Capitulo 2

El interior del Rolls-Royce de Julian Vane olía a cuero antiguo, whisky de malta y un perfume amaderado que parecía impregnar el aire con una autoridad silenciosa. Aura estaba sentada en el extremo opuesto del asiento trasero, temblando violentamente. El agua de la lluvia empapaba su vestido de seda, volviéndolo translúcido y pegándolo a su piel como una segunda capa de humillación. Sus manos, aún manchadas de aquel azul cobalto, descansaban sobre sus rodillas, revelando un temblor que no podía controlar.

Julian no la miraba directamente. Mantenía la vista fija en una tableta digital, pero su presencia llenaba el habitáculo de una forma que Adrián nunca había logrado. Julian era más grande, más sólido, y exudaba una energía gélida que parecía detener el tiempo.

—Bebe esto —dijo él, sin apartar los ojos de la pantalla. Con un movimiento fluido de su mano izquierda, señaló un decantador de cristal en el minibar integrado—. Es un Macallan de cincuenta años. Te ayudará a quemar el sabor de la traición, o al menos a dejar de temblar como un animal herido.

Aura no se movió. Su voz, cuando finalmente salió, era apenas un hilo quebrado.

—¿Por qué estaba usted allí, Sr. Vane? Mi casa no está de paso hacia ningún lugar donde alguien como usted iría un martes por la noche.

Julian apagó la pantalla y se giró hacia ella. Su rostro era una obra maestra de ángulos agresivos y piel pálida. En la penumbra del coche, sus ojos grises parecían dos monedas de plata bajo el agua.

—Nada en mi vida es casualidad, Aura. He estado observando a tu marido durante meses. Está intentando desviar activos de la fusión con Vortex hacia cuentas privadas en las Islas Caimán. Y para hacerlo, necesitaba liquidar tu patrimonio. Lo que viste hoy no fue solo un desliz carnal con tu hermana; fue la celebración de un robo exitoso.

—¿Un robo? —Aura sintió un nudo en la garganta—. Mi padre dejó un fideicomiso...

—Tu padre dejó un imperio que tu madre y Adrián han desmantelado pieza por pieza —la interrumpió Julian con una frialdad quirúrgica—. Esta tarde, mientras tú pintabas, tu madre firmó los documentos que transfieren tu tutela financiera a Adrián, alegando "inestabilidad emocional". Mañana, legalmente, no tendrás ni para comprar un pincel.

Aura cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas finalmente desbordaban. El dolor de ver a su marido con Casandra era una herida abierta, pero la traición de su madre, la mujer que debía protegerla, era un ácido que disolvía sus cimientos.

—¿Por qué me cuenta esto? —preguntó ella, abriendo los ojos y encontrándose con la mirada depredadora de Julian.

—Porque quiero destruir a Adrián —respondió él, inclinándose hacia ella. El espacio entre ambos se redujo peligrosamente. Aura pudo oler su aliento, limpio y embriagador—. Él ha intentado jugar en mi territorio, y nadie me roba una oportunidad de mercado sin pagar el precio. Tú eres la pieza que me falta. Tú conoces sus debilidades, sus códigos, sus miedos. Y tú tienes el derecho legal de reclamar lo que te han quitado, si tienes a alguien con el poder suficiente para respaldarte.

Julian extendió una mano y, con el pulgar, rozó la mancha de pintura azul en el dorso de la mano de Aura. El contacto físico fue como una descarga eléctrica. Su piel estaba caliente, en contraste con su mirada de hielo.

—Te ofrezco refugio, recursos y la cabeza de tu marido en una bandeja de plata —continuó él, su voz bajando a un susurro que vibró en la base de la columna de Aura—. Pero no soy un filántropo. Si entras en mi mundo, dejas de ser la artista ingenua. Serás mía. Mi aliada, mi protegida... y cualquier otra cosa que yo decida que necesito de ti.

Aura miró su mano, atrapada bajo la de Julian. Podía elegir la calle, la derrota y la pobreza que su madre y su marido le habían preparado, o podía entregarse al diablo que prometía quemar a sus enemigos.

—Acepto —susurró ella, su voz ganando una dureza nueva, una que nunca supo que poseía—. Pero quiero verlos arruinados. No solo económicamente. Quiero que sientan cómo se desmorona cada mentira que han construido.

Julian sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos pero que prometía una tormenta.

—Oh, Aura. Vamos a pintar una obra maestra de dolor para ellos.

El coche se detuvo ante un ático de cristal y acero que dominaba el horizonte de la ciudad. Era el castillo de Julian Vane, un lugar donde el lujo era tan afilado como una navaja. Al bajar, Julian no esperó a que ella caminara; la tomó por la cintura, pegándola a su cuerpo. Aura sintió la dureza de su pecho y la fuerza de su brazo. Por un momento, el deseo y el miedo se mezclaron en su pecho en una amalgama confusa. Él la condujo hacia el ascensor privado, y mientras las puertas se cerraban, Aura supo que la mujer que entró en ese coche minutos antes había muerto bajo la lluvia.

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