Mundo ficciónIniciar sesiónMelissa Halloway creció en una de las familias más ricas de Nueva York, hasta que las deudas de juego de su padre adoptivo la convirtieron en parte del dote para el ganador. Hermosa, virginal y sumisa, fue el premio principal en una partida donde Maurice Halloway solo lamentó perder el dinero acumulado. Ahora, caminaba hacia el altar para casarse con Ares Ravage, conocido como "El Oscuro" por su hermetismo y estrictas reglas: 1. No podían verlo a los ojos. 2. No podían tocarlo. 3. Nadie, absolutamente nadie, podía decirle que no. ¿Podrá Melissa aceptar su destino? ¿Será su crianza como una perfecta mujer sumisa su mejor arma para sobrevivir?
Leer másAngelina terminó colgando la llamada, cargada de nervios y temblores. Su piel yacía erizada, su mirada desorbitada, con esos grandes ojos abiertos. Avanzó, casi dando traspiés, hacia la zona de la terraza de su casa, pero aun con la noche cubriendo su cuerpo, consumiendo su figura, anduvo por ese camino de losetas que la llevó hasta la casa de huéspedes, la cual, al abrir, le dio una bocanada de aire que necesitó buscar porque sentía que se ahogaba.Desesperada, la dama se encaminó a esa habitación que yacía con el seguro puesto, pero, de la cadena que nunca salía de su cadera, tomó la llave que usó para abrir la misma, encerrándose con sus fantasmas, con sus recuerdos, con las pertenencias de quien en vida fuera Melissa Kingswell, la madre de Melissa Halloway. Aunque lo poco que quedaba de ella en ese lugar había ido desapareciendo con los años, aún se conservaban algunas pruebas que los comprometían por ese homicidio culposo que, en esa misma habitación, se vivió.Tomó la fotografía
Ares se impresionó con esas palabras. La mano delicada de Melissa pasó a su mejilla, pero esa mirada, aún cargada de una rojez nacida de las lágrimas, con ese miedo, esa incertidumbre y esa negativa que posiblemente no se irían tan pronto, indicaban que su colibrí, su buena, dulce y noble colibrí, confiaba en él.—Te llamé porque eres mi esposo, porque sabía que nadie mejor que tú podría salvarme de lo que sentía, incluyendo el miedo de cometer una locura —pasó saliva—. Y me cuesta, no lo negaré, me cuesta mucho procesar la idea de que llegué a ese estado por el actuar de dos personas en las que yo confiaba inmensamente. Y pese a lo que se vivió en esos días antes de nuestro matrimonio —él rozó su rostro con suavidad—, no voy a cegarme por el pasado vivido con ellos ante la realidad que también ellos me hicieron vivir, y por lo mismo… —su voz se quebró— apoyaré lo que decidas, porque sé que nadie como mi esposo para poder cuidar de mí.—Y es lo que haré, colibrí. Te prometo que es lo
—Gaspar tenía una orden, los guardaespaldas también. Por eso fueron despedidos.—Ares…—¡No, Melissa! —él fue firme—. ¡No! Entiendo tu punto y estoy claro del mismo, porque tiene sentido. Seis o siete personas aparecieron en ese pasillo cuando yo le quebré la nariz a Federico, y sé bien que ninguno, ninguno de esos presentes podría creer por qué lo hice, porque parece imposible… pero no lo fue. Tu estado, su mirada, el examen… todo muestra que no lo fue —Ares suspiró al fin, viéndola a los ojos—. Y por lo mismo no me puedo permitir la idea de que los que tenían que cuidarte no lo hicieron, porque lo mismo me lleva a pensar… ¿y si no hubiese estado a dos calles?Melissa, al recaer a profundidad con esa pregunta, solo negó. El mentón le tembló, pero Ares terminó suspirando cuando ella se separó de su cuerpo. Sin dudarlo, él no permitió que se fuera; la retuvo contra su pecho, donde ella, con los ojos cerrados, se abrazó, intentando convencerse de que ese “hubiese” nunca llegó, porque su
Esas manos grandes se deslizaban por la delicada figura desnuda y apretada contra su pecho. La noche los había cubierto, y ese domingo al fin parecía buscar cómo acabar, pero ellos continuaban perdidos en una burbuja donde no cabía nadie más, donde solo podían existir esos roces, esos besos, esas miradas cargadas de un brillo que anunciaba unión, complicidad y, sobre todo, confianza. Delicado, él elevó el mentón de su esposa, perdiéndose en los dorados ojos antes de darle un beso en los labios, pero pronto se permitió llenar de besitos un rostro sonrojado y tibio que lo premió con una sonrisa encantada.Su pecho aún latía agitado. Amarla le había tomado horas, y sin duda habían sido de las mejores en comparación con los últimos días vividos. Cuando se encontró de nuevo con los dorados ojos, ella solo le rozó la zona de la mejilla herida, donde sus cicatrices parecían reaccionar, como si fuera algo mágico, a una caricia que las hacía sentirse calmas, menos problemáticas, asquerosas o i





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