Capitulo 3

El ático de Julian Vane no era una vivienda; era una declaración de guerra contra la calidez humana. Cada ángulo de la estancia estaba diseñado con una precisión quirúrgica que hacía que Aura se sintiera como un espécimen bajo un microscopio. El suelo de resina negra pulida reflejaba las luces de la ciudad como un lago de petróleo, y las paredes de hormigón visto le recordaban que, a partir de ahora, su vida carecería de los colores suaves y las texturas orgánicas de su antiguo estudio.

—Hay ropa en la suite de invitados. Dúchate. Quítate el rastro de ese hombre de encima —ordenó Julian.

Su voz no admitía réplica. No era una sugerencia amable de un anfitrión; era el comando de un general. Señaló una puerta de cristal ahumado que parecía fundirse con la penumbra del pasillo.

—Mañana a las siete vendrá un equipo de abogados, estilistas y especialistas en seguridad —continuó él, caminando hacia un mueble bar tallado en una sola pieza de obsidiana—. Tu vieja vida termina esta noche, Aura. Si vas a dormir bajo mi techo, no quiero que ni una sola célula de tu cuerpo conserve el aroma de Adrián.

Aura caminó hacia la suite con las piernas pesadas, como si arrastrara grilletes invisibles. Al entrar en el dormitorio de invitados, se detuvo en seco. El espacio era inmenso, dominado por una cama King Size vestida con sábanas de seda color carbón. Pero lo que más la impactó fue el silencio. Un silencio absoluto, blindado contra el ruido de la ciudad, que la obligaba a escuchar sus propios pensamientos, esos que gritaban traición en cada latido.

Entró en el baño, un santuario de mármol Nero Marquina donde la iluminación era tan tenue que apenas alcanzaba a ver su reflejo. Se despojó del vestido de seda, ahora una prenda pesada y fría que parecía una mortaja. Al quedar desnuda frente al espejo, Aura observó las marcas de su vida anterior. Sus dedos aún conservaban rastros de azul cobalto bajo las uñas, y en sus muslos creía ver, con la paranoia de la humillación, las huellas invisibles de las manos de Adrián de la noche anterior.

Abrió el grifo de la ducha de lluvia. El agua salió hirviendo, casi insoportable, pero ella no retrocedió. Necesitaba ese dolor físico para anestesiar el vacío en su pecho. Se frotó la piel con una esponja de crin, tallando sus hombros, su vientre y sus muslos hasta que la piel se tornó de un rojo encendido. Quería arrancarse la memoria táctil de su matrimonio, la sensación de haber sido amada por un hombre que, en realidad, solo la estaba tasando como a un activo financiero.

Mientras el vapor llenaba la estancia, Aura cerró los ojos y la imagen de Casandra volvió a ella. Su hermana menor, a quien le había cosido los disfraces de pequeña, a quien había consolado tras su primera ruptura amorosa. La imagen de sus piernas enredadas con las de Adrián era un cuadro que ningún aguarrás podría borrar. La risa de Casandra, ese sonido cristalino que Aura siempre había asociado con la alegría, ahora sonaba en su mente como el chirrido de metal sobre hueso.

Salió de la ducha tiritando, no de frío, sino de puro agotamiento nervioso. Sobre el tocador encontró una bata de seda negra, pesada y de una suavidad casi pecaminosa. Se la puso, sintiendo cómo el tejido se deslizaba sobre su piel irritada. No se molestó en secar su cabello; los mechones oscuros goteaban sobre sus hombros mientras salía de vuelta a la habitación.

Se encontró con que Julian no se había ido. Estaba sentado en un sillón de cuero de diseño arquitectónico, frente al ventanal que miraba hacia el distrito financiero. Tenía una copa de whisky en la mano y la luz de los rascacielos perfilaba su mandíbula cuadrada y la línea severa de su nariz.

—No te di permiso para entrar —dijo Aura, cerrando la bata con fuerza sobre su pecho. Su voz sonaba más firme de lo que se sentía, un último vestigio de orgullo artístico.

Julian no se inmutó. Giró lentamente la cabeza, recorriéndola con una mirada que no era lasciva, sino posesiva, como un coleccionista evaluando una adquisición por la que ha pagado un precio exorbitante.

—En esta casa, Aura, mi presencia es una constante, no una variable —dijo él con una calma aterradora—. Y si vamos a trabajar juntos, debes acostumbrarte a que no existen las puertas cerradas para mí. He pagado por tu libertad; eso me otorga ciertos privilegios sobre tu privacidad.

Se levantó con una gracia depredadora, dejando la copa sobre una mesa de mármol. Cada paso que daba hacia ella parecía acortar el oxígeno en la habitación. Julian era un hombre imponente, no solo por su físico atlético oculto bajo camisas de sastre, sino por el aura de violencia contenida que siempre lo rodeaba.

—Tu hermano Silas me llamó hace una hora —soltó él, deteniéndose a menos de un metro. El calor que emanaba de su cuerpo era casi tangible—. Está en Londres, lidiando con sus propios problemas de exportación, pero ha sido muy claro. Sabía que Adrián y tu madre estaban moviendo hilos para declararte incapaz.

—¿Incapaz? —Aura sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con la humedad de su pelo—. ¿De qué hablas?

—Se llama Gaslighting institucional —explicó Julian, su voz bajando a un barítono profundo y seductor—. Adrián ha estado guardando registros de tus "crisis artísticas", de tus noches de insomnio en el estudio, de tus cambios de humor. Ha sobornado a un psiquiatra para que firme un diagnóstico de inestabilidad emocional severa. El plan era simple: tras el divorcio, serías internada en una institución de lujo en las montañas. Tu madre administraría tu herencia "por tu propio bien", y Adrián se quedaría con la liquidez de tus empresas para salvar sus malas inversiones en el extranjero.

Aura tuvo que sentarse en el borde de la cama porque sus rodillas cedieron. La magnitud de la conspiración era asfixiante. No era solo una infidelidad; era un borrado sistemático de su existencia. Su propia madre, la mujer que la había llevado en su vientre, estaba dispuesta a encerrarla en una jaula de oro con tal de no perder el estatus que el dinero de Aura mantenía.

—¿Por qué me ayudas, Julian? —preguntó ella, levantando la vista. Sus ojos, antes llenos de luz, ahora tenían un brillo metálico—. No me digas que es por rivalidad comercial. Podrías destruir a Adrián de mil maneras sin involucrarme a mí.

Julian se inclinó, apoyando las manos en la cama, a ambos lados de los muslos de Aura, atrapándola en su espacio personal. El aroma a tabaco caro y madera la envolvió.

—Porque Adrián tiene algo que yo quiero —susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Él tiene la reputación de haber domado a la mujer más pura y talentosa de la ciudad. Y yo quiero el placer de ver cómo esa misma mujer, bajo mi guía, se convierte en el monstruo que lo devore. Quiero ver tu transformación, Aura. Quiero ser el dueño de la mano que sostenga el cuchillo cuando le cortes el cuello a su imperio.

Julian extendió una mano y tomó un mechón de cabello húmedo de Aura, enredándolo en sus dedos. El contacto físico fue como una descarga eléctrica que recorrió la columna de la mujer. No era la caricia torpe y rutinaria de Adrián; era una caricia que prometía peligro y una intensidad que la asustaba tanto como la atraía.

—Él no te merece —continuó Julian, su pulgar rozando ahora la mandíbula de Aura, obligándola a mirarlo—. Él te quería como un adorno. Yo te quiero como una aliada... y como un desahogo. Te advertí que mis apetitos son excesivos. Si te quedas aquí, si aceptas mi protección, me pertenecerás en todos los sentidos que un hombre puede poseer a una mujer. No habrá límites, Aura. Ni en la estrategia, ni en la cama.

Aura sintió que el corazón le martilleaba en los oídos. La rabia que había estado hirviendo en su interior desde que vio a Casandra en su cama encontró un canal de salida. Miró los labios de Julian, finos y crueles, y luego volvió a sus ojos grises.

—Adrián me robó mi vida —dijo ella, su voz ganando una dureza nueva, una vibración de acero—. Mi madre me robó mi familia. Si el precio de recuperarlo todo es entregarme a ti, Julian Vane... es un precio que estoy dispuesta a pagar. Pero no te equivoques. No seré una víctima sumisa. Si voy a ser tuya, tú serás el arma que yo dispare.

Julian soltó una risa ronca, un sonido que vibró en el pecho de Aura.

—Trato hecho —dijo él.

Sin previo aviso, Julian cerró la distancia y la besó. Fue un beso que no buscaba consuelo, sino conquista. Sus lenguas se encontraron en una batalla de voluntades, y Aura, por primera vez en su vida, no se sintió frágil. Respondió con una ferocidad que sorprendió incluso a Julian. Sus manos se enterraron en el cabello oscuro de él, tirando con una urgencia nacida de la desesperación y el deseo de sentir algo que no fuera dolor.

Julian la empujó hacia atrás sobre las sábanas de seda, su cuerpo pesado y sólido cubriendo el de ella. El contraste entre la seda fría y el calor abrasador de Julian hizo que Aura soltara un gemido ahogado. Él bajó sus besos por su cuello, mordiendo la piel sensible justo encima de la clavícula, dejando una marca que sería su primer tatuaje de guerra.

—Mañana —susurró Julian contra su piel, su aliento caliente quemándola—, iremos a la mansión. Vas a recoger tus cosas, y vas a mirar a tu madre a los ojos mientras le informas que su nueva pesadilla tiene mi nombre.

Aura cerró los ojos, sintiendo la mano de Julian deslizarse bajo la bata de seda, buscando su piel desnuda. En la oscuridad de su mente, el cuadro de su vida anterior se estaba quemando, y las cenizas estaban formando algo mucho más oscuro, más fuerte y infinitamente más peligroso. La venganza no era un plato que se sirviera frío; para Aura, iba a ser un banquete que se comería bajo el fuego de Julian Vane.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App