Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana se filtró por los inmensos ventanales del ático de Julian Vane con una insolencia dorada que Aura no estaba preparada para recibir. Despertó entre las sábanas de seda negra, sintiendo el cuerpo pesado y la piel todavía sensible por las marcas de la noche anterior. Julian no estaba a su lado, pero el espacio que había ocupado aún emanaba ese aroma a madera, tabaco y una masculinidad tan dominante que parecía haber quedado impregnada en las fibras del colchón. Aura se incorporó lentamente, dejando que la seda se deslizara por su espalda desnuda. Se miró en el espejo que cubría la pared frente a la cama; no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Sus labios estaban ligeramente hinchados, sus ojos tenían una profundidad sombría y en su cuello, la marca de Julian —ese tatuaje temporal de posesión— seguía allí, recordándole que el mundo de luz en el que solía pintar ya no existía.
Se levantó y caminó hacia el baño, sintiendo la frialdad del suelo de mármol bajo sus pies. Al sumergirse en la bañera de hidromasaje, Aura cerró los ojos y dejó que las imágenes del día anterior la inundaran. La caída de Adrián, la humillación de Casandra, el llanto de su madre. Debería sentir culpa, o al menos un rastro de tristeza por los lazos rotos, pero lo único que encontraba en su interior era una satisfacción gélida y una sed creciente de más. Julian la había despertado a una realidad donde la moralidad era un lastre y el poder la única moneda de cambio válida.
Al salir del baño, encontró un conjunto de lencería de encaje francés negro y un vestido de corte impecable en color verde esmeralda sobre el sillón. Junto a ellos, una nota con la caligrafía angulosa y firme de Julian: "Prepárate. El consejo de administración te espera a las diez. Hoy no eres una heredera; hoy eres la ley."
Aura se vistió con una precisión ritualista. Cada prenda era una pieza de su armadura. Al abrocharse el vestido, sintió que el color esmeralda resaltaba la palidez de su piel y la oscuridad de su cabello, dándole un aire de nobleza peligrosa. Cuando bajó a la planta principal, Julian estaba allí, de pie frente al ventanal, hablando por teléfono en voz baja. Vestía un traje de sastre azul noche que le sentaba como una segunda piel. Al verla, colgó el teléfono y se acercó a ella con esa gracia de depredador que nunca dejaba de fascinarla.
—Verde —murmuró él, recorriéndola con la mirada—. El color del dinero y de la envidia. Es apropiado para hoy. Tu hermana ha estado llamando a la oficina de prensa de Vortex desde las seis de la mañana, intentando vender una historia sobre tu "inestabilidad mental". Mis abogados ya han enviado las notificaciones de difamación. Para mediodía, ninguna editorial querrá tocar su nombre ni con un palo.
Julian la tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Pero antes de ir a la oficina, hay algo que debes entender, Aura. Adrián ha solicitado una fianza. Ha usado lo poco que le quedaba de sus contactos en el submundo financiero para intentar salir de la celda de detención. No vamos a permitir que eso ocurra. No porque le temamos, sino porque quiero que su primera noche de libertad sea cuando tú decidas, no cuando él lo compre.
Aura sintió un escalofrío de anticipación.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó ella.
—Quiero que vayas a verlo —respondió Julian, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Quiero que vea lo que ha perdido. Quiero que vea en qué te has convertido. Su desesperación será el combustible de tu primera junta oficial como presidenta.
El trayecto hacia la prisión preventiva fue silencioso. Julian le entregó una carpeta con los detalles de los últimos movimientos de Adrián. Había intentado vender secretos industriales a la competencia de Vortex para pagar su defensa, un acto de desesperación que solo había servido para que Julian comprara a esos mismos competidores y cerrara todas las puertas de salida para su exmarido.
Cuando Aura entró en la sala de visitas, el olor a desinfectante y desesperación la golpeó. Adrián estaba sentado tras el cristal, con el uniforme naranja que lo despojaba de toda su elegancia de millonario. Su rostro estaba demacrado, el cabello desordenado y sus manos temblaban mientras sostenía el auricular. Al verla entrar, su expresión pasó de la esperanza patética a una furia ciega.
Aura se sentó con una elegancia que resultaba insultante en aquel entorno. Tomó el auricular con calma.
—Te ves cansado, Adrián —dijo ella, su voz suave y letal—. Parece que el algodón egipcio se extraña rápido.
—¡Hija de p-t@! —rugió él, golpeando el cristal con el puño—. ¡Crees que has ganado! ¡Crees que ese animal de Vane te va a mantener a su lado cuando se aburra de tu cuerpo! Solo eres un trofeo para él, Aura. Una forma de humillarme. En cuanto termine con Vortex, te tirará a la basura como el trapo que eres.
Aura no se inmutó. Se inclinó hacia el cristal, sus ojos fijos en los de él.
—Incluso si eso fuera cierto, Adrián, seguiría siendo un destino mejor que el tuyo. Yo estaré en la cima, rodeada de lujo, mientras tú te pudres aquí preguntándote en qué momento exacto Casandra decidió que era mejor venderte a cambio de una promesa vacía de Julian.
Adrián se quedó lívido.
—¿De qué hablas?
—¿Quién crees que nos dio las claves de tus cuentas privadas en Macau, Adrián? —mintió Aura con una perfección que la asombró a ella misma. Sabía que Julian lo había descubierto por su cuenta, pero sembrar la semilla de la traición entre los amantes era un placer demasiado dulce para dejarlo pasar—. Casandra sabía que el barco se hundía. Ella solo eligió el bote salvavidas más cómodo.
El grito de rabia de Adrián fue silenciado por los guardias que lo sujetaron contra la mesa. Aura colgó el auricular y se levantó sin mirar atrás. Salió de la prisión sintiendo que cada paso la hacía más fuerte. En el coche, Julian la esperaba con una copa de agua mineral.
—¿Cómo ha ido? —preguntó él.
—Está roto —respondió Aura—. Y ahora, quiero terminar con el resto.
La junta de accionistas de Vortex Enterprises fue una carnicería refinada. Aura entró en la sala no como la esposa del antiguo CEO, sino como la dueña absoluta del destino de todos los presentes. Julian se sentó en un rincón, observándola con una mezcla de orgullo y deseo posesivo. Durante tres horas, Aura desmanteló cada argumento de la vieja guardia, presentó planes de reestructuración que dejaban claro que el antiguo régimen había muerto y anunció la absorción de las deudas por parte de Vane Holdings.
Al final de la sesión, los accionistas se retiraron en silencio, sabiendo que el mundo financiero de la ciudad acababa de cambiar de eje. Aura se quedó sola en la gran sala, mirando por el ventanal el horizonte de rascacielos.
Julian se acercó a ella por detrás. Sus manos rodearon su cintura, tirando de ella hacia su cuerpo. Aura echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro.
—Has nacido para esto —susurró él—. El poder te sienta mejor que cualquier pintura.
Él giró su cuerpo y la sentó sobre la inmensa mesa de conferencias. Levantó el vestido esmeralda, sus manos recorriendo la piel de sus muslos con una urgencia que Aura compartió de inmediato. En esa misma mesa donde horas antes había dictado el futuro de miles de personas, Julian la reclamó con una pasión que bordeaba la violencia. Sus embestidas eran rítmicas y poderosas, cada una de ellas recordándole a Aura que, aunque gobernara el mundo fuera de esa habitación, dentro de ella, le pertenecía a él.
El placer fue un estallido de colores oscuros en la mente de Aura. Se aferró a los hombros de Julian, enterrando sus uñas en su espalda, mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido del aire acondicionado de la sala. No había romance en aquel acto, solo una posesión absoluta y una comunión de ambiciones. Cuando terminaron, Julian la mantuvo abrazada, su respiración agitada contra su cuello.
—Esta noche hay una cena en la residencia de los d'Arby —dijo Julian, recuperando el aliento—. Estarán los líderes de los cinco fondos más grandes del país. Quiero que entres allí y les hagas entender que Vortex no ha muerto, sino que ha evolucionado. Y que tú eres el rostro de esa evolución.
Aura se alisó el vestido, sintiendo el calor de Julian todavía en su interior.
—Estaré lista —respondió ella—. Pero antes, quiero saber dónde está Casandra. Julian, me dijiste que se encargaría de ella.
Julian sonrió de una manera que hizo que Aura se estremeciera.
—Casandra ha encontrado un "nuevo amigo" —dijo él—. Un hombre que le prometió refugio a cambio de ciertos servicios. Lo que ella no sabe es que ese hombre trabaja para mí. Está viviendo en un apartamento en los suburbios, un lugar que odia, rodeada de la mediocridad que siempre despreció. Cree que está escalando de nuevo, pero solo está cavando su propia tumba social. La dejaremos allí un tiempo, Aura. Dejaremos que la desesperación la consuma antes de dar el golpe final.
Aura asintió. La venganza era un proceso lento, y ella estaba aprendiendo a disfrutar de cada etapa.
La cena en casa de los d'Arby fue un despliegue de opulencia que incluso para los estándares de Aura resultaba abrumador. La mansión, una joya arquitectónica de principios de siglo, estaba llena de la aristocracia del dinero. Aura caminó junto a Julian, vestida con un diseño de alta costura negro que dejaba sus hombros al descubierto y un collar de esmeraldas que Julian le había regalado esa misma tarde.
Todas las miradas se centraron en ellos. Los susurros corrían como pólvora. ¿Cómo era posible que la frágil Aura Valente se hubiera convertido en esta mujer de mirada gélida y presencia imponente? ¿Qué clase de pacto había hecho con el diablo de la Quinta Avenida?
Durante la cena, Aura manejó las conversaciones con una destreza que dejó a Julian impresionado. Habló de fusiones, de adquisiciones y de la visión de futuro de Vortex con una claridad que silenció a los escépticos. Pero en medio de la opulencia, sus ojos buscaron a una persona: su madre. Beatriz estaba allí, escondida en un rincón de la mesa, intentando mantener la compostura mientras las otras mujeres del círculo social la ignoraban sutilmente.
Aura se acercó a ella durante los postres.
—Madre —dijo Aura, su voz carente de calidez.
Beatriz levantó la vista, sus ojos llenos de una tristeza que no lograba conmover a su hija.
—Aura... te ves... diferente.
—La realidad tiene esa forma de cambiarnos, madre. He venido a decirte que he pagado tus deudas personales. No lo hice por amor, sino porque el nombre Valente no debe ser arrastrado por los tribunales de bancarrota. Tienes una pensión vitalicia asegurada, pero hay una condición.
Aura se inclinó, su voz bajando a un susurro que solo Beatriz podía oír.
—No volverás a ver a Casandra. Si intentas ayudarla, si le pasas un solo centavo de lo que te doy, te cortaré los fondos y te dejaré en la calle tal como ella me dejó a mí. ¿Entiendes?
Beatriz asintió con un sollozo ahogado. Aura se dio la vuelta y regresó al lado de Julian, quien la observaba con una copa de cristal en la mano.
—Lo has hecho —dijo él—. Has cortado el último lazo.
—Ya no tengo familia, Julian —respondió ella—. Solo tengo esto. Solo te tengo a ti.
Julian la rodeó con el brazo, una posesión que se sentía como una protección y una advertencia a la vez.
—Es todo lo que necesitas, Aura. El mundo es nuestro, y esta noche, vamos a celebrarlo como solo nosotros sabemos hacerlo.
Al regresar al ático, la pasión fue aún más intensa. La adrenalina de la victoria social y la destrucción definitiva de su pasado alimentaron un deseo que parecía no tener fin. Julian la tomó en el vestíbulo, contra el frío cristal que miraba a la ciudad, y luego en la cama, explorando cada rincón de su cuerpo con una voracidad que dejaba a Aura sin aliento. Ella se entregó por completo, sabiendo que su vida anterior había muerto y que esta nueva existencia, llena de poder, venganza y placer oscuro, era el único camino que quería recorrer.
La noche se cerró sobre ellos mientras el eco de sus nombres se perdía en la inmensidad del ático. Aura dormía ahora con una sonrisa leve en los labios, soñando con el siguiente paso en su ascenso. La guerra por el imperio de los millonarios apenas estaba comenzando, y ella, la artista que una vez pintó ángeles, ahora estaba lista para liderar a los demonios.







