Mundo ficciónIniciar sesiónMelissa Halloway creció en una de las familias más ricas de Nueva York, hasta que las deudas de juego de su padre adoptivo la convirtieron en parte del dote para el ganador. Hermosa, virginal y sumisa, fue el premio principal en una partida donde Maurice Halloway solo lamentó perder el dinero acumulado. Ahora, caminaba hacia el altar para casarse con Ares Ravage, conocido como "El Oscuro" por su hermetismo y estrictas reglas: 1. No podían verlo a los ojos. 2. No podían tocarlo. 3. Nadie, absolutamente nadie, podía decirle que no. ¿Podrá Melissa aceptar su destino? ¿Será su crianza como una perfecta mujer sumisa su mejor arma para sobrevivir?
Leer más—¡Dámelo, dámelo Melissa, dáselo a tu dueño! —le ordenó con voz grave. Ella se quejó cuando desde el cabello él le movió la cabeza. —¡Dame ese maldito orgasmo, dámelo! —continuó, embistiendo y rozando—. Déjame ver cómo te corres una vez más en mi polla, la que te ha tomado, la que te ha desvirgado... —¡Dios! —¡No, no Dios Melissa, yo, tu hombre! —Ella se quejó cuando le mordió el hombro—. ¡Tu hombre! —chupó su cuello—. ¡Tu hombre! —mordió el lóbulo de su oreja, jalando más fuerte su cabello—. ¡Dámelo! —¡Ares! El cuerpo femenino se estremeció cuando Melissa se descargó con violencia, con una eyaculación que se estrelló en las sábanas, justo donde ella abatida, terminó cayendo. Sentía como todo le temblaba, como la mirada apenas se le enfocaba, pero en este punto solo pudo tirar la cabeza hacia atrás cuando él la tomó del cuello, lamiéndole el sudor de la mejilla. Se hundió una vez más en ella, a quien rodeó con un brazo por el cuello, y con el otro por la cintura. La posición e
—Dios... —exhaló cuando el cuerpo fuerte de Ares le abrió las piernas, pero sintió cómo las mismas se acomodaron en su hombro. —¡Oh, por Dios! —terminó indicando a la lengua que se abrió espacio en su coño. —Ah, Dios. Las manos de Melissa se tornaron puños que le pusieron los nudillos blancos, los ojos dejaron el techo cuando se cerraron de forma apretada y aunque el cuerpo intentaba mantenerse quieto, las sensaciones estaban despertando demasiado en ella. Las piernas fueron abiertas y colocadas en el borde de la cama, dejando el coño depilado, perfecto y con un ligero tono rosado para la exploración de ese Ares que deslizó una vez más su lengua, abriéndose entre los labios vaginales, para hundir la punta en su entrada, antes de rozar el clítoris un poco hinchado que se presentó ante él. —Ares, ah... —ella expulsó, cuando arqueó la espalda, él la sostuvo de las caderas con una de sus manos, apoyando la otra en la zona del vientre para mover un poco la piel hacia arriba y exponer el
Ella se quejó cuando él, desde el cuello, la puso de puntillas. Notó con una sonrisa de satisfacción cómo ella pegó sus brazos a su propio pecho para no tocarlo, y tampoco lo miraba. Por lo que, tras lamer sus labios, le elevó el mentón buscándole los dorados ojos. La duda, el miedo y la incertidumbre yacían muy claros en ellos, gobernaban la mente de su esposa, a quien solo le rozó el rostro con el índice libre, un movimiento que afloró esas emociones que Melissa parecía tener en el límite superficial de su piel. —Tienes miedo... —Aquello no era una pregunta. Ella, incapaz de contenerse, asintió. —Bien. Sube a la cama. Voy a sacártelo a punta de embestidas. La sonrisa que Ares ladeó no fue amable con ella, o al menos Melissa así la sintió. Su respiración se fue haciendo pesada cuando él le dio la vuelta enfrentándola a la cama que percibía enorme, pero tras pasar saliva la joven al fin avanzó hacia la misma. —¿Cómo...? —Ni siquiera reconoció el tono de su voz. —¿Cómo debo acomoda
El cuerpo terminó en puntillas cuando, desde las cuerdas que tenían unidas sus manos, él la jaló hasta su cuerpo. Se colgó de las manos unidas por el cuello, abriéndose espacio en su boca mientras, con ambas manos, le tomaba el rostro, deslizándose febril y sin control por esa boca que iba, lo más que podía, a su ritmo. Los gemidos no se hicieron esperar, y es que Melissa, al sentirse rozar su piel tibia, fuerte y marcada, sintió lo que era la necesidad. Del cabello, tiró la cabeza femenina hacia atrás mientras la recorría con su boca, deslizándose por su mentón, su cuello, y poco a poco fue bajando por su pecho, tomando de alguna manera fragmentos de piel que, al chupar, terminaban con una marca rojiza que poco a poco se iba borrando. Melissa solo abrió la boca y los ojos con sorpresa cuando él deslizó una copa del sostén y se hundió en su boca el pezón endurecido, que luego mordisqueó entre los dientes. —¡Ares! —¡No me lo niegues! —soltó entre dientes cuando ella quiso alejarse
Último capítulo