudas de juego en Macau.

El silencio que siguió fue absoluto. Casandra miró a Adrián, buscando una negación que no llegó. Beatriz se dejó caer en su silla, sus manos temblando mientras intentaba abrir el sobre.

—Tienen dos horas para desalojar esta casa —sentenció Aura, inclinándose sobre la mesa, sus ojos brillando con un fuego oscuro—. Mis abogados han demostrado que el título de propiedad nunca salió de mi nombre legalmente. Si al mediodía siguen aquí, la policía los sacará por fraude y allanamiento.

—No puedes hacernos esto... soy tu madre —sollozó Beatriz, intentando usar su última arma.

—Tú dejaste de ser mi madre cuando decidiste que mi libertad era el precio de tu comodidad —respondió Aura sin un ápice de emoción—. Casandra, quédate con la bata. Me recuerda demasiado a la suciedad que dejas a tu paso.

Aura se giró, lista para salir. Julian la observaba con una expresión que se acercaba al orgullo. Antes de cruzar el umbral, Julian se detuvo y miró a Adrián, quien seguía paralizado por el impacto.

—Por cierto, Adrián —dijo Julian con una sonrisa depredadora—, gracias por descuidar a una mujer así. Los hombres como tú no saben qué hacer con el fuego, por eso siempre terminan buscando consuelo en las cenizas.

Salieron de la mansión mientras los gritos de recriminación entre Beatriz, Adrián y Casandra empezaban a estallar detrás de ellos. Era una música deliciosa para los oídos de Aura.

Una vez en el coche, la adrenalina comenzó a bajar, dejando a Aura exhausta pero vibrante. Julian cerró la división de cristal del coche, aislándolos del conductor.

—Lo has hecho bien —susurró él, acercándose a ella.

La tomó de la nuca, obligándola a mirarlo. La tensión sexual que había estado creciendo durante toda la mañana estalló de repente. Julian no esperó; la besó con una urgencia salvaje, sus manos recorriendo el traje marfil con una impaciencia que Aura compartió. Ella se sentó a horcajadas sobre él en el amplio asiento del coche, sintiendo la dureza de su deseo contra ella.

—Esto es solo el principio, Aura —dijo él contra sus labios, su mano apretando su muslo con fuerza—. Vamos a quemarlos a todos, pero primero... necesito que recuerdes a quién perteneces ahora.

En la penumbra del coche en movimiento, mientras dejaban atrás los restos de su antigua vida, Aura se entregó a la pasión de Julian, una pasión que no era dulce ni romántica, sino un incendio que la hacía sentir más viva de lo que jamás había estado. La venganza era dulce, pero el poder que sentía en los brazos del hombre más peligroso de la ciudad era embriagador.

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