Capitulo 5

El vestido que Julian había elegido para la gala benéfica del Museo de Arte Moderno no era una prenda; era una provocación. Era una seda líquida de color rojo sangre, tan oscura que en las sombras parecía negra, con un escote infinito en la espalda que terminaba justo donde empezaba la curva de sus glúteos. No llevaba joyas, a excepción de un collar de diamantes negros que Julian le había abrochado personalmente antes de salir, sus dedos rozando su piel con una lentitud que la dejó sin aliento.

—Esta noche no eres la artista que busca aprobación —le había dicho Julian al oído, su voz vibrando en su nuca—. Eres la mujer que posee el pincel y el lienzo. Camina como si el suelo te perteneciera, porque a partir de mañana, así será.

Al bajar del coche frente a la escalinata del museo, los flashes de los fotógrafos estallaron como ráfagas de ametralladora. Aura sintió la mano de Julian firme en su cintura, una presión posesiva que le recordaba constantemente el pacto que habían sellado. Ella mantuvo la cabeza alta, su rostro una máscara de elegancia gélida que ocultaba el torbellino de nerviosismo en su estómago.

El salón principal estaba a rebosar de la élite de la ciudad. El aire olía a perfumes caros, champán y a esa hipocresía refinada que Aura conocía tan bien. Apenas entraron, el murmullo de las conversaciones bajó de volumen. Todos sabían del escándalo: la esposa de Adrián, la "niña buena" de la familia, apareciendo del brazo del archirrival de su marido apenas unos días después de los rumores de su ruptura.

—Mira allá —susurró Julian, inclinándose hacia ella mientras tomaba una copa de champán de una bandeja—. Tus fantasmas han llegado.

En el centro del salón, rodeados por un pequeño grupo de aduladores, estaban Adrián y Casandra. Él lucía un esmoquin que parecía quedarle pequeño ante la tensión que emanaba; ella, con un vestido dorado demasiado llamativo, se aferraba al brazo de Adrián como si fuera un trofeo de caza. Beatriz estaba con ellos, forzando una sonrisa de matrona de la alta sociedad que no lograba ocultar la ansiedad en sus ojos.

—Mantén la calma, Aura —instruyó Julian, su voz un murmullo letal—. Deja que ellos vengan a nosotros. El que se mueve primero por desesperación, pierde.

No tuvieron que esperar mucho. Adrián, impulsado por una mezcla de orgullo herido y furia ciega, se abrió paso entre la multitud, arrastrando a Casandra.

—¿Cómo te atreves a aparecer aquí? —siseó Adrián cuando llegó frente a ellos. Su voz era baja, pero cargada de un odio que Aura ya no temía—. Y con este traje... Pareces una mujer de la calle, Aura. ¿Es así como Vane te paga tus servicios?

Julian dio un paso al frente, su estatura y su presencia barriendo la agresividad de Adrián como si fuera polvo.

—Cuidado con tu lenguaje, Adrián —dijo Julian, su voz tan tranquila que resultaba aterradora—. Estás hablando de la mujer que posee el 60% de las acciones de tu propia empresa desde que esta mañana se ejecutó la cláusula de reversión por fraude matrimonial. Ahora mismo, técnicamente, eres su empleado.

Casandra soltó una carcajada nerviosa, sus ojos recorriendo el collar de diamantes negros de Aura con una envidia mal disimulada.

—No seas ridículo, Julian. Aura no sabe ni cómo manejar una chequera. Siempre ha sido la tontita que se mancha los dedos con pintura mientras otros tomamos las decisiones reales.

Aura dio un paso adelante, rompiendo su silencio. Miró a su hermana directamente a los ojos, notando cómo la seguridad de Casandra flaqueaba ante la nueva oscuridad en su mirada.

—Tienes razón, Casandra —dijo Aura, su voz proyectándose con una claridad asombrosa—. Me manchaba los dedos con pintura. Pero ahora he aprendido que hay otras cosas que manchan más, como la traición. Y a diferencia del óleo, eso no se quita con aguarrás. Disfruta de la fiesta, hermana. Es la última que podrás permitirte antes de que las cuentas que mamá usó para pagar tu guardarropa sean congeladas por la auditoría forense.

Beatriz se acercó, intentando intervenir con su tono de superioridad habitual.

—Aura, por favor, no hagas una escena. Somos familia...

—La familia no conspira para encerrar a sus miembros en psiquiátricos, madre —la cortó Aura, sintiendo un extraño placer al ver cómo Beatriz retrocedía—. Deberías haber recordado que yo era la única que te quería por algo más que por tu apellido. Ahora, solo eres un obstáculo legal.

Julian sonrió, una expresión de triunfo salvaje. Tomó la mano de Aura y besó sus nudillos, manteniendo contacto visual con Adrián todo el tiempo.

—Si me disculpan —dijo Julian—, Aura tiene un brindis que atender con los nuevos inversores de Vortex. Aquellos que tú, Adrián, has estado espantando con tu incompetencia.

Mientras se alejaban, Aura sintió una descarga de adrenalina que le recorrió todo el cuerpo. Era la primera vez que se defendía, la primera vez que no era la "víctima" de la historia. Pero la tensión del enfrentamiento había despertado algo más oscuro en ella, un deseo que Julian detectó de inmediato.

—Ven conmigo —dijo él, su voz cargada de una urgencia ronca.

La guió lejos de la multitud, hacia una de las galerías privadas del segundo piso que estaba cerrada al público por restauración. La habitación estaba en penumbra, llena de estatuas cubiertas con sábanas blancas que parecían fantasmas en la oscuridad. Julian cerró la puerta de madera pesada y, sin mediar palabra, la empujó contra ella.

El impacto fue suave pero firme. Julian la besó con una violencia hambrienta, sus manos buscando la piel desnuda de su espalda, bajando hasta apretar sus glúteos con una fuerza que le arrancó un gemido a Aura.

—Lo has hecho increíble —susurró él entre besos, su aliento quemando su piel—. Verlos desmoronarse bajo tu voz ha sido más excitante de lo que imaginé.

Aura se enredó en él, buscando el contacto físico como si fuera un ancla. El peligro de ser descubiertos, la victoria sobre su familia y la presencia abrumadora de Julian se mezclaron en una tormenta de sensaciones. Él levantó el vestido de seda, sus dedos largos y fuertes acariciando el encaje de su lencería antes de apartarlo.

La escena fue rápida y feroz, un acto de posesión y liberación en medio de las sombras del museo. Aura se aferró a los hombros de Julian, enterrando sus uñas en el tejido de su esmoquin, mientras él la tomaba con una intensidad que borraba cualquier rastro de la antigua Aura. En ese momento, ella no era la esposa engañada ni la hija traicionada; era la reina de un juego oscuro, y Julian Vane era el trono que ella había decidido reclamar.

Cuando terminaron, Julian le arregló el cabello con una delicadeza inesperada, sus ojos grises brillando con una satisfacción profunda.

—Ahora —dijo él, abriendo la puerta—, volvamos allí y terminemos de destruir lo que queda de sus esperanzas.

Aura se alisó el vestido rojo, respiró hondo y salió a la luz de la gala. La guerra apenas comenzaba, y ella tenía la intención de no dejar prisioneros.

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